El rincón austriaco

La burbuja estatal bloquea la recuperación

Gusta este Gobierno de sacar pecho a cuenta de una recuperación económica que, pese a tratarse más bien de colapso suspendido que de un vertiginoso ascenso a los cielos, le ha servido de clavo ardiendo al que asirse para presentar un anteproyecto presupuestario calamitoso a fuer de broteverdista. Ha dicho Soraya que las cuentas del Estado para 2014 son los primeros presupuestos de la recuperación, pero no ha aclarado si se trata de las primeras cuentas que pretenden impulsar y facilitar la recuperación o que, en cambio, aspiran a rapiñar sus pequeños y exiguos frutos.

Mi interpretación es, desde luego, la segunda: ya a principios de año alerté sobre las prisas gubernamentales por segar unos precipitados brotes verdes para ahorrarse desmontar la burbuja estatal. El expansivo gasto público en los Presupuestos Generales del Estado confirma la vocación eminentemente parasitaria de Rajoy y los suyos: en lugar de bajar el gasto para abrir un cierto margen a partir del que reducir impuestos (o en lugar de reducirlos directamente, si es que son tan irresponsables como para convivir con un déficit del 7%), se ha optado por mantener impuestos salvajes y seguir incrementando el gasto.

Acaso Montoro se sienta respaldado por la endeble recuperación que anticipa en su cuadro macroeconómico: si hasta la fecha su política económica de mantener inflados los desembolsos estatales y de multiplicar los impuestos ha funcionado, ¿para qué cambiar de rumbo? La cuestión resultaría pertinente si no fuera porque, en realidad, la actuación de nuestros políticos sólo ha contribuido a bombardear los esfuerzos ciertos que sí está realizando el sector privado para apuntalar su saneamiento.

Dos cambios fundamentales

Más allá de la tramposa retórica gubernamental, sí es verdad que la economía española está viviendo una lentísima pero esencial reestructuración, especialmente en dos frentes: el productivo y el financiero. No en vano, la expansión crediticia promovida por los bancos centrales y amplificada por los bancos privados entre 2001 y 2007 nos legó dos hondos desajustes: por un lado, nuestro aparato productivo estaba hecho unos zorros por haberse escorado hacia el ladrillo improductivo; por otro, nuestras familias y empresas se endeudaron en exceso, justamente con el propósito de financiar las anteriores (malas) inversiones burbujísticas.

Desde 2009 (léase: desde 2009, ya con Zapatero), el sector privado ha estado lenta pero imparablemente tratando de solventar estos dos desequilibrios. De este modo, una porción creciente del tejido empresarial español ha tratado de modificar las mercancías que venía ofreciendo para colocarlas en nuevos mercados: gracias al ímprobo esfuerzo de nuestros empresarios, las exportaciones han crecido más de un 50% desde entonces (y un 25% desde 2007), permitiendo cerrar nuestra histórica brecha exterior. Asimismo, nuestras familias y empresas han intentado amortizar la gigantesca losa de deuda que soportaban (y siguen soportando) recurriendo a todos los medios a su alcance (ahorro, liquidación de activos, reestructuración financiera): gracias a ello, el endeudamiento de nuestras familias y de nuestras empresas se ha reducido desde 2009 en 335.000 millones de euros (un 16% del total).

Estos son los dos cambios (todavía a muy medio hacer) verdaderamente estructurales que permiten atisbar una ligerísima mejoría dentro de la economía privada: son, además, los principales cambios por los que le gusta sacar pecho al PP. Ocurre, sin embargo, que junto a ellos nos encontramos con una mole gubernamental cuyo único papel en esta crisis ha sido ralentizar, obstaculizar, contrarrestar y bloquear esos saludables ajustes privados y por la que el PP debería esconder todo su pecho.

El papel del Gobierno 

La política económica de Zapatero y de Rajoy (tanto monta, monta tanto) debería haberse limitado a remover las trabas que Ejecutivos anteriores habían erigido dentro del sector privado: básicamente, debían pinchar la burbuja estatal que amenazaba con sacar a España del euro (y promovía la fuga de capitales de nuestro país), reducir los impuestos para facilitar el repago de la deuda privada y la inversión en nuevos modelos de negocio y, por último, liberalizar la economía para minimizar los costes del reajuste productivo.

Pero no hicieron nada de todo ello: consolidaron la hipertrofia estatal, machacaron al sector privado con nuevos impuestos e impulsaron adicionales y costosas regulaciones (con la muy parcial excepción de la reforma laboral). Al final, lo único que Zapatero y Rajoy supieron ofrecernos fueron monstruosos déficits públicos que, de acuerdo con la literatura keynesiana, deberían servir para "estimular" la economía privada. Pero, limitándonos a los dos cambios verdaderamente importantes que ha vivido España en los últimos años, es fácil comprobar que ha sido justo al contrario.

Por un lado, el gasto público interno no estimula las exportaciones, pues proporciona a los empresarios nacionales un mercado interior en el que colocar sus mercancías; al revés, el sobregasto interno sí incentiva las importaciones, ya que el mayor poder adquisitivo interno generado por el Estado vía endeudamiento tiende a filtrarse hacia el exterior en forma de nuevas adquisiciones de productos extranjeros. Más gasto y más déficit público significan, por consiguiente, más déficit exterior. Si Montoro se hubiese dedicado al que debería ser su deber –cuadrar el déficit bajando el gasto– el superávit exterior por el que se cuelga medallas a día de hoy sería muy superior.

Por otro lado, es verdad que el sector privado ha amortizado 335.000 millones de deuda desde 2009, pero no es menos cierto que, durante ese mismo período, el sector público se ha endeudado en 510.000 millones de euros. El resultado neto es que, el conjunto de nuestro país, se ha seguido endeudando desde 2009 en 175.000 millones de euros (el 17% de nuestro PIB). Lejos de haber contribuido al aumento de la solvencia de España, el Gobierno la ha seguido deteriorando.

Los Presupuestos de 2014: una nueva piedra contra la recuperación

Así las cosas, los broteverdistas presupuestos de 2014 no supondrán un impulso a la recuperación, sino un importante freno a la misma, tal como ya lo supusieron todos los anteriores (hasta el punto de que estuvimos a un paso de quebrar). El Gobierno pronostica cerrar 2014 con un déficit del 5,8%, pero atendiendo a la mala evolución de 2013 y a la ilógica expansión del gasto público que recogen las cuentas, todo hace esperar que será superior. De hecho, el propio Ejecutivo asegura que cerraremos 2014 con una deuda pública cercana al 100% del PIB: de completarse semejante gesta del despilfarro, en apenas seis años Zapatero y Rajoy nos habrán legado al alimón una deuda pública adicional de 600.000 millones de euros. ¿De qué servirán los esfuerzos de familias y empresas por desapalancarse si, más tarde, el Estado los apalanca por la puerta de atrás?

Ciertamente, de no ser gracias a la especulación emprendida por Mario Draghi (y Shinzo Abe, no lo olvidemos) a favor de nuestra deuda, es difícil comprender como una economía estancada e hiperendeudada como la española podría seguir financiándose en los mercados. Desde luego, ha habido muy saludables cambios en nuestro país, pero todos ellos han procedido del sector privado. Nuestro drama es que Zapatero y Rajoy, Salgado y Montoro, se han encargado de arruinar los tímidos avances cosechados por familias y empresas muy a su pesar. Tras seis años de políticas económicas intervencionistas y keynesianas, algunos todavía siguen confiando en que el Estado nos sacará de los problemas que su banco central generó.


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