OPINIÓN

Armas y política en Venezuela

La historia nos muestra la importancia que tiene el control de armas para el libre y desenvuelto ejercicio del poder en manos de un tirano.

Armas y política en Venezuela.
Armas y política en Venezuela. EFE

Tomás Ramírez, periodista entonces del diario El Universal de Venezuela, se puso en contacto conmigo hace tres años para preguntarme sobre una cuestión específica. El gobierno de Hugo Chávez estaba estudiando una serie de medidas para controlar el acceso de los ciudadanos a las armas. Finalmente arbitró un desabastecimiento de las armerías para evitar que la población se preparase para lo que tenía que venir.

Le dije entonces a Tomás lo que recoge la experiencia histórica. Puede haber varias motivaciones por las que un gobierno priva a los ciudadanos del acceso a la posesión de armas. Pero si han demostrado tener la inclinación de violar otros derechos individuales, es un paso previo hacia una mayor tiranía.

Su control del poder ya no depende de que seduzca a una parte de la sociedad; sólo le queda el recurso a la fuerza

La pobreza con que el gobierno de Maduro riega a la sociedad venezolana espolea a los venezolanos, que salen en masa a la calle para exigir el final del régimen socialista. Las elecciones legislativas de 2015 muestran que el gobierno no controla la situación. Su control del poder ya no depende de que seduzca a una parte de la sociedad; sólo le queda el recurso a la fuerza. El gobierno de Maduro ni se mantendrá ni caerá sin derramamiento de sangre en las calles. Lo estamos viendo. En las últimas protestas, el gobierno ha matado a cuatro manifestantes. Acabaremos viendo que la cifra de muertos se salte varios órdenes de magnitud.

Nicolás Maduro lo ha planteado en términos exactos: “No es tiempo de vacilación, es tiempo de revolución. No es tiempo de traición, es tiempo de lealtad practicada”. ¿Cómo se practica la lealtad a su gobierno? Con armas. En la misma alocución anunció que había ordenado al Ministerio de Defensa que repartiese fusiles entre los fieles, para aumentar la fuerza de la Milicia Nacional Bolivariana (un grupo militarizado de partido, como las Schutztaffel), a medio millón de hombres.

La guerra contra el pueblo venezolano, que empezó con el control de la economía, está llegando a su manifestación más violenta

Controla el acceso de los ciudadanos a las armas, entrega fusiles a sus fieles… La guerra contra el pueblo venezolano, que empezó con el control de la economía, está llegando a su manifestación más violenta. Maduro no menosprecia la capacidad de un pueblo armado de controlar a un gobierno tiránico, y nosotros tampoco deberíamos hacerlo.

El 22 de febrero, el dictador Maduro anunció por radio y televisión: “He mandado detener al general en situación de retiro que mandó a colocar esta guaya. A Ángel Vivas, que lo busquen y lo traigan”. Al día siguiente acudió a su casa una treintena de miembros de la Guardia Nacional Venezolana más una delegación de la Dirección de Contrainteligencia Militar. Él les rechazó, con un fusil en las manos como principal argumento. Desde entonces, y durante tres años, los secuaces de Maduro han sido incapaces de hacer valer sus palabras. Este episodio demuestra hasta qué punto se puede ofrecer resistencia a una tiranía. Al final le han detenido gracias a una treta. Simularon un accidente, fue al portón de su casa para ver qué había ocurrido, y se lo llevaron.

La historia nos muestra la importancia que tiene el control de armas para el libre y desenvuelto ejercicio del poder en manos de un tirano. El Imperio Otomano prohibía a los armenios la posesión de armas. Cuando el gobierno nacionalista comenzó con el primer genocidio de la historia (se plantearon el objetivo de matar a dos millones de armenios, y lograron acabar con la vida de algo menos de millón y medio de almas), actuaba contra un pueblo desarmado.

El Comité Ejecutivo Central de Todas las Rusias adoptó el 1 de abril de 1918 la decisión de que sólo podrían poseer armas quienes obtuviesen una licencia otorgada por el nuevo gobierno central

Al inicio de la guerra civil que siguió al control del poder por una pequeña secta liderada por Lenin, el Comité Ejecutivo Central de Todas las Rusias adoptó el 1 de abril de 1918 la decisión de que sólo podrían poseer armas quienes obtuviesen una licencia otorgada por el nuevo gobierno central. Quedaban exentos quienes hubieran recibido armas procedentes de la Cheka. Tras el intento de asesinato de Lenin por parte de Fanny Kaplan (30 de agosto), el gobierno confiscó las armas de quienes no tuviesen una licencia.

El 28 de febrero de 1933, Hitler convenció al presidente Paul von Hunderbrg para que decretase el estado de emergencia, que suspendía los derechos constitucionales. Entonces se inició una persecución masiva contra los comunistas, pero que alcanzaba a cualquier potencial adversario del nacional socialismo. Entre los atropellos estaba la requisa de armas. El 28 de marzo el Ministerio de Estado ordenó la confiscación de armas. Muy pronto, los esfuerzos de la Policía se dirigían especialmente hacia los judíos. La Ley de Control de Armas de 1938 culminaba años de esfuerzo por desarmar a la población alemana, y a los judíos en particular. El 9 de noviembre, la Policía inició una redada masiva en barrios judíos con el objetivo de no dejar un arma a su paso. Tres años más tarde comenzó la “solución final”.

El gobierno nacionalista de China aprobó una ley de control de armas en 1935. Antes y, sobre todo, después de esta ley, el gobierno siguió una política brutalmente represiva, que llevó a la muerte a unos diez millones de personas

El gobierno nacionalista de China aprobó una ley de control de armas en 1935, que prohibía la fabricación, transporte y posesión de armas que no fueran para uso militar. Antes y, sobre todo, después de esta ley, el gobierno siguió una política brutalmente represiva, que llevó a la muerte de unos diez millones de personas. En 1949 fueron los comunistas quienes se hicieron con el poder. Pudieron llevar a cabo sus grandes oleadas de represión, con la decena de millones de muertos como unidad de cuenta, sobre una población indefensa.

La inmensa mayoría de los camboyanos no poseía armas, en gran parte por la lacerante pobreza de aquélla sociedad. Con todo, la ley de 1956 ejercía un control muy estricto sobre la posesión de estos instrumentos. Tanto el régimen de Sihanouk como el de Lon Nol cometieron crímenes contra su propio pueblo, pero no alcanzaron el orden de magnitud de los cometidos por los Jemeres Rojos (el 29 por ciento de la población).

Uganda es un país artificial, creado con tiralíneas sobre un mapa recostado en una mesa inglesa, y que unió a pueblos que no tenían mayor relación. Los ingleses, como habían hecho en otros sitios, privaron a los ugandeses del acceso a las armas (Ghandi dijo que aquéllo fue “el más negro de sus crímenes” en India). Idi Amin accedió al poder en 1970 y siete años más tarde, sus escuadrones de la muerte habían acabado con más de 189.000 personas.

La inmensa mayoría de los Tutsis carecían de armas de fuego. El gobierno de Rwanda armó a las bandas de asesinos que llevaron a cabo el genocidio de 800.000 personas

La inmensa mayoría de los Tutsis carecían de armas de fuego. El gobierno de Rwanda armó a las bandas de asesinos que llevaron a cabo el genocidio de 800.000 personas, el 11 por ciento de la población, en el plazo de cien días: del 7 de abril al 19 de julio de 1994.  

El caso de Venezuela es distinto. No hay odio racial, aunque sí ideológico. Y se trata pura y simplemente de mantener el poder. Pero los términos del relevo político ya no son sólo, ni principalmente, los de las urnas. Aparece, desnudo, el último argumento político, que es el disparo de un arma de fuego.


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