El blog de Josep Prats

El absurdo corto plazo

Que invertir a corto plazo no es invertir, sino jugar, es algo que cualquiera que conozca la fórmula del interés compuesto no debería poner en duda. Y que el juego, a largo plazo, no es más que una fuente de pérdidas, sobre todo si en el mismo interviene un crupier o bróker, es algo que no es necesario recordar.

Cuando algunos me dicen, y los hay, que compran y venden en el día, que lo hacen todos los días y que aciertan seis veces de cada diez, la primera vez me callo y sonrío. Si insisten, y lo hacen delante de otras personas que creo que pueden llegar a creer semejante fantasía, cojo la calculadora, pongo una mínima rentabilidad porcentual y le demuestro el milagro multiplicador de ‘x’ elevado a ‘y’ durante un plazo no muy largo. Y, entonces, la pregunta “¿Cómo sigues trabajando a tu edad, si ya deberías ser el amo del mundo?”, fluye con facilidad.

El corto plazo es tan imprevisible que, ni sabiendo de antemano lo que van a hacer ciertas variables que en principio condicionan la evolución de otras, seríamos muchas veces capaces de sacar provecho de ello.

Pongamos, por ejemplo, la TIR del bono alemán a 10 años. ¿Qué deberíamos hacer si supiéramos, por adelantado, que va a subir? ¿Comprar bolsa o venderla? Un repunte de la TIR del bono alemán, desde los misérrimos niveles en los que estamos, podría muy bien ser un indicativo de que cada vez hay menos inversores que se refugien a la desesperada en un valor seguro porque los miedos a la gran catástrofe, la ruptura del euro, ya se están desvaneciendo.

Si el bono alemán, en lugar de pagar un 0,1% pasase a pagar un 1%, podríamos decir que la tasa libre de riesgo ha aumentado un 0,9%, pero también que la prima de riesgo ha disminuido, probablemente en un importe superior. Sería, pues, una buena noticia, en la medida en que anticiparía una vuelta a la normalidad, a unas expectativas de inflación baja pero positiva y de crecimiento, si quieren también bajo, pero positivo.

Ahora bien, si ese repunte de la TIR se produce en un plazo muy corto, las distorsiones que puede ocasionar en las estrategias de algunos agentes del mercado son notables y pueden llevar a que actúen de forma contraria a la que desearían. Piensen en un gestor de fondos que, por convicción o quizás por obligación, porque su folleto le obliga a tener un mínimo de bonos triple A y unos límites máximos diarios o mensuales de volatilidad o pérdida máxima, ve como la TIR del bono alemán repunta treinta o cuarenta puntos básicos en un par de semanas. Que es tanto como decir que el precio del bono cae algo más de un tres por ciento.

Aunque en su fuero interno el gestor pueda pensar que este movimiento es indicativo de una menor percepción de riesgo y que a medio plazo ello debería ser positivo para la renta variable, la verdad, a corto plazo, es que ha agotado su margen de volatilidad, VAR o pérdida máxima y que se ve forzado a vender la parte más volátil de su cartera, la renta variable, para no incumplir con su mandato.


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