El Blog de Rubén Osuna

Meritocracia, pero también competencia e incentivos

Queda pendiente una profunda reforma de la universidad española, pero desde hace décadas. La última reforma de alcance vino de la mano de la Ley de Reforma Universitaria de 1983 (conocida como la LRU), que entre otras cosas creó diversas figuras de profesor funcionario, un sistema de departamentos organizados asambleariamente -añadidos a las tradicionales facultades y escuelas- y una organización general que copiaba la de la democracia parlamentaria, con un claustro como centro. Las universidades españolas se crearon o crecieron en ese molde defectuoso, mezcla de autonomía sin responsabilidad, autogestión democrática mal entendida y funcionarización del profesorado. Se debió revisar esa norma antes, pero hubo que esperar casi 20 años.

La ley orgánica de 2001 (la LOU), ya en la segunda legislatura de Aznar, introdujo procedimientos de evaluación del profesorado nuevos, y daba más poder a los rectores y menos a los claustros. También introducía diversas figuras de profesor contratado laboral, que por lo demás se asimilaban a los funcionarios en prácticamente todo. Fueron cambios meramente superficiales que, sin embargo, levantaron todo tipo de protestas. En cuanto a la selección del profesorado, se pasó de la formación de un tribunal por sorteo para cada plaza a un sistema de concurso nacional. En cierto sentido esta fallida reforma legal supuso una vuelta a los principios anteriores a la LRU.

En 2007, con Zapatero en el poder, la LOU del PP se retocó, para recuperar en parte el espíritu de la LRU socialista de 1983. Desapareció el mencionado concurso nacional para volver a los concursos particularizados, pero manteniéndose una evaluación previa de los candidatos por parte de una agencia estatal especializada. También desaparecieron algunas de las figuras laborales. No se desaprovechó la ocasión para incluir aberraciones incomprensibles, como un procedimiento especial para promocionar a cierto tipo de profesores funcionarios considerando sólo sus méritos como gestores, un poco en la línea de la funcionarización indiscriminada de los profesores no numerarios (PNNs) que favoreció la LRU en su día. Como decía Mark Twain, la historia no se repite, pero rima.

La endogamia, un mal endémico de las universidades

La endogamia ha infestado todas las universidades de nuestro país, pero la cosa viene de siempre. Los concursos de antes de 1983 estaban controlados por unos pocos capos, que protegían y promocionaban a sus cuadras. La LRU rompió ese control, pero generó mafias locales. Los populares favorecen un sistema centralizado (LOU de 2001) y los socialistas uno descentralizado (LOU de 2007). Pero de una forma u otra, el proceso de selección siempre estuvo corrompido y nunca hubo incentivos para estimular la productividad del profesor durante toda su vida laboral. El resultado ha sido esta universidad española que tanto asusta ahora.

Siempre que se habla de reforma en la universidad la cosa empieza con, o se reduce a, revisar una vez más el proceso de selección del profesorado, como si eso fuera todo. Siguiendo las costumbres populares, se está insistiendo ahora en la idea de volver al dichoso concurso nacional. Es una mala receta. Con los diversos cambios normativos hemos ido pasando de una forma de endogamia brutal a otra, nada más.

Es obvio que los candidatos a ser profesores de universidad tienen que cumplir unos requisitos mínimos, y éstos deberían ser pocos y claros, fáciles de comprobar de forma objetiva y rápida. Pero a partir de ahí las universidades deben tener la mayor libertad posible para contratar e incentivar. Las universidades pueden tener sus criterios para decidir qué perfil de profesor necesitan, en función no sólo de las necesidades docentes sino también, y sobre todo, del tipo de investigación en la que se quieran especializar.

El nudo del problema está en otra parte. Las universidades deberían estar obligadas a competir entre sí para conseguir buena parte de su financiación, y sus decisiones deberían tener consecuencias para ellas. Es necesario que sean evaluadas en función de sus resultados, de forma periódica. Si una universidad se dedica a contratar a amiguetes, debería pagarlo caro. Si otra se esmera en contratar e incentivar debidamente a los mejores para que se mantengan productivos, debería ser premiada por ello. En el Reino Unido se aplica un sistema de evaluación de este tipo para la investigación, llamado Research Assessment Exercise (RAE). Hay modelos.

Hacia un nuevo modelo de gestión

La otra pata de una verdadera reforma es el sistema de gobierno de las universidades (eso que se llama ahora gobernanza). Es necesario cambiar una disparatada autogestión más o menos asamblearia a otra profesionalizada donde sean los financiadores, públicos y privados, quienes tengan la última palabra, y libertad para organizar y exigir resultados.

Espero que el partido en el gobierno no cometa el error de cambiar algo para que no cambie nada, otra vez, o de distraerse en enrevesar y burocratizar más aún los procesos de selección y promoción del profesorado, y se decida a abordar de una vez una reforma de verdad. La primera.


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