El blog de Juan F. Arza

El “cinturón de la Biblia” del nacionalismo catalán

El conocido como “proceso participativo” del 9 de noviembre fue un enorme éxito del movimiento independentista, que demostró de nuevo su gran capacidad de organización, movilización y propaganda. Los independentistas lograron una gran repercusión en los medios de comunicación internacionales, mucho mayor y más prolongada que la conseguida en otras ocasiones. Y el Govern de la Generalitat asestó un duro golpe a la autoridad del Estado desafiando la legalidad abiertamente y sin consecuencias aparentes.

Después del 9N, la euforia de los independentistas era comprensible, así como la rabia y la decepción entre los partidarios de la unidad. Sin embargo, en las semanas posteriores al 9N el guión del “procés” ha dado un nuevo giro,  y ahora son los primeros los que parecen sumidos en un mar de dudas, mientras que el humor y la confianza de los segundos ha mejorado notablemente. ¿Qué ha ocurrido para que se produzca este cambio? Pues que el independentismo se ha retratado: al mostrar toda su fortaleza, paradójicamente, también ha quedado al descubierto toda su debilidad.

Dando por buenos los datos de participación del 9N que ofreció el Govern y tomándolos como referencia, parece muy difícil que el independentismo ganara un referéndum en condiciones de alta participación. Los 1,8 millones de votantes a favor de la independencia representan apenas un tercio del censo electoral (5,4 millones). Se pone en duda incluso la posibilidad de que en unas elecciones autonómicas con carácter plebiscitario pudiera lograr una mayoría absoluta de escaños (68). ¿Cómo se pretende declarar la independencia con una mayoría que queda lejos de la necesaria para reformar un Estatut de Autonomia (dos tercios del Parlament, es decir, 90 escaños)?

Las recientes encuestas de medios de comunicación privados y del Centre d’Estudis d’Opinió de la Generalitat (CEO) constatan el estancamiento del independentismo

Las recientes encuestas de medios de comunicación privados y del Centre d’Estudis d’Opinió de la Generalitat (CEO) constatan el estancamiento del independentismo. Éste organismo ha arrojado una jarra de agua fría sobre los ardores patrióticos al publicar una encuesta en la que por primera vez el “no” se impone al “sí” en un hipotético referéndum. Cuando a los encuestados se les da más de una opción y pueden escoger también una reforma no rupturista (Estado federal), las preferencias por un Estado independiente descienden a poco más de un tercio de la población. Ha bastado un cambio en la muestra utilizada por el CEO, aumentando el porcentaje de castellanohablantes y por tanto aproximándola más a la realidad social catalana, para que los resultados cambiaran significativamente en relación a sondeos anteriores.

Una lectura en profundidad de los datos del 9N y de las encuestas revela que el independentismo ha avanzado enormemente entre la clase media y media-alta catalanohablante, pero sigue siendo minoritario entre las clases populares y la población castellanohablante en general. También revela la concentración del independentismo en una determinada zona geográfica, y sus dificultades para imponerse en las zonas costeras y urbanas.

Observen cualquiera de los mapas de participación y de resultados del 9N por comarcas o por municipios (por ejemplo, éste: http://www.eldiario.es/catalunyaplural/MAPA-participacio-comarca_0_322668026.html). Una franja del interior de Cataluña delimitada al norte por el Ripollès y el Pla de l’Estany, y al sur por el Priorat y la Ribera de Ebre es la que registra mayor participación y mayor porcentaje de “síes” el 9N. Esa franja es nuestro particular “cinturón de la Biblia”. En los Estados Unidos, se denomina así a una amplia zona del Sureste, desde Texas hasta Carolina del Norte, en la que la religión tiene una fuerte presencia en la vida pública y en la que le voto ha sido tradicionalmente conservador. El territorio del “cinturón de la Biblia” norteamericano coincide con el histórico territorio de la Confederación, al igual que algunas zonas en las que el nacionalismo catalán es hoy más poderoso fueron en su momento plazas fuertes del Carlismo.

El partido republicano debe las victorias presidenciales de George W. Bush sobre Al Gore (2000) y John Kerry (2004) al apoyo masivo obtenido en los estados que forman parte dicho “cinturón”. El movimiento político conocido como Tea Party, contrario a los impuestos y al papel del Estado, obtiene en esa región una parte importante de su apoyo. También en nuestro “cinturón nacionalista” tiene el nacionalismo pequeñoburgués de CiU y de ERC su principal granero de votos. Es allí donde prende con más fuerza el discurso del supremacismo moral, del egoísmo fiscal, del agravio y el victimismo. El Tea Party se declara enemigo de un monstruo corrupto, inmoral y confiscatorio que llama “Gobierno federal”, y nuestros nacionalistas de otro semejante llamado “España”.

A la clase política madrileña le sigue costando entender este cambio en el catalanismo, cuyo liderazgo no está ya en sus interlocutores habituales, burgueses y profesionales liberales de Barcelona

En nuestro “cinturón nacionalista” ha hallado el independentismo su reserva espiritual. De allí proceden centenares de miles de las personas que llenan las calles de Barcelona cada 11 de septiembre (para los barceloneses es fácil distinguir su acento, y resulta curioso ver cómo aprovechan la jornada política para hacer turismo por nuestra ciudad). A ellos les pertenece ahora la hegemonía política, como afirmaba José Luis Álvarez en un interesantísimo artículo (La Vanguardia, 21 de julio de 2014), gracias a su alianza con el “complejo mediático-político nacionalista”. “Mediático-político”… y “cultural”, añadiría yo. Ese complejo o “casta” se resiste con uñas y dientes a cualquier cambio en el statu quo que le impida seguir parasitando los presupuestos públicos. A la clase política madrileña le sigue costando entender este cambio en el catalanismo, cuyo liderazgo no está ya en sus interlocutores habituales, burgueses y profesionales liberales de Barcelona. Estos últimos intentan desesperadamente recuperar la iniciativa, pero hace ya tiempo que perdieron el control en favor de la nueva élite nacionalista radical, y su influencia en las masas movilizadas es nula.   

Después de una campaña de propaganda de casi 3 años, con una utilización descarada de los recursos públicos y sin apenas oposición, el independentismo no ha sido capaz de superar determinadas barreras culturales, sociológicas y territoriales. Pese a que ha intentado revestirse de modernidad democrática y de transversalidad, se apoya en una base social fundamentalmente conservadora (aunque ya saben que en Cataluña no hay nadie de derechas), catalanohablante, y concentrada territorialmente en el interior. Se trata de una minoría social, sí, pero hipermovilizada, compacta y que vive en un mundo autorreferencial. Aunque no puede conseguir su máximo objetivo, el movimiento independentista parece determinado a mantener su desafío hasta las últimas consecuencias. Parece incapaz de construir un “nou país”, pero… ¿será capaz de dividir y destruir el que ya tenemos?


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