El blog de Julián Barriga

El ‘mito’ Adolfo Suárez y su anclaje en la historia

¿Cómo se puede explicar que uno de los políticos españoles más aborrecidos y vituperados haya pasado en un corto espacio de tiempo a erigirse tal vez en uno de los dirigentes más acreditados y honrados del último siglo? ¿Cómo interpretar desde el punto de vista sociológico y desde la psicología social un fenómeno tan sorprendente como el sucedido en la persona y con la memoria de Adolfo Suárez? Si algún documentalista se ocupase de tabular, por una parte, los elogios vertidos en los medios de comunicación hacia la figura de Adolfo Suárez en la última semana, y por otra, las manifestaciones de crítica severa que esas mismas personas le dedicaron en los años finales de su mandato, asistiríamos a uno de los espectáculos de mayor cinismo y bochorno que hayamos presenciado en la historia más reciente. No me refiero principalmente a quienes lo atacaron desde la oposición política o parlamentaria, sino a quienes lo embistieron desde los medios de comunicación o desde otros ámbitos institucionales. En la mayoría de los casos, estos cambios de opinión se han producido con total impunidad intelectual, sin una previa confesión o rectificación. Como ha afirmado uno de los mejores analistas del momento, a Adolfo Suárez se le está erigiendo un monumento con las piedras que sobraron de su lapidación en los años 79 a 81 del pasado siglo. Lo que el comentarista no dice es que, en muchos casos, el apedreador y el tallista tienen la misma mano.

Indudablemente, el proceso de desgaste que la imagen de Suárez sufrió al final de su etapa de gobierno continúa siendo uno de los aspectos peor documentados de su biografía. En modo alguno están contadas las razones por las que el principal protagonista de la Transición, ejemplo de gran estrategia política en todo el mundo, fue expulsado del gobierno -aunque se tratara de una dimisión-  con la participación activa de muchos sectores sociales en vísperas de un auténtico golpe de estado, afortunadamente fracasado. En muy contadas ocasiones, y de forma poco descriptiva, se ha relacionado el acoso insufrible que padeció Adolfo Suárez con la gestación y desarrollo del 23-F, cuando uno y otro suceso se inscriben en las mismas coordenadas y tuvieron en parte los mismos estrategas. Quien tenga curiosidad de consultar las hemerotecas de aquellos años llegará a la conclusión de que la caída de Suárez no fue sólo, o principalmente, efecto de las guerras internas de su partido, sino de la intervención de otras instancias que las promovieron y las cebaron hasta conseguir el apartamiento del presidente. En muchos casos, quienes ahora no escatiman elogios al presidente fallecido son los mismos o representan los mismos intereses de los que organizaron aquellas tramas.

En alguna otra ocasión he recordado una anécdota personal que me sirve para analizar tan sorprendente conducta. A comienzos de 1982, convencimos al presidente Suárez que era la ocasión para que reanudara ciertos contactos con periodistas de prestigio –“líderes de opinión”-  para poder ir recuperando la imagen que tuvo en sus primeros años de gobierno. No resultó fácil convencerlo, pero lo conseguimos. Yo me encargaría de hacer los contactos con mis compañeros de profesión. Realicé sólo dos llamadas, pero suficientes para confirmar que aquellas dos personas estaban todavía instaladas en el desprecio político hacia el presidente fallecido. Por otra parte, el confinamiento al que los poderes fácticos le condenaron terminó por contagiar a sus inmediatos colaboradores, hasta el punto de que hubo que librar batallas para que alguno de sus asesores no quedaran proscritos. Imaginen qué habría sido del prestigio de Adolfo Suárez si las imágenes de su heroico comportamiento en el hemiciclo del Congreso durante el 23-F no hubieran ratificado la excepcionalidad de su persona.

Al margen de las anécdotas y de las 'conversiones' escandalosas que se han prodigado en estos días, se pueden extraer algunas conclusiones sobre la proyección de futuro de la personalidad de Adolfo Suárez.

  1. Muy probablemente, el perfil que del presidente se instale definitivamente en la historia tendrá el mismo nivel o superior del que gozan actualmente personalidades de los siglos XIX y XX, no inferior al que tienen, por ejemplo, Cánovas, Sagasta o Azaña, y su imagen probablemente lleve aparejada, como una especie de icono, la representación de la conciliación, la concordia y el consenso entre fuerzas políticas antagónicas en momentos de aceleración histórica. Suárez vendría a ser el paradigma del “gran conciliador” en tiempos de graves contiendas ideológicas.
  2. Sin embargo, la proyección de Adolfo Suárez puede sufrir todavía algún cambio en función del rumbo que tomen los grandes contenciosos de la vida pública actual que no quedaron solventados durante la Transición ni resueltos en la Constitución, o que han tenido un derrotero contrario al espíritu de la época protagonizada por Adolfo Suárez. Por ejemplo, el gravísimo problema territorial heredado de la Transición, el desprestigio de la clase política y de las Instituciones y, de modo relevante, de la propia Jefatura del Estado.
  3. El prestigio del presidente Suárez se ha visto favorecido de forma muy notable como contraposición a la deficiente calidad de los políticos que heredaron el patrimonio de la Transición. Sin duda su imagen se ha lucrado de la repugnancia que los ciudadanos sienten hacia los comportamientos de la mayoría de la clase política actual.
  4. Otro riesgo importante que afectará al prestigio del presidente Suárez es el uso abusivo de su patrimonio político por parte de determinados sectores de la vida pública, incluyendo su círculo familiar más próximo. Los hagiógrafos del presidente podrían incluso excitar a sus críticos que han guardado un respetuoso silencio en los días de sincero homenaje que la inmensa mayoría de la población española le ha tributado.
  5. Aunque la biografía esencial de Suárez parece asentada en los aspectos más substanciales, faltan aún por publicarse testimonios relevantes de otros protagonistas de la Transición que podrían modificar en parte la consideración de algunos tramos de su vida política, especialmente de su etapa final en Moncloa, y las razones de las sucesivas rupturas que el presidente hizo o sufrió en muy corto espacio de tiempo, por ejemplo, el distanciamiento con personas de su círculo más cerrado como fueron Fernández Miranda, Alfonso Osorio, Abril Martorell, Martín Villa, e indudablemente su alejamiento del rey don Juan Carlos, por no citar otras de menor relevancia pública.  
  6. A pesar de ello, la exaltación y la recuperación de la memoria histórica de Adolfo Suárez tiene un componente emocional indudable que, junto a su destacadísimo papel en la solución a una de las encrucijadas políticas más complicadas de nuestra historia, confirma la necesidad que tienen los pueblos de fabricar “mitos” y liderazgos que le liberen de las frustraciones que cíclicamente le sobrevienen, y, en mayor medida, cuando ese personaje ha sufrido un ataque injusto o ha sido presa del infortunio en su etapa final.

Lo que parece cierto, en cualquier caso, es que la sociedad española de forma espontánea ha creado una personalidad política con rango histórico y la ha adornado de las cualidades que más echa en falta entre sus actuales dirigentes.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba