El rincón austriaco

Bajar salarios: política keynesiana

Pese al renovado sentimiento broteverdista que se está extendiendo por toda Europa, la tasa de paro en la periferia –y muy especialmente en España– sigue siendo insosteniblemente elevada. De ahí que desde dentro y desde fuera de nuestro país sigamos buscando imaginativas respuestas a esta lacra social y económica.

La última nos ha llegado desde el Fondo Monetario Internacional y consiste en impulsar una bajada del 10% en los salarios españoles: según el FMI, sindicatos y patronal deberían acordar una repentina rebaja de los salarios del 10% a cambio del compromiso de incrementar la contratación: "Nuestros modelos apuntan hacia los beneficios potenciales que tendrían un ambicioso acuerdo social en aras del crecimiento y del empleo para acelerar la devaluación interna. Nuestro modelo se basa en la hipótesis de 1) suscribir un acuerdo para reducir los salarios nominales en, por ejemplo, un 10% durante dos años (…)".

¿Y por qué el 10%? Pues porque es el aumento nominal que, como media, han experimentado los sueldos españoles entre 2008 y 2012, de modo que se trataría de corregir esa inflación salarial para conceder a las compañías un cierto margen para reducir sus precios hasta un 5% y ganar competitividad internacional.

La visión keynesiana de los salarios

Ya hemos explicado en diversas ocasiones que el FMI es un organismo puramente keynesiano que vive a costa del contribuyente y que, en consecuencia, debería ser clausurado de inmediato. Muchos, sin embargo, siguen pensando que las rebajas salariales generalizadas y por decreto son una recomendación genuinamente antikeynesiana: disminuir los salarios, dicen, hundiría el consumo.

Pero quienes así razonan confunden inapropiadamente keynesianismo con subconsumismo: la obsesión de Keynes no era la de evitar que el consumo cayera, sino la de evitar que el gasto total se redujera. Y dentro del gasto total no sólo se encuentra el consumo, sino también la inversión. En este sentido, el inglés pensaba que, en determinadas circunstancias, una minoración salarial podría impulsar la inversión agregada. ¿Y cuáles eran esas circunstancias? ¡Justamente las que reivindica el FMI!

De entrada, Keynes estaba convencido de que en una economía abierta al comercio internacional –como lo está hoy España– las rebajas salariales permitían mejorar el saldo exterior y, por esta vía, relanzar la inversión interna. Tal como podemos leer en su Teoría General: "En una economía abierta, las reducciones de los salarios nominales en relación con los salarios nominales extranjeros son evidentemente favorables a incrementar la inversión, ya que tienden a mejorar el saldo de la balanza comercial".

El ínclito economista inglés sólo tenía ciertas reticencias con las reducciones de salarios en economías cerradas, pero incluso ahí respaldaba los recortes de sueldos siempre que se produjeran de golpe y para todos los trabajadores a través de un decreto gubernamental: "Cuando entramos en un período de demanda efectiva languideciente, una reducción repentina de los salarios nominales a un nivel tan bajo que nadie crea que puedan seguir reduciéndose sería el estímulo más favorable para fortalecer la demanda efectiva. Pero esto sólo podríamos conseguirlo mediante un decreto administrativo, poco probable en sistemas donde existe libertad de negociación salarial".

En ausencia de fascistoides decretos gubernamentales, buenos eran para Keynes los también fascistoides acuerdos de negociación colectiva que minoraran los salarios. El inglés incluso los prefería a sus adoradas rebajas de salarios reales a través de la inflación: "Si los trabajadores, siempre que no hubiese pleno empleo, estuvieran dispuestos a reducir concertadamente sus demandas salariales hasta un punto en que se indujera una reducción de los tipos de interés compatible con el pleno empleo, deberíamos, ciertamente, dejar esa política en manos de los sindicatos –preocupados por el pleno empleo– en lugar de en el sistema bancario".

En definitiva, la política salarial ideal para Keynes en medio de las depresiones era: rebaja repentina y concertada de los salarios nominales mediante acuerdos de negociación colectiva dirigidos a recuperar la competitividad internacional e impulsar la inversión interna. Justo el recetario abrazado por el muy keynesiano Fondo Monetario Internacional.

La alternativa austriaca

La visión keynesiana –predominante a día de hoy– pretende manejar la totalidad de los precios y salarios con el objetivo de impulsar el gasto agregado y, a través del gasto agregado, la producción agregada y el empleo. Se trata de un proyecto de ingeniería social macroeconómico condenado al fracaso, tanto cuando se aplica para rebajarlos todos sin ton ni son como cuando se adopta el camino inverso de aumentarlos todos por mandato gubernamental (recordemos las desastrosas consecuencias que le acarreó a España la subida salarial de un 23% decretada en 1956 por el falangista Girón de Velasco).

Por el contrario, la visión austriaca enfatiza la necesidad de que precios y salarios particulares se ajusten flexiblemente a la cambiante realidad de cada unidad empresarial con tal de permitir la supervivencia y emergencia de la mayor cantidad posible de planes de negocio viables que, en consecuencia, incremente la producción y el empleo y, a través de ellos, el gasto. Si bien los keynesianos creen que en depresión siempre es positivo bajar todos los salarios en idéntico porcentaje, los austriacos se limitan a afirmar que cada salario (y cada precio) debe adaptarse a las condiciones económicas del momento.

En el contexto actual, con seis millones de parados y una pésima especialización de muchos sectores productivos dentro de España, es evidente que la libertad de mercado significaría que la mayoría de salarios –aunque no todos– tenderían a reducirse, pero no lo harían todos en el mismo porcentaje: cada uno se adaptaría a las circunstancias concretas de su sector con el propósito de ajustarse dinámicamente a la productividad del trabajo y maximizar sus posibilidades de ocupación. La clave está en el ajuste de los precios relativos a las condiciones productivas, no en su manipulación keynesiana para acrecentar el gasto.

Hagamos oídos sordos al FMI, pero no porque no sea necesario que muchos salarios se reduzcan en España para adaptarlos a la productividad postcolapso burbujístico, sino porque las reducciones o elevaciones de los salarios han de ser la consecuencia de un proceso de negociación libre entre empresa y trabajador dirigido a readaptar la posición competitiva de la compañía a las mutantes circunstancias del mercado. No planifiquemos centralizadamente los salarios: restablezcamos la libertad en el mercado laboral que tanto aborrecía Keynes y que el FMI sólo respalda como herramienta subóptima para recortar los sueldos. Necesitamos salarios libres, no salarios bajos.


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