El blog de Josep Prats

El poder de la palabra

Tras cada reunión del BCE, Mario Draghi comparece y lee con cierto desdén una nota en la que normalmente no se anuncia nada. La falta de interés en la lectura del comunicado se ve más que compensada por la voluntad clarificadora, realmente didáctica, que muestra el economista italiano en el turno de preguntas.

Hace un año y medio, con pocas palabras, Mario salvó el euro. De poco valen las bajadas de tipos, las compras de activos, las subastas de liquidez o cualquier otro instrumento de política monetaria cuando lo que se pone en cuestión es la solvencia de los estados soberanos. Si la deuda soberana de grandes países de la zona euro puede suspender pagos, de los bancos privados mejor ni hablar. Sin confianza no hay finanzas, porque prestar es sinónimo de fiar.

Desde que los especulaban sobre la ruptura del euro se convencieron de que lo de la moneda única era un invento que estaba para quedarse, la toma de medidas por el BCE se ha convertido en un asunto completamente secundario.

Seamos claros. Que el tipo de interés del BCE esté medio punto arriba o abajo, no es un factor realmente relevante para que los bancos presten o no dinero, ni va a influir en la tasa de inflación, ni en las expectativas de crecimiento del PIB de la eurozona. Y lo mismo sucede con una variación de algunas decenas de millardos de liquidez o de compras de activos, a la postre, puros enjuagues contables.

Lo que sí puede lastrar el crecimiento, y por tanto la solvencia de los estados soberanos y, por extensión, la de los propios bancos, es que el sistema bancario no funcione con normalidad. Y lo normal es que unos bancos confíen en otros bancos y todos en sus clientes. Que se presten entre sí y presten a los particulares y a las pequeñas y medianas empresas. También a las grandes, aunque éstas, como los estados soberanos, tienen siempre abierta la alternativa de acudir directamente a los mercados, mediante emisiones de bonos.

El mensaje de Draghi

Draghi centró muy claramente cuál es la principal preocupación del BCE. Y no es otra que poner los medios para que los bancos hagan aquello que constituye su objeto social: prestar dinero. Pudiendo descontar todo el papel que el BCE les admite, tienen la liquidez garantizada. Poco a poco el mercado, como demuestran las incipientes emisiones de deuda senior colocada entre inversores institucionales, les va reconociendo la solvencia, y es de esperar que tras los test de stress se disipen las dudas pendientes. Las grandes empresas, emitiendo bonos a un coste muy razonable, les están dejando hueco en el balance para que pueda otorgarse financiación a pymes y particulares.

Es cierto que, tras una crisis profunda, la demanda solvente de crédito disminuye. Pero también es cierto que crédito y solvencia forman un bucle que se retroalimenta. Por todo ello parece razonable esperar que, más pronto que tarde, los bancos vuelvan a prestar.

En finanzas, una palabra creíble vale más que mil apuntes contables.


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