El Precio de la Civilización

El coste de ese bálsamo llamado reforma fiscal

Como decíamos en el último artículo en este blog, la Resaca del Champán el resultado electoral de las europeas iba a llevar a una rebaja agresiva de impuestos. Ya tenemos aquí la reforma fiscal que en esencia es una importante rebaja del IRPF, y otra, algo menor del Impuesto de Sociedades. Además, hay múltiples medidas que ocupan cientos de páginas, pero ésta no es la reforma integral del sistema fiscal que muchos pedíamos: se quedan fuera todos los impuestos cedidos a las autonomías como patrimonio y sucesiones y no se reforman los impuestos en profundidad. En consecuencia, además de que no hay grandes medidas anti-fraude, seguiremos sufriendo la defectuosa estructura fiscal que tenemos.

Bueno, como señalo en mi libro ¿Hacienda somos todos? (Debate), “los impuestos son política”; sin embargo, no hay que perder de vista que como señalaba Mikhail Gorbachov “la política es el arte de lo posible”. En consecuencia, la primera pregunta no es cómo de justa o equitativa es esta rebaja de impuestos; ni tampoco cómo afectará al crecimiento, sino si simplemente nos la podemos permitir.

La primera respuesta es bastante obvia: el Estado está pudiendo colocar su deuda cada vez en mejores condiciones. De hecho, la prima de riesgo no para de caer y desde luego no ha reflejado en absoluto ningún repunte, pese a los miedos y las reticencias ante el coste de la reforma, que han expresado, por ejemplo, el subgobernador del Banco de España o la Comisión Europea. Esto se debe a varios factores. El más importante es, sin duda, la combinación de financiación barata, casi al cero por ciento, a los bancos, combinada con los test de stress. En estas pruebas, de acuerdo con los requisitos de solvencia de Basilea II, mientras que los préstamos a las empresas se consideran de riesgo, la deuda pública no. En estas condiciones, a los bancos se les presta, en la práctica, para que presten a los Estados. El desmesurado apetito inversor de los bancos por la deuda pública de los Estados, unidos a los miedos a la inversión en los países emergentes, de los que huye el capital, están haciendo que sea cada vez más fácil financiar el déficit.

Otra cuestión distinta, una vez visto, que se pueden rebajar los impuestos sin una catástrofe a corto plazo, es que se deba hacer. Eldéficit público de España es muy elevado, superior en 2014 al 7% del PIB; incluso sin tener en cuenta las ayudas bancarias queda en el 6,62% del PIB, casi 70.000 millones de euros. Al acabar 2016, España se ha comprometido a reducirlo al 2,8%, es un esfuerzo de casi 40.000 millones de euros, mucho dinero. El grueso de este esfuerzo hay que realizarlo en 2015 y 2016 con más de 30.000 millones de euros. En esta situación, se propone una rebaja de 9.000 millones de euros. La cifra podría, incluso ser superior, puesto que la rebaja media del 12,5% en el IRPF supone, ella sola 8.750 millones de euros. Además, se ha prometido que prácticamente no se sube el IVA, y la rebaja de tipos del impuesto de sociedades, a primera vista, tampoco se compensa con recortes significativos de deducciones.

Efectivamente, se ha argumentado que la recaudación, por fin, está  yendo bien: en los cinco primeros meses de este año, los ingresos fiscales han crecido a un ritmo del 6,7%. Por esta razón, si crecemos algo más, es previsible que los ingresos todavía aumenten más. Sin embargo, cuando los datos se analizan a fondo, vemos que esta conclusión es incorrecta. Los ingresos brutos apenas suben y lo que se reduce son las devoluciones. Si estuviésemos devolviendo a ritmo normal, los ingresos fiscales sólo crecerían a un ritmo del 4,5%; ese dato oficial se conoce como ingresos homogéneos y es la cifra clave.

De todas formas, como ya exponíamos aquí, este dato está inflado por el efecto estadístico de que en 2012 no hubo paga extra a los funcionarios, y en 2013. Esto ha supuesto unos 1.000 millones de ingresos adicionales entre IVA e IRPF. Sin estas cifras, los ingresos estarían creciendo a un ritmo del 3%. De hecho, este ritmo se está reduciendo, porque los ingresos (homogéneos) en mayo sólo crecían a un 1,3%. Obviamente, un crecimiento interno muy escaso, basado en el sector exterior y sin inflación- en mayo fue del 0%- no produce ingresos adicionales. Aunque aumente algo el crecimiento económico, los ingresos, sin nuevas subidas de impuestos  ni una mejora radical en la lucha contra el fraude, no se incrementarán sustancialmente.

En un entorno muy turbulento, la reforma fiscal es una rebaja de impuestos pretende ser un analgésico frente a las tensiones económicas y políticas. Sin embargo, es un bálsamo que tiene un precio muy elevado: los ajustes y subidas de impuestos que inevitablemente llegarán a partir de 2016; y que serán más duros que no si se hubiesen rebajado los impuestos. Por otra parte, también parece haberse perdido la oportunidad de realizar una reforma en profundidad de un sistema fiscal- o de lo que queda de él- que la está pidiendo a gritos. La reforma fiscal es un bálsamo social que los españoles notarán en enero de 2015 con una rebaja de la retención de uno o dos puntos: en muchos casos, esto no llegará ni a 50 euros al mes. En el caso de las rentas más bajas, que ya no pagan IRPF, el resultado será simplemente cero.

No parece que estas cifras  vayan a alterar sustancialmente el comportamiento económico o político de los ciudadanos. Una crisis grave no se cura con aspirinas. Si, además, se dejan de tomar las amargas y necesarias pócimas, como el recorte del gasto improductivo, la potenciación de la lucha contra el fraude o la racionalización de los impuestos que gestionan las CCAA, y se sustituyen  simplemente por  tomar las aspirinas, la reforma puede ser un bálsamo contraproducente


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