El Precio de la Civilización

¿Liberando a los demonios?

Este año se cumple un siglo de la I Guerra Mundial (1914-1918), la Gran Guerra, como la conocieron sus contemporáneos. En 1914, muy pocos europeos creían que el asesinato del archiduque Franz Ferdinand fuese a desembocar en una conflagración a gran escala. En 1990, en Yugoslavia, nadie creía que el país se fuese a enfrentar a una larga guerra civil que acabó poniendo fin al mismo. Estos episodios de la historia europea deberían ser un triste recordatorio de que liberar a los grandes demonios tiene un precio monstruoso y que se paga en sangre.

Es cierto que en otras ocasiones como en la invasión de Polonia en 1939, era mucho más previsible que se iba a una larga guerra. Sin embargo, todos estos casos tienen en común un delirio nacionalista previo, precedido también en algunos lugares de una crisis económica. Las catástrofes económicas suelen ser el caldo de cultivo del nacionalismo exacerbado, precisamente porque muchos ciudadanos ven la imperiosa necesidad de protegerse de la competencia exterior. De hecho, la respuesta nacionalista y equivocada a la crisis de 1929 es lo que llevó al auge del Fascismo en casi toda Europa. Si todos los países devalúan monedas y ponen aranceles, nadie está más protegido, simplemente el comercio internacional se derrumba y todos nos hacemos más pobres. ¿Por qué? Simplemente, todos los productos no se realizan por el que mejor sabe hacerlo en un régimen de competencia, sino por el que está más cerca y protegido: todo es más ineficiente y más caro.

La respuesta a la miseria en Europa tras las Segunda Gran Guerra fue doble: el plan Marshall y las Comunidades Europeas. Al acabar la Segunda Guerra Mundial Europa Occidental estaba sumida en la pobreza; y era probable que los movimientos comunistas, u otros partidos extremistas acabasen haciéndose con el control de muchos países. Si no ocurrió así es porque la ayuda americana permitió a todos estos países reconstruirse. Este plan Marshall fue bastante más efectivo que las diversos “rescates” que ha ido concediendo la troika en estos tiempos. Además, la ayuda se invirtió en actividades productivas no en compra de deuda pública. Desde luego, en cuanto a resultados está bastante claro que los generales Marshall, McArthur (en Japón) o Einsenhower fueron mucho mejores economistas que los que han diseñado posteriores intervenciones en Sudamérica o los países periféricos del área Euro.

Además de que se primase la inversión en el sector privado, las otras dos razones por las que el plan Marshall fue mucho más efectivo fue porque era mucho más generoso por parte de los que ponían el dinero, los Estados Unidos: parte de la ayuda fue a fondo perdido. En segundo lugar, los receptores de las ayudas, los europeos, hicieron sus deberes: invirtieron el dinero en actividades productivas, liberalizaron mercados y fueron eliminando barreras arancelarias y proteccionismo en Europa. Esta ampliación y liberalización de los mercados es el pilar básico del periodo más largo de crecimiento de la historia de Europa.

Sin embargo, desde 2008, este modelo empieza a estar en cuestión en Europa. Está claro que ni los países centrales del área Euro, fundamentalmente Alemania, están trabajando con una altura de miras suficiente, ni los países periféricos, entre ellos España, estamos haciendo los deberes. El contraste con el plan Marshall resulta evidente. Pensemos, por ejemplo en España en la que aunque ha habido recortes, estos se han centrado en las actividades más productivas y valoradas del Sector Publico, como la sanidad y la educación, dejando fuera buena parte de la estructura clientelar y de una estructura administrativa claramente hipertrofiada, que da lugar a duplicidades. Además, los gravísimos problemas de paro, déficit público y deuda pública no se han solucionado ni mucho menos. Los casos de los demás países periféricos también arrojan un balance con más sombras que luces.

Esta situación no está llevando, afortunadamente, de momento a liberar a los grandes demonios nacionalistas. Sin embargo, sí están surgiendo opciones nacionalistas y xenófobas en casi toda Europa. En España, aunque hay un claro declive de los partidos mayoritarios, no están surgiendo opciones xenófobas, pero en una parte de España, sí que hay un claro movimiento independentista: Cataluña. En este blog he tratado el tema del coste de una posible ruptura: http://vozpopuli.com/blogs/3891-francisco-de-la-torre-el-coste-de-la-ruptura-antecedentes-i . Los costes económicos pueden ser importantes. Sin embargo, el coste más grave puede consistir en la pérdida del control del poder. Si una élite política persigue la independencia para blindarse frente al control externo, los ciudadanos acabarán pagando los abusos.

Esto no es liberar grandes demonios, pero, ¿se empiezan a liberar pequeños demonios? Pensemos en que ya ha habido dos casos de agresiones a políticos en los últimos tiempos: el líder del PSC, Pere Navarro y el Ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz. Por otra parte, en los últimos tiempos, sólo hay casos de muertes en comisaria en los Mossos d’Esquadra, la policía autonómica catalana, por no citar el caso de utilización de pelotas de goma, que presuntamente hizo perder un ojo, según el auto judicial a Ester Quintana. ¿Todo es fruto de la casualidad, o nos encontramos con un ambiente cada vez más tóxico que genera crispación? ¿Si eso es así, ese ambiente se ha producido por generación espontánea o se ha alimentado conscientemente desde algunos ámbitos de poder?

En mi opinión, el lenguaje nunca es neutral, pero que se hable sistemáticamente en términos como “Espanaya ens roba” o “Espoli (expolio) fiscal” y que se espere que este tipo de mensajes no generen crispación en una ciudadanía harta de paro, recortes y subidas de impuestos, no deja de ser sorprendente.

En fin, ante el ciclo electoral que comenzamos en unos días, con las elecciones europeas, en medio de una crisis, que no sólo es económica, sino también política e institucional, todos deberíamos reflexionar. La crisis española, y la catalana dentro de ella, son parte de una crisis de todo el Sur de Europa. Por esa razón, ninguno deberíamos olvidarnos de que las soluciones a las graves crisis globales no pasan por encerrarnos en una burbuja, aunque debamos resolver solos parte de los problemas, sino por la cooperación europea y global de un mundo cada vez más pequeño.


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