El blog de Juan Escudero

Rajoy, Eliot Ness y Benedicto XVI

El Sr. Rajoy planteó este jueves en su comparecencia una serie de medidas para combatir la corrupción: una nueva ley orgánica de financiación de partidos, una reforma de la ley orgánica del Tribunal de Cuentas, una reforma de la ley de contratos del sector público, una ley reguladora de las funciones políticas, un endurecimiento de las penas de delitos asociados a la corrupción, y una reforma de la ley de enjuiciamiento criminal.

El Sr. Esteban, del PNV, le contestó que la mayoría, si no todas las medidas que anunció el presidente del Gobierno para combatir la corrupción son innecesarias. Se podría desarrollar esta idea de la siguiente manera: no se trata de aprobar una ley de transparencia, hay que ser transparentes. De nada sirve añadir nuevos tipos penales o aumentar las penas si no se aplica el Código Penal. El problema no es que se dote al Tribunal de Cuentas de más medios para que haga su trabajo sino que los jueces del Tribunal sepan que pueden cumplir su cometido de manera independiente sin que estén en peligro sus carreras, el colegio de sus hijos, o el pago de sus hipotecas. En suma, es un problema de voluntad de los que tienen el poder, no de leyes.

Éste es un tema clásico; recordemos, por ejemplo, la famosa escena de la película Los intocables de Eliot Ness: al comienzo de su misión está Eliot Ness en la comisaría con su equipo de colaboradores y comenta que le gustaría dar un golpe al negocio ilegal de producción de alcohol de Al Capone si supiera por dónde empezar. El personaje interpretado por Sean Connery (Jimmy Malone) lo lleva entonces, junto a sus compañeros, al otro lado de la calle, donde se encuentra la oficina de correos. Ante la expresión de perplejidad e incredulidad de Eliot Ness, Jimmy Malone le dice "Sr. Ness, todo el mundo sabe donde está el alcohol. El problema no es encontrarlo, el problema es quién quiere enfrentarse a Capone".

¿Tiene el Sr. Rajoy el valor moral y la integridad de Eliot Ness para afrontar la tarea de empezar a erradicar la corrupción de España, incluso si para ello tienen que aflorar los casos de corrupción del propio Partido Popular? Él dijo este jueves que es una persona recta y honrada y, si le creemos, éste sería el tipo de persona que hace falta para hacer este trabajo a poco que añadiera un poco de valor en la coctelera. El presidente del Gobierno dio muestras de querer ir en esa dirección: “Tenemos que conseguir que los españoles puedan volver a creer que la política es limpia y honesta”. Debemos “acabar con la sensación de impunidad que tanto irrita y con razón a la ciudadanía”. Y añadió: “Es importante frenar el deterioro de nuestros políticos e instituciones democráticas”. Sin embargo, como se encargó de recordar oportunamente Rosa Díez, lo que cuentan no son las palabras sino las acciones.

El Sr. Rajoy, se podría argumentar, está con la corrupción en una situación parecida a la que se encontraba Benedicto XVI con los casos de pederastia y abusos sexuales en el seno de la Iglesia. Siempre fueron ilegales, además de un pecado gravísimo según los propios estándares morales de la Iglesia, una fuente de mala imagen y un problema de relaciones públicas para Roma. Sin embargo, hasta la llegada del papa Benedicto, un sacerdote o religioso implicado en un caso de pederastia podía tener la expectativa de que en caso de salir a la luz algún comportamiento suyo impropio, sus superiores intentarían tapar el escándalo, no colaborarían con la justicia, no habría, desde luego, consecuencias penales sino, en el peor de los casos, un traslado forzoso. Ese estado de cosas lo cambió Benedicto sólo con su liderazgo. Probablemente no sea algo fácil de hacer ya que hay que enfrentarse a los fantasmas del pasado pero tampoco parece tan complicado.

Pocas personas tienen la suerte o la desgracia de encontrarse en una situación de poder desde la que propiciar un cambio de rumbo tan trascendental como ése. En España, en este momento, es el Sr. Rajoy el único que puede empezar a acabar con la corrupción ya que controla, por la forma en que está organizado nuestro país, todos los resortes del poder y la mitad de nuestro PIB. Este jueves podría haber dicho que a partir de ahora se va a perseguir a los corruptos de manera inmisericorde sean del partido que sean Que se va a asegurar de que los gastos de los partidos, incluido el suyo, se adecúen a sus ingresos en vez de lo contrario. Que se van a instaurar controles verdaderos por órganos independientes Que ya no se va a indultar a los condenados por corrupción. Nada de esto dijo el Sr. Rajoy; no inspiró a la ciudadanía, no intentó liderar ningún cambio. Propuso simplemente una exégesis de la presunción de inocencia made in Rubalcaba y una serie de medidas que no servirán para nada sin el refuerzo de un mensaje suyo, claro y determinado, de tolerancia cero hacia la corrupción.

Nunca es tarde; el Sr. Rajoy tiene dos años más de mayoría absoluta en el Parlamento. Que inspire, que lidere, que ilusione a la ciudadanía antes de que triunfen los populismos y la anti-política a los que se refirió en su intervención. Si no lo hace, su postura siempre generará dudas y no recuperará la confianza de sus votantes aunque consiga ganar batallas pírricas contra la oposición en el Congreso. El presidente del Gobierno tiene el poder de liberar fuerzas importantísimas, todo lo que de bueno tiene el país y las capacidades de los profesionales con los que cuenta España eliminando la lacra de la corrupción que desmoraliza y envilece al mismo tiempo. El Sr. Salvador, de UPN, se refirió precisamente a la lucha contra la corrupción como una misión que podría servir de punto de unión de grupos de distintas ideologías en el objetivo común de mejorar España.

Muchos españoles estaríamos dispuestos a seguir a un líder que avanzase en esa dirección.


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