El rincón austriaco

El PP lo fía todo a un milagro

2012, el año “de la austeridad”, fue también el año de toda nuestra historia en el que más aumentó el endeudamiento de las Administraciones Públicas españolas: casi 150.000 millones de euros. Jamás nos endeudamos tanto, ni siquiera en 2009, aquel keynesiano año de los planes E, cuando sumamos 130.000 millones de nueva deuda. A cierre de los primeros doce meses de legislatura del nefasto Partido Popular, los pasivos totales del Estado español que pagan intereses ascendían a 882.000 millones de euros, más del 85% del PIB; si incluyéramos también los pasivos que no abonan intereses, nos iríamos ya al 98%.

Sobreendeudamiento

Peor, mucho peor es sin embargo lo que probablemente nos depare el futuro. Según la Comisión Europea, en 2013 y 2014 el déficit público seguirá rondando el 7% del PIB, lo que nos conduciría a una deuda con intereses del 100% de nuestro Producto Interior Bruto (el propio Gobierno espera para 2014 una deuda del 97% del PIB). Si, además, Bruselas nos concede dos años más para alcanzar un déficit del 3%, tal como se viene rumoreando, ya nos vamos al 110% del PIB para 2016; y si a esa cifra le añadimos la recapitalización pública de la banca, no es ni mucho menos descabellado pensar que nos iremos al 120% (excluyendo, insisto, los pasivos que de momento no pagan intereses y la ejecución de los cienmilmillonarios avales concedidos por el Tesoro, pues en tal caso probablemente terminemos superando el 150%).

Llegar a una deuda pública sobre el PIB del 120% no es, ni mucho menos, catastrofismo hecho letra; es simplemente sumar dos más dos dentro del cuadro macroeconómico, bastante optimista, que ha pergeñado Bruselas. Es, también, una condena a muerte para la economía española, pues a un tipo de interés medio del 4,5%, tendríamos que pagar unos intereses anuales que se comerían más que toda la recaudación del IVA o el 80% de los ingresos fiscales por IRPF. Es evidente que, llegado ese momento –y, de nuevo, bajo la muy optimista hipótesis de que ya hayamos conseguido cuadrar el déficit–, España sólo tendría dos opciones ante sí: o consolidarse como un país de impuestos sangrantes y asfixiantes durante décadas, o declarar un default a quienes ahora nos están prestando su dinero para evitar recortes verdaderamente intensos del gasto público.

Esperando un milagro

Sólo existen dos formas de evitar un fatídico destino que apenas se halla a tres años vista: o el Gobierno afronta un recorte del gasto público de envergadura (de, al menos, 135.000 millones de euros anuales, tal como el que propongo y detallo en mi libro Una alternativa liberal para salir de la crisis) o, de repente y de manera casi milagrosa, la economía española comienza a crecer con intensidad y la recaudación tributaria regresa a niveles de 2007 (los niveles de burbuja). Uno esperaría que un gobierno responsable, serio y previsor no confiara los avatares del país a la Virgen de Lourdes, sino que, por el contrario, adoptara desde ya mismo las medidas imprescindibles para protegernos, no ya del peor de los escenarios concebibles, sino del que, ahora mismo, es el devenir más probable de los acontecimientos.

Pero España no tiene un gobierno responsable, sino uno de pandereta obsesionado con preservar los privilegios y el poder de la casta. Montoro, Rajoy, Nadal y cuantos otros antiliberales pueblan este delarualdiano Ejecutivo pepero pusieron desde un comienzo unas líneas rojas a los recortes del gasto que prácticamente garantizaban el default de nuestro país: si el monto de gasto público total no se podía tocarse desde un comienzo más allá de un 2-3% (cuando deberíamos reducirlo, al menos, un 25%) y todas las contundentes y radicales medidas de ajuste presupuestario se fiaron a desplumar tributariamente a los españoles, resultaba claro que sin un aumento muy considerable de la recaudación fruto de una providente recuperación, España embarrancaría en un impagable sobreendeudamiento. Rajoy y su equipo hacendístico optaron de antemano por la bancarrota antes que por el adelgazamiento del sector público.

Y a estas alturas de la película es dudoso que, aun cuando tuviesen el más mínimo propósito de enmienda (que, merced a la rebaja de la prima de riesgo provocada por la OMT de Mario Draghi, no lo tienen en absoluto), es dudoso que puedan dar marcha atrás. Al menos ellos no: ellos, que consumieron toda su credibilidad en ese ajuste de fogueo consistente en subir impuestos y apenas tocar los gastos. Las indignadas mareas antirrecortes se van convirtiendo en parte de nuestro paisaje político y la calle cada vez apuesta más por un default a la argentina y por una bolivarización de nuestras instituciones. Tampoco es de extrañar: si este Gobierno les ha vendido que su fracasada y liberticida política de subir impuestos y rescatar bancos encarnaban las esencias de la austeridad, no sorprende que estratos crecientes de la población se opongan a ese genérico recetario de la “austeridad” y apuesten, suicidamente, por un mayor desequilibrio presupuestario. Tras convertir España en un inflamable polvorín, el PP está más maniatado que nunca para impulsar una auténtica austeridad del gasto, hasta ahora ausente en nuestro país, que es la única que, salvo milagro, nos libraría del default o de transformarnos en un infierno fiscal: lo único que le queda es huir hacia adelante esperando no toparse con el abismo.

Este Gobierno, pues, ni puede ni quiere reducir el tamaño del sector público y por tanto encomienda nuestro destino a la providencial evolución del sector privado. No es, desde luego, que no exista ninguna señal medianamente positiva dentro del sector privado español, muy en especial en su tramo exterior; pero es dudoso que esos saludables minibrotes verdes arraiguen lo suficientemente deprisa como para salvarle la papeleta fiscal a este manirroto Ejecutivo, sobre todo cuando ese manirroto Ejecutivo es el origen de gigantescas incertidumbres sobre nuestro futuro que ahuyentan buena parte de la inversión a largo plazo que necesitamos para cambiar nuestro modelo productivo. Pero a clavo tan incandescente es, en última instancia, al que se ha agarrado nuestro intervencionista Gobierno para evitar que nos engulla el sobreendeudamiento al que se han vuelto adictos políticos, burócratas, grupos de presión, bancos quebrados y enfurecidas masas indignadas. Gastar y no pagar hasta que la última de las burbujas de nuestro país, la del sector público, termine implosionando. Y entonces, después de haber acumulado en menos de una década, un volumen de nueva deuda pública equivalente a todo el PIB de España, todavía proclamaremos con más fuerza que el culpable de nuestros problemas ha sido la austeridad. La austeridad de endeudarse, de aquí a 2016, en un billón de euros.


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