El rincón austriaco

Guerra de divisas: destrucción mutua asegurada

Depreciar la divisa no sólo es un mecanismo chapucero, torpe, rapiñador y en muchas ocasiones contraproducente de solventar una crisis, sino que además supone trasladarle parte de los problemas internos de un país al resto del mundo. Los ineficientes productores de una región que, por cualquier motivo, han perdido parte de su demanda internacional deberían proceder a readaptarse y reinventarse de acuerdo con su “ventaja comparativa”, es decir, tratando de buscar sus puntos fuertes dentro del sistema de complementariedades y sinergias que ofrece una determinada división internacional del trabajo y del capital; es decir, aquellos empresarios que han dejado de coordinarse con el resto (o que jamás lo estuvieron pero que vivían de la ilusión de estarlo merced al endeudamiento exterior artificialmente barato) deberían esforzarse por pasar a estarlo si es que quieren seguir beneficiándose de las gigantescas ventajas que ofrece esa división internacional del trabajo.

La depreciación de la divisa, sin embargo, es una herramienta que, en ocasiones, permite minimizar la extensión de los reajustes internos a cambio de socavar y descoordinar al resto de agentes económicos del planeta. En cierto modo, es una forma de socializar las pérdidas y de trasladarles nuestros agujeros financieros y económicos a aquellos que estaban actuando rectamente; en lugar de fomentar la especialización regional en función de las ventajas comparativas, los mercantilizados bloques económicos nacionales pasan a especializarse según el manipulado valor relativo de sus divisas. Es un ajuste de brocha gorda efectuado por un pintor con Parkinson, en lugar de la precisa corrección con bisturí de un cirujano.

Por ejemplo, supongamos que un país se especializa, durante una guerra entre sus vecinos, en abastecerles de armamento: no es el país más eficiente del mundo en fabricarlo, pero la cercanía de los contendientes y los correspondientes bajos coste de transporte le confieren una ventaja transitoria sobre otros productores más territorialmente alejados. Una vez terminado el conflicto y una vez minorada la demanda externa sobre su industria militar, es evidente que ese país debería proceder a reajustarse y a fabricar otros bienes que posean demanda internacional y que le permitan, por consiguiente, reinsertarse dentro de las corrientes globales de flujos comerciales. Sucede, empero, que tal economía cuenta con una alternativa a su reajuste interno: hundir el valor de su divisa para, a efectos prácticos, poner a la venta su armamento a precios de saldo. En tal caso, probablemente sea capaz de hacer dumping a los otros más eficientes productores de armamento, arrebatándoles su demanda internacional y, por tanto, forzando a que el reajuste interno deban realizarlo ellos (dejamos fuera los notables perjuicios que también existirán para aquellos productores internos del país que deprecia su divisa y que venían importando parte de sus factores productivos del extranjero: ellos, que estaban adecuadamente especializados, también pagarán el pato de una ineficiente e innecesaria industria militar que se niega a desaparecer).

Agresión y defensa represiva

Fijémonos, pues, en cuanto habíamos afirmado acerca de la depreciación: a) los países no se especializan según sus auténticas ventajas comparativas sino según cuánto sean capaces de manipular el valor de sus divisas, b) los agujeros  internos son trasladados al exterior, y c) la división internacional del trabajo y la cooperación pacífica entre sociedades se quebranta. Por eso, precisamente, resulta tan incorrecto hablar, como suelen hacerlo economistas y periodistas de todo pelaje, de “devaluación interna”: el ajuste productivo interno no tiene nada que ver con una devaluación, sino con una adaptación correcta a unas condiciones globales que han cambiado; de hecho, es más bien al revés: la devaluación o depreciación de la divisa es una mala, pauperizadora y descoordinante imitación del mucho más sano y coordinante proceso de ajuste interno. En lugar de hablar de “devaluación interna” deberíamos llamar a la depreciación “chapucero ajuste externo”.

Ahora bien, siendo tales las consecuencias de la depreciación, no es de extrañar que, con frecuencia, a ésta le sigan medidas comerciales “defensivas” y represivas entre los países perjudicados por la misma: por ejemplo, un rearme arancelario que encarezca la abaratada producción del país que ha optado por la depreciación o una ronde de depreciaciones de la divisa propia que compensen los efectos de la foránea; a este último caso, cuando diversos países inician una carrera de depreciaciones hacia ninguna parte, se lo conocerá como guerra de divisas.

Precisamente, las guerras de divisas ilustran a la perfección por qué la depreciación es una absoluta chapuza: si bien todos los países del mundo pueden salir de su crisis corrigiendo sus patrones de producción y de financiación (los municipios de un país en crisis nunca deprecian sus tipos de cambio y, sin embargo, todos ellos pueden superar tal crisis), no todos pueden salir a la vez depreciando sus divisas (si todos devalúan, nadie obtiene beneficios de ello). Pero, por el contrario, si es posible que todos los países pierdan a la vez por recurrir a tan inadecuado procedimiento. Al cabo, si la manera de lograr una depreciación de la divisa nacional consiste en llenar el balance del banco central de basura (por ejemplo, promoviendo que un gobierno insolvente se siga endeudando recurriendo a la monetización de sus pasivos), lo que estamos generando y esparciendo por toda la economía son promesas de pago que no van a ser cumplidas y que distorsionan los aparatos productivos internos de un modo insostenible (verbigracia, cuando la deuda pública va dirigida a sufragar inútiles y dispendiosos Planes E). Al final, pues, el problema es sencillo: o avanzamos hacia sistemas productivos y financieros globales más coordinados, o tratamos de dinamitar la división internacional del trabajo para ver si nos quedamos con una mayor porción de sus restos y despojos que nos permitan ir tirando.

Nuestro papel moneda; nuestra guerra de divisas

En estos momentos, por desgracia, estamos inmersos en una guerra de divisas en ciernes. El Gobierno japonés ya ha anunciado su deseo de depreciar el yen (como si el problema de Japón fuera que no exporta lo suficiente y no que tiene una gigantesca losa de deuda sobre sus espaldas), Bernanke y King llevan frenando la apreciación del dólar y de la libra desde 2008, y el Banco Nacional de Suiza ya tuvo que establecer hace dos años un tipo de cambio fijo con el euro para detener la rapidísima revalorización de su divisa. De momento, el convidado de piedra oficial en esta contienda internacional está siendo la moneda europea, aunque se hace complicado no ver en la ventanilla abierta por Draghi de las OMT una vía indirecta de lograr resultados análogos. Y, desde luego, un recrudecimiento de estas hostilidades monetarias supone una de las mayores amenazas contra cualquier conato de recuperación mundial en tanto en cuanto harían saltar por los aires gran parte de los patrones de especialización actuales que sí están bien asentados y consolidados.

Es en este tipo de casos donde se observan con mayor claridad los grandes beneficios que poseía el contar con una divisa mundial fuera de las manazas de los políticos como era el patrón oro clásico (el previo a la Primera Guerra Mundial). Las grandes dificultades para devaluar la divisa unidas a las restricciones sobre una expansión persistente del crédito que prolongara innecesariamente los procesos de ajuste y saneamiento, conducían a una coordinación en permanente adaptación entre todos los agentes, incluyendo a aquellos cuya demanda internacional había desaparecido y debían pasar a reinventarse. En nuestra era del papel moneda inconvertible, por el contrario, la carrera no consiste en acelerar el reajuste productivo y financiero de aquellos empresarios que han dejado de servir a los consumidores nacionales y extranjeros, sino en retrasarlo todo lo posible gracias al crédito barato (a ver si escampa sólo) y en trasladárselo en parte a nuestros vecinos inocentes. Regresan las supercherías protokeynesianas del mercantilismo; esperemos que terminen llegando nuestros Richard Cantillon, Adam Smith o Jean Baptiste Say para que le den la vuelta a tan caducada tortilla.


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