El rincón austriaco

Rajoy nos amenaza con 60.000 millones más de deuda

Rajoy es, aparentemente, una persona sin demasiadas convicciones. Su principal reclamo electoral no pasaba por una encendida reivindicación de las libertades individuales y por la reducción del peso del Estado (tampoco en lo contrario), sino, simple y llanamente, por prometer una gestión eficaz, honesta, creíble y cumplidora. Se nos trataba de convencer de que el principal problema que aquejaba a España no era ni el déficit, ni los excesos inmobiliarios, ni la rigidísima legislación laboral: no, todo giraba en torno a un Gobierno que no generaba confianza hacia el exterior y que engañaba día sí día también a los españoles.

Muchos le creyeron; a otros simplemente nos pareció puro humo detrás del cual esperábamos –queríamos pensar– que se ocultara una reformista agenda oculta dirigida a acometer la imprescindible transformación que necesitaba la economía española para salir de la crisis. Pero no: la furrufalla de Rajoy era lo único que había, es decir, nada salvo un pensamiento débil colonizado por los lugares comunes de la izquierda. A las primeras de cambio, el gallego ha traicionado sus principales promesas electorales en claro perjuicio de todos los españoles (salvo, claro, de aquellos que pastan del presupuesto público): primero, para subirles traicioneramente los impuestos con la excusa de que resultaba imprescindible cumplir con los compromisos de déficit; y ahora, para amenazarles de que este año añadirá 60.000 millones de euros más a sus espaldas en concepto de deuda, esto es, al anunciar a bombo y platillo que no tiene la más mínima intención de cumplir con el objetivo de déficit del 4,4%.

Queda claro una vez más, pues, que Rajoy no ha alcanzado la presidencia del Gobierno para adelgazar el tamaño del Estado, sino para mantenerlo en la medida de lo posible. Subió impuestos con nocturnidad y alevosía no, como nos dijo, para atajar el déficit, sino para consolidar un mayor sangrado fiscal a los españoles con la excusa del déficit. La perspectiva de recesión era la misma el 30 de diciembre que el 30 de enero, pero ello no obstó para que entonces nos pidieran un sacrificio extraordinario a los españoles que ahora, apelando a esa perspectiva recesiva ya presente, se niegan a imponer a todo el tejido adiposo del Estado.

Porque partidas de gastos para recortar en todo o en parte las hay muy abundantes: 7.000 millones en inútiles cursillos de formación para desempleados, 2.000 millones en adoctrinadoras televisiones públicas, 2.000 millones en ayuda exterior para dictadores,  6.000 millones en distorsionadoras subvenciones a la industria y al carbón, 9.000 millones en lucrativas primas a las energías renovables, 2.000 millones en subvenciones “a la cultura”, 4.000 millones en subvenciones varias al transporte y 1.000 millones en promoción inmobiliaria. Por no hablar de los más de 100.000 millones de euros que, por un lado, gastamos en sanidad y educación y, por otro, en nóminas de los empleados públicos: sólo regresando al gasto real por alumno y al número de empleados públicos de 2002 nos ahorraríamos cerca de 25.000 millones de euros.

Tales ajustes, que ni mucho menos supondrían una merma apreciable en los servicios públicos que perciben los españoles (otra cosa es la calidad de vida de los grupos de presión que viven de esos desembolsos) nos permitirían cumplir holgadamente con el objetivo de déficit de Bruselas. Pero no: Rajoy no tiene el más mínimo interés porque, según reza la versión oficial, recortar tanto el gasto en plena recesión nos abocaría a una crisis mucho más intensa.

La socialdemocracia keynesiana

Y he aquí donde trasluce la verdadera ideología del gallego: el genuino pensamiento único de la socialdemocracia keynesiana, de la que también abrevan Zapatero y Rubalcaba. Al igual que cuando dispararon el IRPF explicaron que habían escogido ese tributo porque,  en palabras de Montoro, era el menos distorsionador de todos al gravar el ahorro (sic); ahora nos insisten en que no pueden recortar enérgicamente el gasto porque estamos en recesión (sic).

Como si España no tuviese una brutal carestía de ahorro interno para poder recapitalizar nuestro tejido productivo y financiero o como si el déficit del 8,5% del PIB que nos legó Zapatero hubiese hecho algo para contener una intensa recesión que deriva, precisamente, de nuestro exceso de endeudamiento nacional y de la obsolescencia de nuestro aparato productivo para generar los bienes que demandan los consumidores nacionales y extranjeros (dos problemas para los que, repito, necesitamos mucho más ahorro). No: dilapidar 90.000 o 60.000 millones de euros que no tenemos que hemos tenido que pedir prestados a altos tipos de interés no contribuirá a hacernos más ricos, sino muchísimo más pobres. Una muy elemental lógica económica que a los próceres populares, al parecer, se les escapa.

Porque, cuando tratan de justificar sus despropósitos, es cuando se descubre su auténtico pelaje. Como sus sosias Zapatero y Rubalcaba, Rajoy y una parte de su equipo económico son simples impulsores de un Estado elefantiásico que medre y prospere a costa de la sociedad civil (la otra parte del equipo económico, la sensata y la formada, parece que prefiere plegarse a los torpes dictados del líder). Dicen creer en el sector privado, pero a la hora de tomar decisiones sólo atinan a incrementar todavía más los impuestos y a evitar rebajas significativas del gasto público: y lo hacen precisamente porque no creen en el sector privado, sino en el público.

La agenda oculta de Rajoy es justamente ésa, la misma que la de cualquier socialista en el poder: maximizar el sector público y minimizar el sector privado. Lejos de actuar responsablemente, en materia fiscal se están comportando como un Zapatero con aires de grandeza y de rigor. Ruptura ninguna, continuidad toda. Sólo hace falta fijarse en que Rubalcaba está aplaudiendo con las orejas.


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