El rincón austriaco

Hiperinflaciones

Las hiperinflaciones ocurren: los profesores Steve Hanke y Nicholas Krus han documentado 56 episodios a lo largo de la historia. Ellos lo definen cómo una tasa de inflación mensual superior al 50%, es decir, que los precios se dupliquen aproximadamente cada dos meses. Yo prefiero definir la hiperinflación como el repudio de la moneda de un país que ocasiona un desplome colosal en su valor y conlleva subidas estratosféricas de precios.

La manera más habitual de explicar las hiperinflaciones es apelando a los incrementos en la cantidad de dinero: nuestra imagen de las hiperinflaciones se corresponde con el de las imprentas del banco central funcionando a plena potencia e inundando todo el mercado. Es esta perspectiva, asentada sobre la teoría cuantitativa del dinero, la que ha conducido a muchos economistas a pronosticar que Estados Unidos avanzaba hacia la hiperinflación a cuenta de las flexibilizaciones cuantitativas de Bernanke.

La otra posible explicación, mucho más acertada a mi parecer, es que la hiperinflación es una consecuencia no del estallido de la oferta, sino del colapso de la demanda de moneda. Los agentes económicos se niegan a mantener en su patrimonio un determinado activo monetario y pasan a liquidarlo en masa, lo que hace descender el precio del dinero (es decir, aumenta el precio de mercado de los bienes reales que se compran con dinero devaluado). En este sentido, el espectacular aumento de la cantidad de moneda que observamos durante las hiperinflaciones es más una consecuencia que una causa de las mismas: el aumento de precios reduce los saldos reales de caja (el poder adquisitivo de la cantidad de moneda en circulación) y, para que los agentes puedan seguir efectuando transacciones a los ascendientes precios de mercado, se hace necesario imprimir cada vez más. En este sentido, podríamos decir que el colapso de la demanda de moneda avanza más rápido que las imprentas. Por supuesto, unEstado alocado que se dedicara a imprimir ilimitadamente sin ton ni son, también puede generar una hiperinflación, pero lo haría porque la gente comenzaría a rechazar anticipadamente esa moneda como instrumento en el que atesorar valor.

¿Cuál de las dos visiones es más correcta? Podemos recurrir a la historia y a la teoría para comprobarlo.

Siria al borde de la hiperinflación

No hace falta ir muy lejos en la historia para verificar alguna de esas dos opiniones. Steve Hanke recogía ayer que, desde el 26 de agosto, la libra siria se ha depreciado un 25% frente al dólar: es decir, en dos días, ha perdido una cuarta parte de su valor internacional, lo que vendría a equivaler a una tasa anual de inflación del 291%.  La divisa todavía no ha entrado en fase hiperinflacionista pero se halla muy cerca. ¿Por qué? Los defensores cerriles del cuantitativismo deberían concluir que, en dos días, la oferta de libras sirias habrá tenido que aumentar correspondientemente: todavía no tenemos datos al respecto, pero permítanme cuestionar que así sea.

Es harto dudoso que, de la noche a la mañana, la oferta monetaria del país se haya visto inundada de una provisión extraordinaria de libras sirias. Más bien, lo razonable es colegir que, ante el riesgo de invasión militar y de desmoronamiento del régimen sirio, los tenedores de libras sirias (en especial, los tenedores internacionales) han empezado a huir de ellas como de la peste. No es que la nueva oferta de libras sirias haya saturado su demanda, sino que su demanda se ha volatilizado.

Pero el caso sirio no es excepcional. Ha sucedido siempre: la libra inglesa se apreciaba o depreciaba durante las guerras napoleónicas según Napoleón aparecía o desaparecía de la escena; la divisa confederada también fluctuaba durante la Guerra de Secesión según las posibilidades de victoria del Sur; las pesetas republicanas emitidas con posterioridad al 18 de julio perdieron todo su valor una vez se comprobó que el bando republicano iba a perder la guerra y que el bando nacional no reconocería su validez; el peso filipino emitido por el gobierno de ocupación japonés se depreció un 75% en apenas tres meses, una vez las tropas del general MacArthur fueron ganando batallas y su victoria se observaba como inexorable, etc.

El fondo teórico de la hiperinflación

Una moneda fiduciaria –no confundir con el dinero de verdad, como puede ser el oro– es un pasivo del gobierno. En concreto, es una deuda estatal con el que el gobierno permite a sus súbditos pagar tributos. La moneda fiduciaria es, por consiguiente, no ya una moneda nacional, sino una moneda de régimen: el mecanismo último que estabiliza su demanda es su capacidad para ser reciclada al pagar impuestos a un determinado régimen político. Si este régimen desaparece y se espera que el siguiente no reconozca la divisa fiduciaria como instrumento para saldar sus tributos, es evidente que estamos ante un mero trozo de papel con nula utilidad; es decir, ante un trozo de papel que nadie querrá mantener en su patrimonio.

A diferencia del oro, cuyo valor se conserva con independencia del diktat del político de turno (es más, Nixon repudió el oro como dinero de curso legal en Estados Unidos al abandonar Bretton-Woods y éste, lejos de depreciarse, se apreció desde 35 dólares la onza a más de 800), el valor de la divisa fiduciaria es contingente a la supervivencia del régimen político que lo emite de manera monopolística. Es, como decíamos, un pasivo del Estado, como puede serlo la deuda pública a 10 años; y ya sabemos qué sucede con la deuda pública cuando el gobierno de turno la repudia al 100%... que no vale nada (su poder adquisitivo cae a cero). En este sentido, los episodios hiperinflacionistas van asociados a cambios de régimen y a hundimientos de la actividad económica, siendo el factor de la oferta monetaria relativamente auxiliar.

Así, la hiperinflación, la muerte de la moneda administrada, nos devuelve al trueque, a un escenario sin moneda: es decir, a una economía primitiva donde los saldos de tesorería son nulos, donde la liquidez se deteriora de manera gigantesca, donde el cálculo económico deviene imposible por la exponencial alza de precios, donde el consumo de capital –como consecuencia de la imposibilidad del cálculo– es continuado, donde los intercambios a crédito se convierten en prohibitivos y donde, en definitiva, la división del trabajo tiende a desaparecer (por ejemplo, se deja de producir para el mercado y se pasa a producir para el autoconsumo, pues cada vez menos quieren la moneda que le ofrecen por sus mercancías).

Un escenario apocalíptico que destroza por completo las bases de crecimiento de una sociedad y que, pese a estar más relacionado con los factores que determinan la demanda monetaria y menos con la oferta monetaria, no deberíamos desatender por entero. Occidente está muy lejos de la hiperinflación por las maniobras monetarias de los bancos centrales (criticables por motivos distintos a los del riesgo hiperinflacionario), pero toda la acumulación de pésima e impagable deuda (especialmente pública) que estamos sufriendo sí pone en riesgo la credibilidad y sostenibilidad del conjunto del sistema, en tanto en cuanto muchos esperen seguir costeándola con una alta inflación estructural. Sin ir más lejos, si Grecia se hallara fuera del euro, es seguro que habría sufrido un episodio hiperinflacionario (como lo padecieron diversos países latinoamericanos con sus crisis de deuda durante la década de los 80). Cuando el déficit del Estado es tan gigantesco y permanente que ni cabe recortarlo sin tumultos sociales ni cabe financiarlo sin una estructural inflación de gran calibre, la demanda global de una divisa desaparece y, a partir de ahí, también se pueden desatar los problemas y las dinámicas hiperinflacionarias. No tanto porque la oferta se multiplique, sino porque la demanda de moneda se sabe estafada y escapa.


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