El rincón austriaco

Yellen también fracasará

Decía Minsky que, en un mundo movido por el ánimo de lucro, la innovación financiera siempre iría dos pasos por delante del regulador. La lección sencilla que uno debería extraer de semejante certeza –una que el propio Minsky extrañamente no extrajo– es que no podemos delegar el buen funcionamiento de los mercados a un grupo de superdotados mandarines. Simplemente, los sistemas de información centralizados no pueden competir con los sistemas de información descentralizados a menos que apliquen unas dosis de represión intolerables: decenas de millones de cabezas piensan más y mejor que unas pocas decenas.

Por desgracia, nuestros sistemas financieros siguen asentándose sobre el profundo error de regular a la banca que previamente ha sido privilegiada con el objetivo de que gestione responsablemente esos privilegios otorgados. En lugar de permitir que los mecanismos descentralizados de control con los que cuenta cualquier mercado (patrón oro, corridas bancarias, quiebras, competidores agresivos, etc.) disciplinen a la banca, el Estado procede a blindar al banco de sus imprudencias (papel moneda inconvertible, rescates públicos, bancos centrales, fondos de garantía de depósito, etc.) y a instituir un sabio sanedrín regulador que monitorice el riesgo moral y los excesos de esa banca prebendada.

El nombramiento de Janet Yellen como presidenta de la Reserva Federal ha vuelto a despertar en buena parte de la población esa servil fe ciega en nuestros reguladores. Sin ir más lejos, el diario ABC celebraba su nombramiento con el siguiente titular: “Janet Yellen, la certera economista que vio venir la crisis de 2008”. Rindámosle culto a nuestra futura salvadora: pues con ella al frente, las crisis no volverán a repetirse. ¿O tal vez sí?

Janet Yellen no vio venir la crisis

Es verdad que Yellen alertó a finales de 2007 de que la contracción del crédito podría ser bastante más intensa de lo que otros miembros de la Fed habían atinado a prever. Sin embargo, debería proporcionarnos escaso consuelo el que, una vez enfangados hasta el cuello, el regulador nos advierta de que, en efecto, el fango nos llega al cuello. Lo meritorio, en cambio, habría sido que, mientras se estaba gestando la brutal expansión del crédito que terminaría estallándonos en la cara a partir de 2007, Yellen hubiese alertado sobre los profundos desequilibrios que se estaban cocinando en el sistema financiero que ella contribuía a supervisar. Pero no lo hizo, como ella misma reconoció en 2010: "Por mi parte, no fui capaz de apreciar los riesgos de la titulización, de las agencias de calificación, de la banca en la sombra o de los vehículos de inversión estructurados (SIV)".

Dejando de lado que Yellen parece que todavía no ha descubierto a día de hoy quiénes son los auténticos culpables de la crisis, lo que su mea culpa exterioriza no es una marcada incompetencia personal, sino la absoluta incapacidad del regulador para controlar y prever sistemáticamente los descalabros generados por un sistema bancario privilegiado. No es un problema de personas, sino de funciones.

Otros célebres casos

De hecho, los errores de Yellen podrán estar de actualidad por la hagiografía que intentan escribir ciertos medios de comunicación, pero desde luego no son ni los únicos ni los más importantes.

El 23 de octubre de 2008, el expresidente de la Reserva Federal Alan Greenspan (para muchos, el verdadero responsable de la crisis) comparecía en el Congreso y proclamaba lo siguiente: “Esta crisis se ha convertido en algo mucho peor de lo que podríamos haber imaginado. Ha mutado desde una restricción de la liquidez a un temor generalizado de insolvencia (…) Aquellos que, como yo, creíamos que el interés propio de las instituciones financieras serviría para proteger a sus accionistas nos encontramos en un estado de shock. Esta vigilancia mutua de los agentes económicos es un pilar central del equilibrio de nuestros mercados financieros. Cuando falla, como ha sucedido este año, la estabilidad de todo el mercado queda socavada”.

Las palabras de Greenspan ponen nuevamente de manifiesto que el máximo responsable de la Fed entre 1987 y 2006 fue incapaz de comprender la magnitud del problema que se venía gestando dentro del sistema financiero que presuntamente controlaba. Acaso se diga que el fracaso de 'el Maestro' se debió a su fe ciega en los mercados, pero no olvidemos que Yellen tampoco pudo entender lo que estaba sucediendo durante esos años y, en su caso, nadie le podrá atribuir una fe ciega en los mercados: fue la alumna aventaja de Stiligtz y es la esposa de Akerlof, los dos nobelizados padres de las teorías de los fallos de mercado a cuenta de la asimetría de la información.

Si Greenspan erró monstruosamente fue por asumir que, en un mundo plagado de riesgo moral como consecuencia de los privilegios sobre la banca (el primero y principal, el representado por el banco central que él manejaba), las entidades financieras se preocuparían por el bienestar a largo plazo de sus accionistas. No, no lo iban a hacer, y al no hacerlo generan recurrentemente burbujas que ni siquiera el regulador puede detectar. Y, si no, díganselo al actual presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, quien en 2005 declaraba en el Congreso que no había ninguna burbuja inmobiliaria a punto de pinchar en EEUU. El regulador, por consiguiente, no sólo fue incapaz de comprender las causas del problema, sino incluso de aprehender sus más flagrantes consecuencias.

Claro que uno siempre puede negarse a aceptar la intrínseca incapacidad de la función del regulador adoptando la pose conspiracionista: “Es imposible que todos estos tipos brillantes no fueran conscientes de lo que estaba sucediendo: sus declaraciones son simplemente una manera de engañar al público”. No voy a intentar refutar el conspiracionismo –pues normalmente tiende a enunciarse en unos términos que le permitan aislarse de la realidad–, pero sí voy a ofrecer un nuevo y descorazonador dato: según William Poole, expresidente de la Reserva Federal de Saint Louis, durante los quince años en los que él mismo había estado asistiendo a las reuniones del Comité Federal de Mercado Abierto, jamás se discutió sobre la posibilidad de que los desequilibrios crediticios pudiesen provocar un ciclo económico que degenerara en una profunda crisis. Así pues, si Poole no miente, Bernanke, Greenspan y Yellen no fingen ante el público ninguna incapacidad que no acreditaran reunión tras reunión durante más de una década.

¿Implicaciones? Ninguna

Uno esperaría que, tras semejante reconocimiento de impotencia, se hubieran extraído las implicaciones pertinentes. Si los bancos centrales no pueden conocer lo que está sucediendo en la economía, ¿cómo encomendarles a ellos su supervisión y regulación? No tendría mucho sentido. Sin embargo, eso es justamente lo que ha sucedido: dentro de los nuevos esquemas de regulación financiera pergeñados por Obama, los poderes supervisores de la Reserva Federal se ven aún más reforzados.

No sólo eso, la Fed lleva desde 2009 embarcada en una serie de masivas intervenciones monetarias (los famosos Quantitative Easings) cuyo propósito declarado es conseguir reanimar la economía. ¿Pero cómo podemos saber realmente que semejantes operaciones no están contribuyendo a cebar nuevas y peligrosas burbujas? ¿Debemos confiar en el buen juicio de sus promotores? ¿De los Bernanke y las Yellen que no fueron capaces de comprender el embrollo que ellos mismos contribuyeron a gestar desde 2001?

El ser humano no es omnisciente. Su racionalidad presenta importantes limitaciones, sobre todo a la hora de manejarse en órdenes complejos y caóticos, como puede serlo un mercado. El enfoque que pretende hacer pasar al camello de la complejidad inherente a esos órdenes por el ojo de la aguja de la simplicidad mental de los reguladores debe descartarse por entero. Por eso es tan importante lograr que el mercado se autorregule: porque, como decía Minsky, el regulador siempre irá dos pasos por detrás del mercado (regulación estatal centralizada); pero, a diferencia de lo que pensaba Minsky, el mercado no puede ir dos pasos por detrás del propio mercado (autorregulación descentralizada). Y la manera de lograr la autorregulación de los mercados pasa inexorablemente por eliminar todos sus privilegios, convirtiéndoles en corresponsables de sus negligentes actuaciones.


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