El rincón austriaco

España fuera del euro: la solución inflacionista

Sostiene cierta sabiduría oficial que si España estuviera fuera del euro, contáramos con un banco central autónomo e implementáramos agresivos “estímulos” monetarios, superaríamos la crisis en un periquete: la peseta se depreciaría animando nuestras exportaciones, el gobierno podría financiarse a tipos de interés casi nulos de modo que sería capaz de implementar políticas fiscales expansivas, el crédito regresaría a las empresas reanimando la inversión, las familias lo tendrían mucho más fácil para volver a consumir endeudándose y, en suma, el desempleo rápidamente se reconduciría a unos niveles razonables. Y, además, disfrutaríamos de todas estas toneladas de ambrosía sin apenas sufrir inflación: el Abenomics japonés constituye suficiente evidencia.

El problema de todo este bonito cuento de la lechera es que, por mucho que se remita a la evidencia japonesa, resulta empíricamente falso. España ya tuvo su época de hojalata donde aplicaba “estímulos monetarios” con tal de superar las crisis: es la historia de nuestro país hasta el año 1999. Y los resultados son ilustrativos: entre 1980 y 1996, la peseta se depreció más de un 50% con respecto al dólar y al marco, el gasto público se duplicó en términos reales, la deuda pública sobre el PIB aumentó en 50 puntos, el IPC se más que triplicó (una inflación media anual del 7,2%) y, a pesar de todo, la tasa de paro entre 1982 y 1996 no bajó del 15% (de hecho, durante la mitad de los años se ubicó por encima del 20%). Alta inflación y más alto desempleo. El Gonzalenomics no funcionó a pesar de que las condiciones nacionales e internacionales eran mucho más propicias que las actuales, esto es, pese a que España y el mundo estaban cargados con mucha menos deuda que en estos momentos.

Los habrá que juzguen que el problema esté en la clase política: si en España las políticas monetarias expansivas no han funcionado es porque padecemos una casta política iletrada que las emplea en su propio beneficio; en cambio, la sofisticación nipona sí las está conduciendo al éxito sin inflación. Más allá de la valoración concreta que efectuemos sobre los resultados del Abenomics (en cualquier caso precipitada), la gran diferencia entre el yen japonés y la peseta española no es esencialmente la clase política que tienen detrás, sino la posición de inversión internacional neta de sus economía; a saber, si un determinado sistema económico es deudor o acreedor del resto del mundo.

Acreedores y deudores

Si una economía es deudora del resto del mundo, toda vez que sus acreedores extranjeros pierdan el apetito por adquirir la divisa nacional, lo tendrá muy complicado para estabilizar su valor y evitar una depreciación: básicamente, los más abundantes deudores nacionales tendrán que comprar forzadamente una mayor cantidad de divisa extranjera que la que podrán recomprar los menos abundantes acreedores nacionales: existe una oferta neta de divisa nacional en los mercados internacionales que contribuye a su depreciación. Inverso es el caso de los países acreedores netos: la demanda de su divisa nacional por parte de los más abundantes acreedores nacionales superará la oferta de divisa nacional por parte de los menos abundantes deudores: existirá una demanda neta de divisa nacional que contribuirá a su apreciación.

En suma: tan pronto como los países deudores netos dejan de recibir abundante financiación de los países acreedores netos (es decir, tan pronto como los países ahorradores dejan de reabsorber la oferta neta de divisa de los países deudores), la moneda de los primeros se deprecia y la de los segundos se aprecia. De ahí que los primeros posean un nulo margen para expandir internamente su crédito sin depreciar todavía más su divisa y sin generar claras tensiones inflacionistas; y de ahí que los segundos sí cuenten con un amplio margen para ello, pues el aumento de la oferta de divisa nacional que puede impulsar el banco central compensa su demanda internacional neta.

Por supuesto, que un país sea deudor neto no significa automáticamente que su moneda se deba depreciar: si sus acreedores siguen dispuestos a refinanciar sus pasivos exteriores (porque están interesados en mantener o incrementar sus posiciones acreedoras contra esa economía), la oferta neta de divisa que resulta de su posición deudora sería adquirida por sus acreedores; en algunos casos, incluso si su banco central opta por incrementar notablemente su oferta. Es lo que ha sucedido con el dólar y las flexibilizaciones cuantitativas de Bernanke: pese a la ligera posición deudora de EEUU en el panorama internacional, los pasivos contra su economía (divisas, bonos, acciones, etc.) son tan demandados por sus acreedores, que Bernanke ha podido aumentar la oferta de dólares sin que, de momento, el valor del dólar haya sufrido especialmente. Pero tales casos son poco comunes, sobre todo cuando el acreedor se barrunta que el deudor va a ser incapaz de pagarle y que el escenario futuro más probable es el de una quita formal o el de una quita inflacionista. En general, pues, sí podemos asumir que los países deudores netos tenderán durante las crisis a ver cómo sus divisas se deprecian y que los países acreedores netos experimentarán cómo se aprecian.

La España deudora; el Japón acreedor

Así las cosas, ¿adivinan en qué posición se encuentran España y Japón? Pues sí: España es uno de los países con una deuda exterior neta más elevada del planeta (el 93% de su PIB); Japón uno de los países con unos activos exteriores netos más altos del planeta (el 62% de su PIB). Las situaciones son radicalmente opuestas: los deudores de Japón, quieran o no quieran, han de reabsorber la mayor oferta de yenes para cerrar sus posiciones con el país del sol naciente (de ahí que el yen, pese al Abenomics, todavía siga apreciado con respecto al nivel previo a la quiebra de Lehman Brothers); los acreedores de España no tendrían ninguna necesidad de aceptar nuestras inflacionistas pesetas si optáramos por salir del euro e imitar a Japón, de modo que el exceso de oferta internacional de pesetas propia de nuestra muy deudora posición de inversión internacional neta se vería redoblada por la contribución adicional del Banco de España (Rajoyomics). Volveríamos a la situación previa a 1996: pronunciadas depreciaciones y elevada inflación en medio de una alta tasa de paro.

Sí, probablemente una brutal depreciación de la divisa que no condujera a una bancarrota de la economía europea conseguiría, al cabo de un par de lustros, rebajar nuestra tasa de paro. Pero lo haría a costa de un brutal empobrecimiento de la mayor parte de la población: la inflación erosionaría los salarios reales de los trabajadores y la depreciación castigaría a los extranjeros que confiaron e invirtieron en la economía española durante los últimos años (y premiaría a quienes desconfiaron de la misma y sacaron sus capitales del país). Paradójicamente, empero, aquellos que se oponen con fiereza a las reducciones de salarios nominales y vituperan populistamente los ataques especulativos contra España son los más proclives a aplaudir el retorno a una peseta inflacionista que castigue a los trabajadores y premie a los especuladores.

Es comprensible que la devastación económica que conllevan las depresiones deflacionistas duraderas conduzca a muchos a aplaudir la misma alquimia financiera de los bancos centrales que, por cierto, nos condujo hasta la situación actual. Pero no deberíamos cerrar los ojos a las enormes diferencias subyacentes que existen entre países. No es casualidad que el Gobierno japonés se financiara extremadamente barato antes del Abenomics y que el yen se apreciara en paralelo: simplemente, los flujos monetarios internacionales se reciclaban en beneficio de su economía nacional, elevando el precio de su deuda pública (esto es, reduciendo su tipo de interés) y de su divisa. Tampoco habría sido casualidad que los expansivos costes de financiación a los que se enfrentaba el gobierno de España hasta mediados de 2012 hubiesen convivido con una depreciación acelerada de la peseta: si los ahorradores internacionales no querían nuestra deuda pública, tampoco habrían demandado nuestra divisa.

De nada habría servido una intervención expansiva del Banco de España en ese contexto: la monetización de la deuda pública habría ido aparejada de un mayor repudio de nuestra divisa, de una inflación creciente y, por tanto, de unos tipos de interés que inexorablemente terminarían reputando. Nuestra experiencia previa al euro así lo atestigua. Si en la actualidad las palabras de Mario Draghi han conseguido estabilizar la prima de riesgo española sin repuntes inflacionistas no es por tratarse de un banco central, sino por tratarse de un banco central que imprime euros. Y los euros siguen poseyendo una amplia demanda internacional aunque solo sea porque Alemania, es acreedora neta del resto del mundo en un importe equivalente al 40% de su PIB.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba