OPINIÓN

Rufián deluxe

La intensa presencia mediática de Rufián responde al mismo interés morboso que despiertan personajes como el pequeño Nicolás, pero también a una estrategia mediática premeditada.

Gabriel Rufián, durante una entrevista en un programa de televisión.
Gabriel Rufián, durante una entrevista en un programa de televisión. Mediaset

Bruto, garrulo, gandul, chulo, pícaro. Así se imaginan muchos nacionalistas catalanes a los españoles. No se crean ustedes que el supremacismo y los estereotipos denigrantes son sólo cosa de “los vascos y las vascas” nietos de Sabino Arana. Ese complejo de superioridad y esa imagen del español como un sujeto atrasado cultural y económicamente, poco amante de la libertad y propenso a la violencia, están muy enraizados en amplios sectores sociales y entornos geográficos de Cataluña.

En una entrevista realizada por la inefable Pilar Rahola y publicada en La Vanguardia el 24 de diciembre de 2012, Artur Mas afirmaba lo siguiente: “quizás el ADN cultural catalán está mezclado con nuestra larga pertenencia al mundo franco-germánico. En definitiva, Cataluña, doce siglos atrás, pertenecía a la marca hispánica y la capital era Aquisgrán, el corazón del imperio de Carlomagno. Algo debe de quedar en nuestro ADN, porque los catalanes tenemos un cordón umbilical que nos hace más germánicos y menos romanos”. Oriol Junqueras, por su parte, manipulaba de esta manera los resultados de un estudio sobre genética europea: “los catalanes tienen más proximidad genética con los franceses que con los españoles; más con los italianos que con los portugueses; y un poco con los suizos. Mientras que los españoles presentan más proximidad con los portugueses que con los catalanes y muy poca con los franceses. Curioso…” (“Proximitats genètiques”, Avui, 27 de agosto de 2008).

Mas y Junqueras no hacen más que continuar con una larga tradición de elucubraciones sobre la raza y la identidad catalana que arranca en el siglo XIX con los primeros catalanistas: Almirall, Prat de la Riba, Rovira i Virgili

Mas y Junqueras no hacen más que continuar con una larga tradición de elucubraciones sobre la raza y la identidad catalana que arranca en el siglo XIX con los primeros catalanistas: Almirall, Prat de la Riba, Rovira i Virgili, etc. Son muy conocidas también las opiniones que los predecesores de Mas y Junqueras en CDC y ERC manifestaban, ya muy avanzado el siglo XX, sobre el carácter de los andaluces o sobre el cociente intelectual de los afroamericanos. Las pruebas del supremacismo, el racismo y la xenofobia del nacionalismo catalán son innumerables, y algunas están muy frescas.

Existe una percepción generalizada de que la llegada a Cataluña de trabajadores del resto de España actuó como un factor de “disolución” de la identidad catalana original. El sentimiento nacional catalán sería mucho más fuerte, afirman algunos, si Cataluña no hubiera recibido gigantescas oleadas de inmigrantes. Pero habría que preguntarse si no ha ocurrido justo al revés. Si la fuerza y la persistencia del nacionalismo no se deben en gran medida a su potencia como mecanismo clasista, de afirmación de unas clases sociales sobre otras. Un “pijo” como Salvador Sostres nos lo ha recordado en varias ocasiones: el castellano es el idioma de las criadas. Toda la política lingüística y cultural, al fin y al cabo, sirve como barrera para la competencia y como protección del poder de determinados grupos sobre el sector público, el educativo y el cultural.

¿Cómo es posible que un nacionalismo cargado de supremacismo y de clasismo haya gozado durante tantos años de buena fama, dentro y fuera de Cataluña?

¿Cómo es posible que un nacionalismo cargado de supremacismo y de clasismo haya gozado durante tantos años de buena fama, dentro y fuera de Cataluña? Creo que podemos destacar dos causas. Por una parte, el franquismo actuó como “blanqueador” del nacionalismo, al igual que ocurrió con el comunismo: todo lo que fuera contrario al franquismo era de entrada bueno, aunque formara parte de las peores tradiciones ideológicas. Por otra parte, el nacionalismo catalán parecía haber renunciado a sus objetivos de máximos, colaboraba en la gobernabilidad, y era la viva demostración de la capacidad integradora del sistema surgido de la transición. Era el contraejemplo del sanguinolento nacionalismo vasco.

Pero el llamado “procés” separatista ha sido como una enorme riada que ha hecho saltar las tapas de las cloacas, arrojando al exterior toda la podredumbre que se acumulaba en el fondo del oasis. Nuestra política es ahora una ciénaga de radicalidad y de mentira en la que no se respetan ni las más elementales reglas de la democracia. El ecosistema ideal para advenedizos y arribistas.

Se trata de romper las barreras culturales y lingüísticas con las que ha topado el nacionalismo, consiguiendo el apoyo de las clases trabajadoras urbanas castellanohablantes

En ese contexto, la ERC de Junqueras aspira a convertirse en el nuevo partido dominante. Por una parte, pretende quedarse con la herencia de una CDC ahogada en la corrupción y en sus contradicciones ideológicas. Para ello le basta una posición pasiva. Por otra, ha desarrollado una estrategia para “ampliar la base” del separatismo. Se trata de romper las barreras culturales y lingüísticas con las que ha topado el nacionalismo, consiguiendo el apoyo de las clases trabajadoras urbanas castellanohablantes. Para aproximarse a las mismas, ERC ha copiado el discurso populista de Podemos, ha creado la asociación “Súmate”, y ha promocionado a Gabriel Rufián.

Las bases de ERC están entusiasmadas con Rufián porque se corresponde fielmente a la imagen que tienen de los castellanohablantes. Él se deja querer, y juega el papel de macarra, descarado y deslenguado a la perfección. Cuando se presentó en el Congreso y afirmó “soy lo que ustedes llaman un charnego” se estaba dirigiendo en realidad al público catalán. Porque es en Cataluña y no en el resto de España en donde a los hijos de los inmigrantes se les ha puesto ese mote despectivo.

ERC sabe que el público al que pretende captar con el discurso de Podemos y con la imagen de Rufián no mira TV3, y cree que lo puede encontrar en programas como Sálvame Deluxe

La intensa presencia mediática de Rufián responde al mismo interés morboso que despiertan personajes como el pequeño Nicolás, pero también a una estrategia mediática premeditada. ERC sabe que el público al que pretende captar con el discurso de Podemos y con la imagen de Rufián no mira TV3, y cree que lo puede encontrar en programas como Sálvame Deluxe.

¿Le funcionará el invento a Junqueras? En las elecciones generales de 2016 y en la ciudad de nacimiento de Rufián, Santa Coloma de Gramanet, ERC sacó un mísero 5,79% del voto. Los partidos no nacionalistas sacaron el 88%. Los resultados de los nacionalistas siguen dependiendo de la Cataluña interior y rural. No parece que las clases populares castellanohablantes se identifiquen con la caricatura grotesca que de ellas ha hecho el nacionalismo catalán.


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