El rincón austriaco

Rajoy es la garantía de la inestabilidad política

Rajoy ha intentado desactivar el deterioro de la imagen del gobierno de España a cuenta de las corruptelas omnipresentes denunciadas por el ex tesorero del PP, Luis Bárcenas, apelando a la imposibilidad de que nuestra economía se recupere sin contar con un Ejecutivo estable. Así pues, y por resumir la doctrina rajoyana, el abandono de la crisis bien valdría condonar los tejemanejes de nuestra partitocracia: pan a cambio de cajas de puros.

Ciertamente, no se trata de negar que la estabilidad política constituye un muy importante activo de cualquier sistema económico capaz de generar sostenidamente riqueza: a la postre, los empresarios invierten en un territorio con el propósito de rentabilizar su capital, no de ver cómo se volatiliza. Y siendo la política la principal amenaza de rapiña que se cierne sobre cualquier patrimonio, no sorprenderá que no se inmovilicen grandes volúmenes de recursos en aquellas zonas del planeta donde sobrevuelen razonables dudas sobre si los gobernantes arramblarán con la riqueza privada allí acumulada. En entornos tan hostiles únicamente se instalan o loables inversores muy osados o detestables inversores que tan sólo esperan untar al régimen para disfrutar de los típicos servicios que bien podría proporcionar una mafia: rentas monopólicas y protección garantizadas.

De ahí que, en efecto, la amenaza planteada por Rajoy a los españoles no sea del todo descabellada: “si me defenestran y se instala en España una inestable sucesión de camarillas (aún más) liberticidas, pueden ir olvidándose de que este país levante cabeza por, al menos, varias décadas”. El argumento, empero, es doblemente tramposo.

El PP, culpable

Primero porque, indudablemente, la responsabilidad última de haber colocado al país en las manos de la política-rapiña ha sido de Rajoy y de los suyos: tanto por mimetizar de manera entusiasta el discurso y las prácticas de esta política-rapiña cuanto por haberse condenado, en consecuencia, a cultivar un creciente malestar social que inexorablemente nos conducirá a unas fragmentadas Cortes al albur de coaliciones aún más socialistas que el mismísimo Montoro.

Y la segunda es que, precisamente por lo anterior, las promesas de estabilidad de Rajoy hasta 2015 no sirven de nada. España sigue siendo un país tóxico para la inversión (el volumen de inversión se ubica en su nivel más bajo desde el inicio de la serie histórica en el año 2000) entre otros variados motivos porque, con Bárcenas o sin Bárcenas, existe una enorme incertidumbre sobre la sostenibilidad a medio plazo de nuestro régimen político. Y ése, el medio y largo plazo, es el horizonte temporal por el que verdaderamente está interesado un empresario que esté considerando traer su patrimonio a España: ningún capitalista va a invertir en España a dos años vista, la prórroga que –enrocándose y asumiendo un gran desgaste– podría llegar a garantizar Rajoy con su mayoría absoluta.

La desestabilización política del país es, pues, otro más de los diversos grandes fracasos y fraudes que ya acumula el deplorable Ejecutivo de Mariano Rajoy en su corta vida: primero dinamitó su programa electoral y cualquier posibilidad de superar rápidamente la crisis al consolidar unos niveles desbocados de estatismo; y ahora, la generalizada percepción ciudadana de un poco honorable comportamiento en la gestión de las finanzas del partido dinamita definitivamente su base electoral y por tanto condena al vodevil político español a, en el mejor de los casos, la completa parálisis reformista y, en el peor, degenerar todavía más por la senda estatista. Motivos de peso para mirar con un creciente recelo cualquier aparente oportunidad de negocio que pueda florecer en este páramo político y económico llamado España.

Acaso sea cierto que, como señalan algunos, cuando trepe al poder una coalición de PSOE-IU nos acordaremos con añoranza  de la liviana treintena de subidas de impuesto de Montoro. Uno sólo debe revisar por encima sus propuestas de política económica para darse cuenta de que pretenden dejar al PP como un aprendiz de brujo socialdemócrata. Pero desde este mismo momento deberíamos dejar bien grabado en nuestras mentes que si PSOE e IU se instalan en La Moncloa será únicamente por culpa de la nefasta labor del Partido Popular durante estos años: tanto en el fondo –estatismo liberticida– como en la forma –percepción de macrocorrupción–. El bolivarianismo futuro será responsabilidad exclusiva del peronismo presente. Rajoy no es la argamasa que garantiza nuestra estabilidad institucional, sino el explosivo que se coloca alrededor de sus pilares para detonarlo en cualquier momento.


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