El blog de Josep Prats

Rusia y Grecia

Entramos en la recta final del año bursátil con dos problemas políticos, en Rusia y Grecia, que podrían ensombrecer, a juicio de muchos, el tradicional buen fin de año que suele darse en un año relativamente poco volátil y con signo positivo en los principales mercados.

La brusca caída del precio del crudo ha puesto sobre la mesa la gran dependencia que el gobierno de Putin tiene de los ingresos procedentes de sus exportaciones de petróleo y gas para cuadrar sus presupuestos y mantener satisfecha a la población más allá de gestos nacionalistas como la anexión de Crimea. Rusia exporta unos 2.000 millones de barriles al año. Si el petróleo se consolida en niveles de unos 30  dólares por debajo de los 100 a los que venía cotizando en los últimos años, el oso euroasiático dejaría de ingresar 60.000 millones de dólares al año, la mitad de los cuales serían directamente menores ingresos para el fisco. Ello supone una caída ligeramente superior al 15% de la recaudación total del estado ruso.  

El desplome del rublo, que ha llegado a devaluarse más de un 50% frente al dólar, aunque en las últimas sesiones atenúe algo su caída, permitirá, sin embargo, seguir gozando de un presupuesto, en rublos, igual o superior al de año anterior, por lo que no será necesario recortar sueldos de funcionarios ni pensiones. Aunque, evidentemente, la inmensa mayoría de la población rusa notará en sus bolsillos la crisis, vía inflación de productos importados, que son demasiados para un país con su nivel tecnológico y cultural, con una sorprendente falta de producción propia, que quizás la convulsión energética contribuya a paliar.

Con unas reservas de divisas que multiplican varias veces el déficit anual de ingresos por petróleo, la sangre, entendida como impago de la deuda pública, no llegará al río. Putin seguirá al mando, aunque es probable que esté más abierto a encontrar una solución pacífica para el conflicto de Ucrania, puesto que en las nuevas circunstancias, la exportación de gas a Europa es, claramente, algo que necesita mucho más Rusia que la Unión Europea.

El 29 de diciembre tendremos la tercera y última votación en el parlamento griego para designar nuevo presidente de la República. No hay garantías de que los partidos en el poder pueden sumar 25 diputados a sus 155 para conseguir la mayoría de 180, sobre el total de 300, requerida para el nombramiento. Hay 100 explícitamente en contra, por lo que sería necesario convencer a más de la mitad de los indecisos. No es imposible, máxime si a última hora se cambia de candidato presidencial y se propone a algún líder de los indecisos como alternativa.

Para cerrar bien el año bursátil sería conveniente que así fuera. Pero si no es así, ¡qué le vamos a hacer! En dos meses, elecciones. Y, si ganara Syriza y si ganando consiguiera mayoría absoluta, veríamos de una vez por todas si los críticos con el rescate lo son tanto como para incumplir compromisos, abandonar el euro y jugársela con su nuevo dracma. Es muy probable que antes de hacerlo echen un vistazo a izquierda (Albania), arriba (Macedonia y Bulgaria) y derecha (Turquía) o incluso miren a los vecinos de sus vecinos (Rusia) y lleguen a la conclusión que abandonar la comunidad de propietarios del euro puede no ser un buen negocio. Los vecinos naturales de los griegos tienen una renta per cápita cinco veces inferiores a la suya. Y eso lo sabe hasta Tsipras.


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