El Precio de la Civilización

En el fin de un reinado

“Una tierra, un rey… Arturo… Tú y la tierra sois uno, si tú fracasas, la tierra fracasará…”. Creo que esta frase de la película Excalibur ejemplifica el elemento mítico y medieval de la monarquía. Uno de los momentos cruciales, quizás el más crítico es en cualquier monarquía, la entronización de un heredero, bien sea por la muerte del rey, bien por la abdicación del soberano. Efectivamente, la abdicación del rey ha tenido lugar una semana después de que los partidos abierta y directamente republicanos obtengan el mejor resultado de la historia democrática de España. Además, “la tierra parece haber fracasado”: nos encontramos en medio de una gravísima crisis moral, política e institucional. Por si fuera poco, incluso la unidad de la tierra parece estar en peligro, al menos en Cataluña.

Por todas esas razones, la abdicación del rey don Juan Carlos tiene un cierto aroma a fracaso. Es cierto que los poderes del rey, en una monarquía constitucional y parlamentaria, no son tan grandes como para poder hacer responsable al rey de los mismos. Sin embargo, que la sombra de la corrupción haya revoloteado cerca de la familia real sí es un elemento que ha perjudicado de forma clara, no sólo al rey, sino, como estamos viendo, también la estabilidad institucional.

Cuando se rompe este elemento mítico de las monarquías siempre resurgen con fuerza las alternativas republicanas. Sin embargo, en estos días extraños estas alternativas se enfrentan a dos graves problemas. En primer término, hay que ser claros: frente a la sucesión del rey en el príncipe Felipe, no hay una solución republicana, sino múltiples. ¿Qué tipo de República se quiere para España? A esta pregunta hay múltiples respuestas.

Que la sombra de la corrupción haya revoloteado cerca de la familia real sí es un elemento que ha perjudicado la estabilidad institucional

Veamos, en los últimos tiempos hay argumentos cortesanos, o que por lo menos lo parecen, del estilo de “prefiero mil veces vivir en una monarquía como la sueca que en una república como la siria”. Obviamente, es una comparación tramposa. Cualquiera prefiere vivir en un sitio civilizado a vivir en un infierno asolado por la guerra. Además, en los ejemplos de repúblicas como Corea del Norte, Siria o incluso Cuba, la Jefatura del Estado se ha transmitido de padres a hijos (o entre hermanos en el caso cubano). En fin, no son buenos ejemplos de república. El ejemplo también se puede hacer en sentido contrario: yo también prefiero vivir en la República Francesa o Alemana que ser súbdito del rey de Marruecos. Esto sólo aclara que frente una monarquía real, en el sentido de existente y tangible, se opone una república, que puede ser desde un sitio ideal a un desastre sin paliativos.

Uno de los problemas de convocar un referéndum es precisamente cuál es la alternativa concreta a la monarquía. Porque el problema de un referéndum es qué pasa si sale 'No'. Ponerse a pensar en ese momento qué se va a hacer solo garantiza el caos. Esto se ve agravado por la extrema rigidez para reformar el título II de la Constitución, referido a la Corona: se exigen mayorías reforzadas de 2/3 en Congreso y Senado, referéndum, disolución de las Cortes… Simplificando, que no se puede, en la práctica, reformar el título II por los cauces establecidos en la propia Constitución. Sin embargo, también es simplemente impensable que la monarquía permaneciese si perdiese un referéndum. Esto querría simplemente decir que la Constitución se convertiría en papel mojado. En esta cuestión hay un dato inquietante: ninguna de las Constituciones que ha tenido España en toda su historia se ha modificado por los cauces previstos en la correspondiente Constitución.

Probablemente la Constitución necesita una reforma. Sin embargo, aún es mucho más importante su cumplimiento efectivo

Si se diese esta situación, simplemente los problemas nos desbordarían: el primero de ellos sería el problema territorial. Hoy no existe un mínimo consenso en España sobre el modelo territorial que se quiere. Algunos quieren un Estado centralizado y otros una distribución territorial del poder que dé más competencias a las autonomías; por último, algunos simplemente quieren la independencia…

Efectivamente, todas las cuestiones se pueden debatir en una democracia. El debate sobre quién ocupa la jefatura del Estado es uno de ellos; con independencia que esto no solucione, para bien o para mal, la situación económica o la corrupción, dos de los grandes problemas que sí preocupan a la mayoría de los ciudadanos. Sin embargo, para abrir debates de ese calado hay que tener propuestas concretas y un procedimiento; lo otro es, simplemente, asomarse al precipicio, con la esperanza de no caerse; lo que en una época de rabia generalizada es aún más peligroso.

Probablemente la Constitución necesita una reforma. Sin embargo, aún es mucho más importante su cumplimiento efectivo. Por ejemplo, es más importante reforzar la independencia de la Justicia, que eventuales mejoras como reducir drásticamente el número de aforados. Con todo, y pese a todos los fallos, la Constitución vigente, que incluye la monarquía, ha permitido una convivencia pacífica, y durante bastante tiempo, hasta la gran crisis que atravesamos, el desarrollo económico. Creo que deberíamos pensárnoslo antes de precipitarnos a un salto en el vacío.


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