El Precio de la Civilización

El dilema del esquimal

Una vez me contaron que para entender el sector energético había que conocer el dilema del esquimal. Hace unos años en Siberia encontraron un esquimal muerto en un iglú. La autopsia determinó que había muerto por intoxicación al respirar el aire de una hoguera de carbón que había construido. El dilema al que se enfrentó era que o bien respiraba aire contaminado y moría intoxicado, o bien moría de frío. La humanidad ha ido sofisticando este dilema pero sigue existiendo. Ahora es una cuestión de coste. La energía limpia es más cara que la energía que contamina. Sin embargo, además, el coste de la chapuza suele ser mucho peor.

En España “disfrutamos” de una de las energías más caras de Europa. De hecho, con el subidón previsto para enero, paralizado de urgencia el viernes, íbamos a ser los campeones con la energía más cara de Europa. Aún así, según las compañías eléctricas y el Gobierno, una de las tarifas más caras de Europa y de la OCDE no da para cubrir los costes de las compañías eléctricas. Este fenómeno se conoce como déficit de tarifa.

Dentro de los grandes enigmas de la Humanidad como la construcción de la Gran Pirámide de Keops, o el asesinato de Kennedy, el déficit de tarifa español ocupa un lugar destacado. Si los precios no cubren los costes, ¿cómo tienen beneficios y reparten dividendos las compañías eléctricas?

Además, si la demanda de electricidad ha caído con la crisis, ¿cómo se paga la electricidad un 78% más cara que en 2007? ¿Es la electricidad el único servicio en el que no opera la ley de la oferta y la demanda?

Intentando aclarar algunos enigmas, hay que señalar, en primer lugar que el concepto de déficit de tarifa lo descubrió el gobierno de Aznar. Para evitar que la luz subiese, el Estado garantizó futuros incrementos. Estos futuros incrementos no sólo se consideraron ingresos de las empresas, sino que se emitieron como valores en los mercados financieros. Posteriormente, el gobierno de Zapatero llevó el tema al paroxismo con las primas a las energías renovables. Este sistema garantizaba por ley la compra de esta electricidad a unos precios que iban desde muy elevados, energía eólica, hasta exorbitantes, energía solar. Sin embargo, no se dejaba a las empresas suministradoras elevar los precios en consonancia para el consumidor, generándose “déficit de tarifa” que el Estado avalaba.

Aún así, si hay energía como la hidráulica que tiene sus costes ya amortizados desde hace décadas, ya que la lluvia no se paga, ¿cómo sigue habiendo déficit? Además de las sospechas de que los costes no estén bien computados, hay un claro problema tanto de control de costes, como de exceso de capacidad instalada. En primer lugar, si cualquier coste que se tenga, lo acaban pagando o los consumidores o los contribuyentes, el incentivo para controlar costes es cero. Esto significa que no hay presión para que la tecnología se haga más eficiente o para innovar. Además, el despilfarro puede ser una consecuencia inevitable. En segundo lugar, durante una década la previsión de crecimiento económico, y por consiguiente de aumento de la demanda eléctrica, fue desaforada. En consecuencia, la capacidad de producir electricidad es muy superior a la demanda real. Sin embargo, todo el que ha invertido en instalaciones eléctricas pretende que se remunere su inversión como un coste más del sistema.

Como señalaba Adam Smith, uno de los grandes peligros para la economía es que los empresarios se confabulen para restringir la oferta y subir los precios. De hecho, cualquier monopolista intenta restringir la oferta para hacer subir los precios. Éste comportamiento es el más pernicioso para la sociedad pero el que hace sus beneficios más elevados. Para sorpresa de algunos, es precisamente lo que viene ocurriendo en el sector eléctrico: no suben los costes de materias primas como gas o petróleo. Otras “materias primas” como el sol, la lluvia o el viento siguen siendo gratis. Por otra parte, la demanda disminuye, con lo que el aumento de precios sólo parece obedecer a la restricción de la oferta.

Todo esto lleva a que no se amorticen ni se emplee la capacidad instalada para producir y distribuir energía. Además supone que las empresas españolas tengan que soportar un coste más elevado de electricidad que sus competidoras de otros países. Si a esto se unen los mayores costes financieros y fiscales, la competitividad sólo se puede recuperar bajando salarios, lo que deprime la demanda interna y dificulta la salida de la crisis.

Esto no es sólo un gravísimo problema económico, es algo más. El año pasado, las compañías eléctricas cortaron la luz a más de 1.400.000 hogares: http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/11/25/actualidad/1385413127_290093.html en los que viven millones de españoles. El otro día, Manuel Muela explicaba como la crisis social empieza a convertirse en humanitaria http://vozpopuli.com/blogs/3846-manuel-muela-verguenza-en-alcala-de-guadaira Una parte de este problema es el de la electricidad.

En pleno siglo XXI, y en un país que goza de un excelente clima, algunas familias empiezan a enfrentarse al dilema del esquimal: si pagan la luz, no pueden hacer frente a otros gastos esenciales. No hay una solución fácil, pero una reforma a largo plazo de un sector clave para el desarrollo y la economía española es una imperiosa necesidad. Y desde luego, habrá perdedores en esa reforma, pero ahora parece que estamos perdiendo todos.

Feliz Navidad a todos los lectores de Vozpópuli. El año que viene hablaremos del gobierno como decían Tip y Coll, y de la Agencia Tributaria…


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