El rincón austriaco

Miguel Sebastián miente

El exministro de Industria Miguel Sebastián se ha desmarcado con unas declaraciones cuando menos llamativas en un artículo titulado Algunas reflexiones sobre la situación energética, publicado en el número 41 de Cuadernos de Energía. Dentro del mismo, este político y economista nos proporciona su particular visión sobre diversos asuntos relacionados con la actualidad del sistema energético español, entre los que destaca la problemática de las energías renovables.

De acuerdo con Sebastián, los gobiernos de Aznar y de Zapatero indujeron un desarrollo artificialmente rápido de la energía renovable en España, cargando a nuestra economía con un sobrecoste energético que perjudica notablemente nuestra competitividad y que, por tanto, lastra nuestra capacidad de recuperación. Destaca en medio de este desaguisado, según Sebastián, “la burbuja fotovoltaica”, que condujo en 2008 a instalar una potencia de 3.000 MW en paneles fotovoltaicos, siete veces por encima del objetivo del Gobierno y más de lo que durante ese ejercicio instaló el resto del mundo; 3.000 MW a los que, además, se les prometieron unas primas de 3.000 millones de euros anuales durante 25 años, esto es, “la friolera de 75.000 millones de euros a costa de la factura de la luz de los consumidores españoles”. De ahí que el exministro de Industria denuncie que las primas a las renovables se terminaran convirtiendo en “una transferencia de rentas desde las pymes y la industria, innovadora, productiva y exportadora, hacia los terratenientes o financieros que desplegaron los huertos solares por toda España”.

En este sentido, Sebastián lamenta haberse quedado solo dentro de su partido y de su Gobierno a la hora de defender el pinchazo de esa burbuja fotovoltaica: “El Ministerio de Industria estaba solo frente a todos”. A estas alturas de la película, pues, ya sólo restaría tratar de encajar el golpe y mostrarnos generosos con el resto de países de nuestro entorno para que puedan aprender de nuestros errores: “Debemos comunicar nuestra experiencia de país pionero a otros países para evitar que se repitan dichos errores y puedan aprender de nuestra experiencia”.

Hasta aquí parecería que el ministro que capitaneó la gestación de la burbuja renovable se hubiera colocado los ropajes de estadista honesto para relatarnos el martirio que tuvo que soportar durante aquellos años, rodeado de insensatos conmilitones que echaban por tierra todos sus esfuerzos por aportar algo de cordura al asunto. Sólo existe un problema con esta narrativa: Sebastián miente.

El informe contra las primas a las renovables

A comienzos del año 2009 formé parte de un equipo de investigación dentro de la URJC (dirigido por Gabriel Calzada y en el que también se hallaba la profesora Raquel Merino, así como el supervisor técnico José Ignacio García Bielsa) que se dedicó a estudiar los efectos de las primas a las energías renovables en España. Las conclusiones del informe dejaban poco margen de dudas para el optimismo: la intervención gubernamental dirigida a promover políticamente el desarrollo de las energías renovables había hipertrofiado el sector y creado una descomunal burbuja, especialmente en la industria fotovoltaica; es más, el derivado incremento de la factura eléctrica o de los impuestos —necesario para financiar las milmillonarias primas prometidas— terminaría destruyendo 2,2 puestos de trabajo netos en el sector privado por cada puesto de trabajo que se pensaba haber creado dentro del sector renovable.

El propósito del informe era doble: por un lado, poner de manifiesto —una vez más— los devastadores y descoordinadores efectos que acarrea el intervencionismo político en cualquier área del mercado, con la esperanza de que, en la medida de lo posible, se rectificara y se minimizaran sus nocivos efectos; por otro, alertar a los países de nuestro entorno de que no emularan el itinerario intervencionista de España, responsable de haber hipotecado el desarrollo de nuestro sistema eléctrico —y de todas las industrias intensivas en consumo eléctrico— durante al menos tres décadas.

¿Cuál fue la respuesta que recibimos los autores a raíz de este informe apreciablemente preocupado por el porvenir de nuestro país y, también, por el de nuestras sociedades vecinas? Descalificaciones, críticas y presiones desde todos los ámbitos y poderes fácticos de este país: gobiernos de cualquier signo político, universidades, grandes bancos, constructoras, corporaciones eléctricas y medios de comunicación dependientes de las consignas y de la publicidad —institucional o privada— de los poderes fácticos anteriores. En suma, se nos echaron encima todos aquellos lobbies, políticos y burócratas que abrevaban en este latrocinio regulatorio ideado para extraer y saquear las rentas de familias y empresas (como ahora reconoce el propio ministro de Industria que acogió esas primas).

El argumento más recurrente en aquel entonces fue el de tratarnos de “antipatriotas” porque estábamos dificultando que algunas compañías españolas se lucraran endosándoles este timo de la estampita a algunos países como EEUU (ése es el uso que se le da a la ‘marca España’: una canallesca patente de corso para aprovechar el buen nombre comercial de nuestro país con el propósito de camuflar las corruptelas y los fraudes más variados). Desde el diario Público, de hecho, incluso inventaron su propia conspiranoia reptiliana y bilderbergiana para demostrar que esa irreductible aldea gala —pero aldea, al fin y al cabo— que es el Instituto Juan de Mariana era en realidad el cerebro maquiavélico que, desde las sombras, manejaba los hilos de gran parte de la política nacional e internacional con el ánimo de maximizar la cuenta de resultados de las petroleras estadounidenses. Ninguna patraña era suficiente para ocultar y desviar la atención del asunto esencial: la parasitación de las familias y empresas nacionales por parte de ciertos grupos de presión españoles que ahora pretendían hacer su agosto timando a los políticos estadounidenses.

Atendiendo a las declaraciones actuales de Miguel Sebastián, uno esperaría retrospectivamente que el exministro de Industria se hubiese posicionado junto a los autores del informe, tanto por sus conclusiones (burbuja renovable, encarecimiento de la energía y destrucción de empleo) cuanto por sus objetivos (rectificar el rumbo de la política energética española y alertar a los países vecinos de que no cometieran el mismo error). Pero, ¿hizo esto Sebastián? No.

Miguel Sebastián, al ataque

El exministro de Industria no sólo no apoyó el informe contra las primas políticas a las energías renovables, sino que ni siquiera se quedó callado a modo de asentimiento silente. Al contrario, Miguel Sebastián se marchó de gira por EEUU para desprestigiar las conclusiones del informe (ésas mismas que hoy grosso modo suscribe) y para endosarle el muerto de este tocomocho español a la Administración Obama, esto es, a todos los ciudadanos estadounidenses. Así, por ejemplo, en una entrevista que concedió al Houston Chronicle el 7 de noviembre de 2009 (fecha en la que, según sus parámetros actuales, la burbuja renovable ya estaba absolutamente desbocada y era del todo punto innegable), se narraba que Miguel Sebastián “acababa de visitar recientemente numerosas ciudades estadounidenses para promover que empresas y administraciones estadounidenses trabajaran de la mano de compañías renovables españolas” y se recogían diversas declaraciones del exministro donde exaltaba la conveniencia de invertir en energías renovables —por cuanto promovían el empleo, el crecimiento y la innovación— al tiempo que despreciaba el informe por tener una “motivación política”.

En aquel entonces, ya era obvio que Sebastián o no se había leído el informe o distorsionaba su contenido a conveniencia (según la entrevista, nuestro informe ligaba la destrucción de empleo en la construcción con la promoción política de las energías renovables, cosa que no hacía ni lejanamente). Con la nueva información contextual que Sebastián nos proporciona, semejante entrevista adquiere ahora una nueva dimensión interpretativa: o el exministro de Industria mentía con descaro entonces o miente con descaro ahora. Sea como fuere, queda claro que su tour por EEUU y la campaña de acoso que concertadamente se lanzó contra el informe en España tenían un único propósito: seguir instrumentando el sistema eléctrico español (e idealmente, también el estadounidense) para consolidar el saqueo regulatorio de consumidores y contribuyentes en privativo lucro de políticos y grupos de presión. El mismo Miguel Sebastián que hoy se nos presenta como el incomprendido mártir de una política energética que no suscribía fue, en realidad, el líder de los alcahuetes nacionales que marcharon a EEUU para colocarles a los mistermarshallianos yanquis la basura regulatoria que acababa de hipotecar por décadas el sistema eléctrico español.

El caso no sólo ilustra, por enésima vez, que este sistema eléctrico español lleva desde hace décadas bajo la planificación directa e indirecta del Estado y que, por consiguiente, no puede considerarse en absoluto un ejemplo de mercado eléctrico libre (los detalles de cómo funcionaría o ha funcionado éste pueden hallarse en Una revolución liberal para España). Pero lo verdaderamente relevante no es esto: si algo sirve para poner de manifiesto el doble discurso de Miguel Sebastián es cuán pútridas, sectarias e irreparables son las tripas de la política en nuestros hipertrofiados Estados modernos. Incluso cuando los políticos (presuntamente) son conscientes de que están minando la libertad y la prosperidad de los ciudadanos, no dudan en imponer sus intereses comisionistas y los de los lobbies a los que privilegian con sus regulaciones, al tiempo que persiguen a todos aquellos que denunciamos que el emperador está desnudo. Mas, precisamente por ello, hay que seguir repitiendo y constatando que, en efecto, el emperador está desnudo.


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