El blog de Julián Barriga

¿Qué hay de cierto en lo que cuenta Pilar Urbano?

No hace mucho tiempo, el comentarista escuchó en boca de un interlocutor del Rey la opinión que el monarca tenía de un adversario político de quien hablaba. Y el comentarista pensó que, de nuevo, el Jefe del Estado podría estar incurriendo en comportamientos imprudentes, como aquellos otros sobre los que tenía constancia personal. Pero el comentarista se plantea si es lícito a las personas que tuvieron alguna responsabilidad en el pasado, poca o mucha, en primera y hasta en tercera línea durante los tiempos de Transición, desempolvar testimonios o recuerdos, incluso papeles, que adquirieron en virtud de su vinculación administrativa con los principales protagonistas de la Transición.

Lo anterior viene a cuento del libro de Pilar Urbano y de la enorme conmoción que ha abierto en la opinión pública española. Porque la tesis principal del libro, la presunta responsabilidad del Rey en los sucesos previos al 23-F, puede tener otros efectos colaterales, por ejemplo, el de dividir este país entre quienes piensan que tuvo alguna responsabilidad y aquellos otros que en modo alguno sean permeables a la opinión de la injerencia real. Hay incluso otra tercera categoría, la de quienes prefieren “mirar para otra parte”, convencidos del papel absolutamente decisivo de don Juan Carlos  en la tránsito y en la consolidación de la democracia. Pero la polémica está instalada en la opinión pública española, a pesar de los esfuerzos que los círculos institucionalistas realizan por acallar la enorme repercusión que ha gozado la entrevista de Miguel Angel Mellado con Urbano, y la lectura del libro editado por la empresa propiedad de uno de los personajes más poderosos y mejor relacionados con los círculos de poder, incluyendo la Zarzuela.

La polémica es insoslayable y circula por todos los vericuetos de la sociedad, bien es cierto que con la sospechosa desatención de los medios de comunicación tradicionales. Uno de los efectos más sorprendentes de las pretendidas revelaciones del libro de Urbano ha sido precisamente ese abrumador silencio de los grandes medios: periódicos, radios y televisiones, hasta el punto que alguien se atrevió a calificar de “omertá” a la discreción con la que esos medios acogieron la entrevista. Durante los tres primeros días, apenas nadie se arriesgó a responder, ni siquiera a informar, sobre lo publicado. Cuando al fin los principales interlocutores se atrevieron a pronunciarse, incluyendo la portavocía de la Casa del Rey, se ha desatado una operación de desmentidos y de ataques a Pilar Urbano que permiten ya aproximarse a algunas valoraciones.

La primera de ellas, es el abuso que la autora hace, en todos los pasajes de la obra, de la recreación de ambientes y de diálogos entre interlocutores, en la mayoría de los casos, ya fallecidos, hasta el extremo que, desde el punto de vista literario, podría clasificarse de novela histórica. Urbano se permite reproducir conversaciones, confidencias, ambientes, y detalles, que a un lector habituado al género de la narrativa histórica lo ponen en guardia para desconfiar de los contenidos de la obra. Si en verdad la periodista hubiera realizado una investigación honrada de los acontecimientos que describe nadie, y menos la editorial, le habría aconsejado el estilo en que está elaborado. El libro nace, pues, viciado y desde las primeras líneas el lector avezado debe tomar cautelas para no dejarse embaucar por un relato  fingido. Incluso, desde el punto de vista de la oportunidad, convendría conocer si la obra de la periodista hubiera sido escrita y aguardara turno editorial hasta que se produjera la muerte del segundo protagonista de la obra, Adolfo Suárez.

Pero el hecho indudable es que la autora ha transgredido las leyes razonables del relato histórico o periodístico, y que incluso su trayectoria profesional aconseja establecer cautelas previas. A pesar de ello, estos defectos ¿invalidan de facto las tesis principales del libro? ¿Contiene elementos novedosos o revelaciones de importancia, o son más bien recopilaciones de otros libros o investigaciones ya conocidas? Esta es a mi juicio la pieza clave para elaborar una opinión fundada sobre los contenidos de “La gran desmemoria”.

Para ordenar el debate en torno a su veracidad o falsedad conviene separar la parte menos fundamentada de la responsabilidad de la Zarzuela en la llamada “operación Armada” de esa otra faceta que se convierte en hilo conductor del relato, que es el consentimiento o amparo que desde esta misma instancia se prodigó a los sectores que promovieron la salida de Adolfo Suarez de la presidencia del Gobierno. A mi juicio la única aportación de Urbano a tan interesante debate es la que se recoge en el capítulo cuarto, “Armada interpreta al rey”, en el que se describe de forma muy sugestiva lo que denomina “el poder de audiencia” y el uso indebido que los interlocutores del rey hicieron, y tal vez continúan haciendo, de sus palabras o de sus intenciones, que, según opinión muy extendida, no siempre han sido prudentes y oportunas. En el caso, de la salida del Gobierno de Adolfo Suarez parece que éste fue el instrumento principal que sus enemigos utilizaron con largueza.

Para dilucidar la verdad o la mentira del libro Urbano no existe otro mecanismo que valorar las fuentes que utiliza o confiesa. En primer lugar, la de las personas que viven y están en situación de aclarar o de rectificar. Incluso cabría puntualizar si su testimonio pudiera estar influido por un exceso de sentido institucionalista que les impida opinar con sinceridad del asunto principal, que, insisto, no es otro que el papel de la Zarzuela en aquellos sucesos. En modo alguno pueden avalar las tesis de Urbano las fuentes desaparecidas, que son sin duda sus presuntos aportes más importantes. Hasta el momento en que escribo, los principales refutadores de las tesis de Urbano han sido el grupo de personas que han firmado un comunicado conjunto, desde ex ministros de la época de Suarez de mayor relevancia, caso de Martín Villa, a dos familiares del ex presidente. Lo ha hecho también, de forma muy particular,  la propia Casa del Rey, y uno de las personas del círculo más próximo al monarca, el empresario Jaime Carvajal Urquijo, cuyo diario utiliza la autora y reproduce en parte. Desde el periódico más influyente del país, su principal ejecutivo, Juan Luis Cebrián, ha escrito con desusada extensión y relevancia un duro alegato contra el libro de Urbano. Y conviene no olvidar que hasta el momento nadie ha salido en defensa de la autora.

La razón del escrito de rectificación del grupo de ex ministros y personas allegadas a Adolfo Suárez es clara: la defensa del papel institucional del rey, como lo es el comunicado de su Casa, y la mayoría de las demás  rectificaciones. En cambio, en el resto de los testimonios, las cosas cambian. Y cambian de forma notable en lo que concierne a la carta de rectificación que el diario El Mundo publicó el pasado sábado con la firma de Jaime Carvajal Urquijo, una de las personas con mayor proximidad afectiva a don Juan Carlos, y del que la autora del libro reproduce pasajes de sus diarios. La literalidad de lo declarado por esta persona de la máxima confianza de Juan Carlos parece confirmar la extralimitación en el “poder de audiencia” y el uso indebido que se hizo de la opinión del rey (“encontré al Rey físicamente bien, más distanciado de Suárez y pensando en la posibilidad de un independiente”, diario de Jaime Carvajal, página 492).

El amigo del rey no desmiente en su escrito al Mundo estas y otras afirmaciones comprometedoras. Además, el artículo de Juan Luis Cebrián, aparte de desmentir lo más anecdótico y el estilo ficticio de Urbano, viene a confirmar que la mayoría de lo escrito por la periodista “ha sido ya publicado repetidas veces a lo largo de los años” y, sorprendentemente, reafirma en su alegato el ambiente de conjura anti suarista que se vivía en aquellos años, con participación muy notable –dice Cebrián- de los medios de comunicación, de la oligarquía financiera, de los militares, de la jerarquía católica, de sus compañeros de partido, etc. ¿Esta conjura y estrategia era conocidas por la Zarzuela? ¿Tolerada por la Zarzuela? ¿Fomentada por la Zarzuela? Este es el meollo de la cuestión, sobre el que, nos guste o disguste, no está todo contado. Por último ¿es lícito a quienes tuvieron relación administrativa con los protagonistas del libro errado de Urbano echar mano de sus recuerdos o testimonios? Estoy convencido que si esas revelaciones se produjeran, la historia de la dimisión de Adolfo Suárez sería diferente, a pesar del ejercicio de cinismo colectivo en el que han embarcado su memoria.


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