El Precio de la Civilización

Las leyes u otra crónica de los días antiguos

Como decíamos ayer, Jenofonte inició el regreso a casa de los griegos cuando se preguntaba en la noche más oscura "¿Por qué permanezco acostado? La noche avanza y el enemigo se acerca". Ese regreso a casa era difícil y no directamente imposible porque había una casa a la que regresar: sin embargo, 80 años antes, la Acrópolis ardía y los persas ocupaban Atenas, aún así habían sido derrotados, aunque no lo sabían. Ésta es otra historia que merece ser contada, no ya porque Jenofonte y sus 10.000 tuviesen un lugar al que regresar, sino porque fue decisiva en la historia de Occidente.

Cuando Jerjes, rey de los persas y el hombre más poderoso de su tiempo decidió invadir Grecia, muchos griegos consideraron que no era posible resistir; sin embargo, Atenas y Esparta decidieron defender sus leyes y su libertad; aún con el riesgo de perderlo todo.

La entrada en Grecia de un ejército inmenso como el de Darío, uno de los más numerosos de la Antigüedad, 300.000 hombres según las estimaciones modernas, debía atravesar el paso de las Termópilas. Allí, 7.000 griegos los detuvieron durante una semana. Finalmente, los griegos fueron traicionados y rodeados. La mayor parte abandonaron, pero quedaron 300 espartanos mandados personalmente por su rey, Leónidas, y algunos otros cuyas ciudades ya habían sido destruidas por los persas. Las leyes de Esparta dictaban que un soldado sólo podía regresar al hogar con su escudo, o encima de él para ser enterrado. Ninguno volvería y en su epitafio, en las Termópilas, las puertas de Fuego de Grecia, reza: “Extranjero, ve y di en Esparta que aquí caímos en obediencia a sus leyes”.

Tras el enorme e imprevisto coste de atravesar el paso de las Termópilas, los persas no atacaron Esparta, una de las escasas ciudades no amuralladas de Grecia; dejando tras de sí al ejército espartano, mientras se adentraban en la Ática y tomaban Atenas. Estratégicamente, la posición de los persas era muy complicada, porque Temístocles, el general ateniense ya había hecho evacuar la ciudad en dirección a la isla de Salamina; concentrando todas sus esperanzas en una batalla en el Mar. Allí, en el golfo de Salamina, frente a una Atenas saqueada y ardiente, los marineros atenienses lucharon por su vida, y contra todo pronóstico, vencieron. Al cabo de un año, el ejército espartano derrotaría definitivamente a los persas en Platea. Los persas pagaron muy caro, no sólo el error estratégico de haberse dejado atrás a los espartanos, sino, por encima de todo, minusvalorar a unos hombres que no luchaban porque se lo mandase un solo hombre, sino por sus leyes, por su libertad y por su vida.

Las leyes de Esparta eran draconianas, duras y prácticamente inhumanas, pero todos, incluyendo los reyes, las cumplían, al precio que fuese. Por eso estas leyes protegieron a Esparta muchísimo mejor que los muros de Atenas. La otra alternativa es el genio de Temístocles, que ironías de la vida acabaría muriendo en la corte persa, que plantearía batalla en el único lugar donde la podía ganar, en el Mar. Temístocles nunca respetaría las leyes atenienses, ni ninguna otra, como lo hacían los espartanos, pero sabía lo que quería y siempre supo sacrificar lo secundario, aunque fuese la propia ciudad de Atenas…

Si usted se pregunta si los españoles después del saqueo de la crisis, tenemos como Jenofonte, un lugar al que regresar, como era la vida antes de la crisis, no piense en el dinero que hemos perdido todos; sino en la crisis moral e institucional. Piense, si las leyes, buenas o malas, se cumplen. Probablemente, unos hombres dispuestos a cumplir las leyes protegen a una ciudad como Esparta mucho más que cualquier muro. Otro planteamiento interesante es, si a falta de cumplimiento de las leyes, hay por lo menos un planteamiento estratégico como el de Temístocles; o si sólo queda el desorden, el saqueo o incluso la colaboración con el enemigo. En fin, como sintetiza el profesor Fernández-Villaverde: "El imperio de la ley es lo más importante de todo".

Si quiere reflexionar sobre el Estado de Derecho, sobre el grado de cumplimiento de las leyes, sobre las causas de la degeneración, le recomiendo que lea ¿Hay Derecho?, de la que es coautora una columnista de esta casa, Elisa de la Nuez. Otra perspectiva interesante y regeneracionista, también de columnistas de esta casa, Javier Benegas y Juan M. Blanco es Catarsis. Otras recomendaciones interesantes para estas vacaciones son éstas de Luis Garícano y Jesús Fernández-Villaverde. De entre ellas, a mi me ha gustado especialmente La urna rota;  porque es un libro que defiende la racionalidad y la evidencia, frente a las fantasías que están tan en boga últimamente.

Bien, descansen en estas vacaciones y nos vemos pronto. Recuerden que hay que tomar conciencia, porque el fin de la noche más oscura no es el amanecer, sino el despertar, porque sólo entonces las pesadillas quedan atrás...


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