El rincón austriaco

Piketty destroza a Marx y a Keynes

Una de las ideas más generalizadas en la literatura anticapitalista es que las economías de libre mercado padecen la maldición de la “ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia”: a saber, que conforme el capital va acumulándose, su tasa de retorno va reduciéndose (pues se asumen rendimientos decrecientes de la inversión en capital), de manera que finalmente ésta terminaría desapareciendo y todo incentivo para la nueva inversión se extinguiría.

El sofisma adquirió especial relevancia a partir de Marx, quien le dedicó la parte III del tomo 3 de El Capital. Según el alemán: “Es una necesidad lógica de la naturaleza del modo capitalista de producción que, conforme vaya desarrollándose, la tasa de plusvalía media del conjunto de la economía se exprese en una tasa de ganancia decreciente”. Para Marx, la acumulación de capital en forma de medios de producción modifica la “composición orgánica del capital”, haciendo que la masa de plusvalor creada a través de la explotación del trabajo se vaya volviendo relativamente más pequeña con respecto al capital total. Esto, a su vez, provocaría la incapacidad del sistema económico para reabsorber todas las mercancías producidas (debido al insuficiente poder adquisitivo de los trabajadores) y, por tanto, la incapacidad del capital para seguir reproduciéndose y acumulándose: es decir, las crisis serían consecuencia de las “contradicciones internas” del capitalismo.

Décadas más tarde, esta misma teoría fue reavivada John Maynard Keynes, para quien la acumulación de capital provocaba una inexorable tendencia hacia la reducción de la “eficiencia marginal del capital”. De acuerdo con el inglés, la acumulación de nuevos bienes de capital reduce la rentabilidad de los existentes (más competencia para vender unos productos llevan a menos márgenes de beneficio). Para Keynes, si la tasa de ganancia no había desaparecido por completo ya en su época es porque el atesoramiento de dinero frenaba el proceso de acumulación de capital cuando éste se volvería demasiado poco rentable para los capitalistas. Es decir, el atesoramiento permitía volver el capital disponible artificialmente escaso: “Estoy convencido de que la demanda de capital se halla terminantemente limitada en el sentido de que no sería difícil incrementar el stock de capital hasta un punto en que su eficiencia marginal disminuyera hasta un guarismo muy reducido (…) Lo anterior significaría la eutanasia del rentista y, consiguientemente, la eutanasia de ese poder de opresión acumulativo del que goza el capitalista al explotar el valor de un capital artificialmente escaso”. Era justamente la caída y la volatilidad de la tasa de retorno del capital por debajo del tipo de interés del dinero (ocasionada tanto por la constante acumulación de capital como por las expectativas fluctuantes) lo que, en opinión de Keynes, provocaba las crisis capitalistas por infrainversión.

Pero, ¿realmente el capitalismo adolece de una tasa de ganancia decreciente? Nada mejor que consultar al economista de moda: Thomas Piketty y su libro Capital en el siglo XXI.

El sorprendente rescate del capitalismo a manos de Piketty

Como ya he comentado en otras ocasiones, la mejor parte del libro de Piketty es, con mucha diferencia, la diversidad y riqueza de datos históricos que proporciona. Su interpretación de los mismos es mucho más discutible, pero esa es otra cuestión a tratar en otro momento. Pues bien, a este respecto, el magnum opus de este economista francés arroja dos series de datos que nos servirán para responder a la pregunta anterior.

Primero, ¿cuánto ha aumentado la acumulación de capital en los últimos dos siglos? Combinando a Angus Maddison con Piketty, es fácil calcular que el capital total de Inglaterra (descontando inflación) se ha multiplicado en 115 veces desde 1700 y en 35 desde 1820. Una tendencia similar se observa en Francia: 68 veces desde 1700 y 37 desde 1820. Semejante explosión de capital debería haber hundido las tasas de retorno del capital según Marx y Keynes, ¿no? Pues no.

Justamente, y en segundo lugar, Piketty también nos ofrece una estimación de la tasa media de ganancia en Inglaterra y Francia desde finales del s. XIX y finales del s. XIX y, lejos de observase una tendencia a la reducción de la tasa de ganancia, lo que se aprecia es una marcada estabilidad de la misma en un rango que oscila entre el 4% y el 5% en Inglaterra y el 4% y el 6% en Francia.

Es verdad que Piketty admite que la tasa de ganancia podría haber decrecido muy “ligeramente” en el siglo XX con respecto al siglo XIX, pero lo cierto es que el motivo de esta caída no se debe a la menor rentabilidad de las empresas, sino a que el mix de composición del stock agregado de capital ha variado en los últimos dos siglos. Durante el s. XIX, cuando se aprecia una tasa de ganancia ligeramente superior a la actual (en torno al 5% en Inglaterra y al 6% en Francia), el stock de capital de Inglaterra estaba compuesto por capitales empresariales en un porcentaje de entre el 60% y el 70% (en Francia, de entre el 30% y el 40%), por tierras de labranza entre un 30% y un 20% (en Francia, entre un 60% y un 45%), y por viviendas en un 10% (en Francia, entre 10% y 15%): es decir, el 85%-90% del capital nacional era capital productivo. En la actualidad, en ambos países el capital nacional está constituido en más de un 50% por el capital inmobiliario en forma de viviendas familiares, cuyo retorno y riesgo son inferiores al del capital productivo (ya sea empresarial o agrario). El mix de capital cambia y su tasa de retorno media también.

Por consiguiente, en realidad no ha habido ninguna reducción real de la tasa de ganancias pese a la gigantesca acumulación de capital que se ha producido desde entonces (no en vano, todo el libro de Piketty se articula en torno a esa idea: que la tasa de retorno del capital tiende a mantenerse por encima de la tasa de crecimiento natural de la economía). La evidencia empírica ilustra que Marx y Keynes se equivocaban pero, ¿por qué lo hacían?

La tasa de ganancia no decrece en el capitalismo

La idea de que la tasa de ganancias decrece se basa en una premisa equivocada: a saber, que la tasa de ganancias depende de la productividad marginal del capital y que los retornos del capital son marginalmente decrecientes (Piketty, de hecho, sigue siendo rehén de este error a pesar de mostrar empíricamente su inconsistencia). A este respecto, le debemos a la Escuela de Cambridge (neorricardianos y postkeynesianos) haber colocado académicamente contra las cuerdas a los defensores de la idea de que la tasa de ganancia depende de la productividad marginal del capital (Samuelson y Solow, especialmente). Su argumento fue muy sencillo: el capital no es un factor productivo, sino el valor monetario de un factor productivo (o de una combinación de factores productivos), de manera que, como sabe cualquier estudiante de finanzas, para calcular el valor monetario de ese factor productivo será menester descontar sus rentas futuras esperadas al tipo de interés de mercado. ¿Cómo puedes, pues, el capital determinar el tipo de interés (que en equilibrio coincide con la tasa de ganancia) cuando el capital está determinado por ese tipo de interés?

En efecto, la teoría de la productividad marginal del interés cae en un cul-de-sac, pues la definición de capital requiere de un tipo de interés determinado exógenamente al sistema productivo o, como mucho, codeterminado (ese es uno de los puntos que acertadamente James Galbraith le reprocha a Piketty: no haber entendido las implicaciones de la Controversia del Capital). Ante esta situación existen dos alternativas: o seguir a la Escuela de Cambridge en su concepción pre-moderna del interés (el llamado surplus approach) o admitir que el interés es un fenómeno derivado de las preferencias subjetivas y marginales de los agentes económicos a propósito del tiempo, el riesgo y la liquidez. Este último enfoque es el que adopta la Escuela Austriaca.

Así las cosas, el valor del capital de una economía es, simplemente, el valor presente de las rentas netas futuras de sus factores productivos (es decir, el valor que resulta de descontar esas rentas por la preferencia temporal y la aversión al riesgo de los ahorradores marginales). Eso implica que, salvo cambios bruscos en la impaciencia y en la cobardía de los ahorradores, la tasa media de retorno sufrirá escasas variaciones (y, a su vez, ello implica que la relación entre el valor del capital y el PIB dependerá de la contribución relativa del factor trabajo a la generación del PIB: lo cual, por cierto, resuelve todo el acertijo pikettyano). Por ejemplo, si el valor de la producción a un año de un factor productivo es 100 y el tipo de descuento del 10%, su valor actual será 90,9; si fuera 200, su valor actual sería de 181,8; si fuera 50, sería de 45,5. Es decir, sea cual sea su producción física (y el valor monetario de esa producción), el valor actual del factor productivo es un 10% inferior al su producción dentro de un año y, por tanto, su tasa de retorno se mantiene constante en el 10% haya mucho capital o muy poco capital.

Claro que quizá entonces la cuestión pase a ser: ¿la creación mediante inversión de nuevos factores productivos reduce su productividad marginal física? Y la respuesta es que no necesariamente: recordemos que la ley de los rendimientos marginales decrecientes se refiere a que incrementando el uso de un factor productivo, manteniendo los restantes constantes, la productividad de ese factor se va reduciendo. Pero, a menos que veamos todo bien de capital como sustitutivo de otro bien de capital (y no, no son homogéneos: 1.000 cafeteras no son una locomotora), no existe constancia de factores en la creación de nuevos bienes de capital y, por tanto, no hay necesidad de retornos decrecientes. Esto es algo que entendió muy bien el economista austriaco Ludwig Lachmann en su esencial obra Capital and its Structure: el valor de los bienes de capital depende de las estructuras que conformen, de manera que la creación de estructuras sinérgicas más complejas de bienes de capital puede incrementar la productividad de todos los bienes de capital aun cuando la tecnología no mejore. Por ejemplo, construir una central eléctrica para abastecer a una empresa no sale a cuenta: construir una central eléctrica una vez se hayan creado miles de empresas, sí sale a cuenta. La acumulación de bienes de capital tiende a generar nuevas oportunidades para acumular nuevos bienes de capital complementarios.

En definitiva, valiéndonos de la teoría económica, ya podíamos señalar desde hacía décadas que Marx y Keynes estaban completamente errados. Piketty nos ha proporcionado las evidencias para constatar su error desde un punto de vista histórico. Y eso, claro, siempre habrá que agradecérselo al economista francés.


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