El rincón austriaco

Oxfam no entiende ni la riqueza ni la pobreza

Ciertamente, el famoso informe Oxfam que denuncia el desigual reparto de la riqueza mundial se basa en datos erróneamente manoseados con el ánimo de cocinar soflamas políticas que acrecienten el intervencionismo estatal sobre nuestras sociedades. Pero el mayor error del informe no es ése, sino el ignorar por completo el proceso económico de creación y destrucción de riqueza.

¿Qué es riqueza?

Comencemos por lo básico: riqueza es toda fuente de renta futura. No es la riqueza la que da valor a la renta, sino que es la renta la que da valor a la riqueza. El valor de un terreno no depende del terreno en sí mismo, sino del valor de los usos futuros que se le puedan dar (de sus rentas): un pedazo de tierra en una ciudad inglesa tiene más valor que un pedazo de tierra en Zimbabwe porque sus servicios (residenciales, industriales, comerciales, etc.) en Inglaterra son más útiles para el conjunto de la sociedad que en Zimbabwe. Ahora bien, si Inglaterra fuera devastada por una guerra y Zimbabwe floreciera como un centro de negocios internacional, las tierras en Zimbabwe devendrían mucho más valiosas que en Inglaterra, aunque físicamente no hubieran experimentado cambio alguno. Por eso, el precio del metro cuadrado hoy en Singapur o en Hong Kong es infinitamente superior al que poseían hace medio siglo esas mismas tierras: no porque la calidad objetiva de la tierra haya mejorado (tal vez, incluso se haya degradado), sino porque el valor que subjetivamente se concede a los usos que proporcionan esos terrenos se ha multiplicado.

En una sociedad con miles de millones de personas y donde los recursos físicos tienen usos alternativos diversísimos, la inmensa mayoría de las rentas no proceden automáticamente de los recursos materiales, sino del uso que se hace de esos recursos materiales. Es decir, la capacidad de generación de renta depende muchísimo más de la organización inteligente de los recursos que de la disponibilidad de los mismos. Por eso Google (y tantas otras empresas) pudieron nacer en un garaje sin contar con apenas recursos y por eso los gobiernos son por lo general incapaces de generar nada de provecho pese a contar con muchísimos más recursos que cualquier start-up. En definitiva, en órdenes complejos y libres, la mayor parte de la riqueza de una sociedad se hallará en forma de sistemas organizativos generadores de bienes y servicios (renta), es decir, de empresas que produzcan bienes y servicios valiosos para los consumidores; y se hallará en esta forma únicamente mientras estos sistemas empresariales sigan generando valor para el consumidor. Conocidos son los casos de megaempresas descapitalizadas por entero debido a que sus bienes y servicios han dejado de tener valor para el consumidor (célebre es el reciente caso de Kodak).

Los ricos, hoy

A diferencia de lo que sucedía hace varios siglos, los ricos de hoy no son los que han acumulado una mayor cantidad de tierra o de recursos naturales, sino aquellos que han construido sistemas de organización de recursos que maximizan la satisfacción del cliente a un menor coste. Con esto no quiero decir que los dueños de recursos naturales no devengan igualmente ricos o que no haya muchísimos ricos que lo sean gracias a prebendas gubernamentales: digo que, en el fondo, la riqueza de estas personas depende de la riqueza que son capaces de crear otras empresas. El dueño de un pozo de petróleo tiene el mismo pozo hoy que hace 100 años y, sin embargo, hoy será incomparablemente más rico (porque el petróleo que posee es utilizado en procesos productivos que generan mucha más renta que hace 100 años); el prebendista gubernamental que se queda con el 0,01% del PIB ejerce hoy la misma rapiña que antaño, pero hoy es mucho más rico que entonces (porque el PIB sobre el que rapiña es mucho mayor). O por enunciarlo de un modo más sencillo: el propietario de un pozo de petróleo es rico en la medida en que su materia prima se inserte en una división (empresarial) del trabajo muy productiva. Si mañana Arabia Saudí declarara una autarquía radical, sus jerifaltes se arruinarían porque no podrían poner en valor su petróleo (y serían muchísimo más pobres aunque descubrieran nuevos pozos de petróleo que los abasteciera durante miles de años).

En resumen: en un orden complejo uno puede enriquecerse fundamentalmente por tres vías. La primera y principal, crear sistemas empresariales que generen riqueza para el consumidor. La segunda, proporcionar la financiación que necesitan esos sistemas empresariales. La tercera, proporcionar los recursos (bienes o servicios) que esos sistemas empresariales requieren para materializarse. Fijémonos que, en realidad, la segunda y la tercera vía se subordinan a la primera: una economía sin proyectos empresariales pero con mucha financiación y muchos recursos naturales será una economía pobre y casi de autosubsistencia.

No deberíamos quedarnos boquiabiertos por el hecho de que, tal como expone Oxfam, el 1% de la población posea casi la mitad de la riqueza mundial

Así pues, estando materializada la mayor parte de la riqueza mundial en forma de sistemas empresariales, lo normal es que los más ricos del planeta sean los propietarios de los sistemas empresariales más exitosos del planeta, bien por haberlos creado, bien por haberlos financiado durante su creación o arranque, bien por haberlos heredado de los anteriores propietarios (aunque el intervencionismo gubernamental puede encumbrar a la categoría de ricos a sujetos rentistas y parasitarios de la riqueza ajena; único problema real que detecta Oxfam en su informe). Sólo es necesario echarle un ojo a la lista de los más ricos de Forbes, entre ellos: Bill Gates (creador de Microsoft), Amancio Ortega (creador de Inditex), Warren Buffett (inversor en numerosísimas empresas y, por tanto, en proporcionarles directa o indirectamente financiación), Larry Ellison (creador de Oracle), Christy y Jim Walton (nuera e hijo de Sam Walton, creador de Wal Mart), Liliane Bettencourt (hija de Eugène Schueller, creador de L’Oreal), Stefan Persson (hijo del fundador de H&M, Erling Persson), etc.

Asimismo, también es normal que las clases medias-altas de sociedades más o menos abiertas sean empresarios o financiadores de otros sistemas empresariales no tan extraordinarios como los anteriores, pero que contribuyen igualmente a la generación de valor para mercados algo más modestos. De hecho, algunos de esos ricos podrían con el tiempo transformarse en superricos si sus empresas siguen creciendo y generando riqueza para un público mayor sin que la competencia logre barrerles.

Ahora bien, que los más ricos sean aquellos que consiguen crear estos sistemas empresariales exitosos no significa que, tal como recoge la narrativa marxista, el resto de la sociedad esté condenada a vivir depauperada por venderles a los anteriores su fuerza de trabajo a cambio de sueldos de miseria. El resto de la sociedad que no haya creado sistemas empresariales exitosos puede acumular fuentes generadoras de renta (riqueza) por dos de las tres anteriores vías: una, proporcionar financiación a los sistemas empresariales (comprar bonos y acciones); dos, proporcionar recursos a los sistemas empresariales o a los factores productivos que éstas emplean (básicamente, la propiedad inmobiliaria ofertada como alquiler residencial o comercial; y la formación técnica del factor trabajo, esto es, el capital humano). Es el ahorro de parte de la renta y su inversión dentro del proceso social de creación de valor para el consumidor lo que nos permite acumular poco a poco un patrimonio (riqueza).

Los pobres, hoy

Sentado lo anterior, no deberíamos quedarnos boquiabiertos por el hecho de que, tal como expone Oxfam, el 1% de la población posea casi la mitad de la riqueza mundial, el 8,5% posea casi el 85% y el 91,5%, menos del 20%.

Primero porque lo que esos datos están poniendo de manifiesto es algo que hace tiempo que sabíamos: la mayor parte de la población mundial se concentra en zonas cuyo marco institucional es hostil a la creación de sistemas empresariales (escaso respeto a la propiedad privada y los contratos, ya sea del Estado hacia los particulares o de los particulares entre sí). Es decir, la mayor parte de la población es pobre en el sentido estricto del término: no ha podido acumular activos generadores de renta y su economía se basa en la autosubsistencia o en el abastecimiento muy primitivo de mercados locales. A nadie le sorprenderá que los ciudadanos del Tercer Mundo no posean grandes carteras de bonos y de acciones o propiedades inmobiliarias de gigantesco valor. Su escasa riqueza se concentra en bienes muebles como el ganado o las herramientas (bienes que el informe Oxfam excluye del cómputo de riqueza global) y en ciertas propiedades inmobiliarias con un valor ridículamente inferior a las occidentales (un trozo de tierra en Calcuta tiene, hoy por hoy, mucho menos valor que uno en Londres). Sí: la mayor parte de la población sigue siendo pobre, pero no porque nosotros seamos ricos, sino porque sus regímenes políticos les han impedido crear riqueza tal como la hemos creado nosotros. Afortunadamente, la globalización está comenzando a cambiar este panorama y la pobreza en el mundo se está reduciendo a pasos agigantados.

Segundo, porque las mayores expresiones de riqueza de las clases medias occidentales —aparte de su propiedad inmobiliaria— están excluidas del informe. En concreto: Occidente es actualmente una sociedad controlada y asfixiada por el Estado de Bienestar. El Estado de Bienestar tiene una lógica de funcionamiento coactivo muy clara: a cambio de pagar una cantidad ingente de impuestos cada año, todo ciudadano tiene derecho a recibir una renta monetaria (pensiones) y una renta en especie (servicios “gratuitos” en sanidad y educación). Parte de esa renta en especie, además, puede transformarse en riqueza generadora de renta futura (los servicios educativos se transforman en capital humano que aumenta la productividad del trabajador). Pues bien, tanto el capital humano como el derecho a percibir prestaciones del Estado de Bienestar… ¡están excluidos del cómputo de riqueza global! Aunque el Estado español nos estuviera pagando el alquiler de yates y de mansiones a todos los ciudadanos… nuestra riqueza dentro del informe Oxfam no mejoraría ni un ápice.

La mayor parte de la población sigue siendo pobre, pero no porque nosotros seamos ricos, sino porque sus regímenes políticos les han impedido crear riqueza

El sesgo estadístico de este error no es menor. Un trabajador español con un salario de 15.000 euros está pagando anualmente más de 9.000 euros en impuestos y cotizaciones sociales. A cambio de ese dineral, recibe una serie de prestaciones del Estado de Bienestar cuyo valor Intermon Oxfam no contabiliza como riqueza. ¿Se imaginan que, en cambio, esos trabajadores medios dedicaran sus 9.000 euros anuales a adquirir participaciones en fondos de inversión, seguros de vida o seguros sanitarios? La riqueza contabilizada se incrementaría de manera muy sustancial (un mileurista español, por ejemplo, pasaría a integrar estadísticamente la categoría de privilegiados ciudadanos que poseen más del 80% de toda la riqueza planetaria). Añadan ese sesgo a la baja para todo Occidente y comprenderán que las cuentas y disquisiciones de Intermon Oxfam carecen de toda solidez.

Conclusión

En definitiva, los diferenciales de riqueza que han escandalizado a Intermon Oxfam se explican única y exclusivamente por la voracidad y el intervencionismo del Estado sobre las sociedades: en el Tercer Mundo, porque bloquea la posibilidad de crear sistemas empresariales no tutelados por el Estado, que son la base de la riqueza; en Occidente, porque el ahorro que permitiría a las clases medias acumular patrimonios sustanciosos es absorbido por el expolio tributario del Estado de Bienestar. De ahí que, sólo aquellas personas que en Occidente estén generando una renta suficientemente alta como para ahorrar después de ser rapiñados por Hacienda, figuren en las estadísticas como ricos: el resto, formalmente, no tienen nada (aunque posean capital humano y servicios “gratuitos” del Estado de Bienestar).

Paradójicamente, la única respuesta que adivina a dar Oxfam a esta situación envenenada para las clases medias es recetarles más cicuta, a saber, más Estado: más impuestos, más gasto y más regulaciones. Simplemente, no entienden cómo se crea (y cómo se destruye) la riqueza.


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