El blog de Josep Prats

Prestatarios, extorsionadores o mendigos

Cuando uno gasta más de lo que ingresa, tiene que pedir dinero. La forma más habitual de hacerlo es solicitar un préstamo. El papel de prestatario requiere cierta puesta en escena. Un buen amigo me dijo una vez que él solo se ponía traje y corbata cuando tenía que ir al banco a pedir dinero. Dar cierta imagen de seriedad, de respetabilidad, de actuar de acuerdo con el statu quo es algo que siempre ayuda a vencer la resistencia del que tiene que darte dinero. Y, junto al traje y la corbata, hay que llevar un buen bolígrafo para firmar todas las cláusulas del contrato de préstamo que el prestamista tenga a bien redactar.

Entre las cláusulas más habituales, e irrenunciables, está pagar un interés y devolver el principal. Esto es lo mínimo, aunque sea un préstamo a la antigua usanza, uno de aquellos que requerían la firma de un par de avalistas solventes, por si acaso. Si el préstamo es un poco más moderno, un poco más sofisticado, puede incluir, además, la presentación de unas proyecciones detalladas de ingresos y gastos, que hagan creíble el proyecto de inversión.

El anterior primer ministro griego, Antonis Samaras, era uno de esos prestatarios convencionales, con traje, corbata y contrato de préstamo detallado y firmado. Ataviado con la indumentaria de los domingos consiguió de la Unión Europea préstamos por decenas de miles de millones anuales a tipos de interés misérrimos. Y, más menos que más, pero aparentando voluntad de cumplimiento sobre el papel, intentaba ser fiel a las cláusulas del contrato. El trato, en plazos, intereses y exigencia de cumplimiento de ingresos y gastos del proyecto de acuerdo con el plan, era de amigo. Y, poco a poco, Grecia parecía recuperar cierta imagen de respetabilidad ante los eventuales futuros acreedores. La prueba de ello era la reducción de los diferenciales de rentabilidad frente a emisores de máxima solvencia exigidos en mercado secundario a su deuda pública.

Hay otra forma de pedir dinero, no en condición de prestatario, sino como extorsionador. La indumentaria del extorsionador tiende a ser algo más agresiva. Como la del actual ministro de economía griego, Yanis Varoufakis. Con un tres cuartos de cuero negro y una camisa azul celeste lo suficiente abierta como para que luzca el chest toupee, pretende ganar aire intimidatorio. “O sueltas la pasta o monto un escándalo (ruptura del euro) que te hunde”. Varoufakis es hijo de una familia con una economía bastante holgada que ha estudiado en prestigiosas universidades anglosajonas y que pretende ser experto en algo tan presuntuoso como son las “teorías del juego”. “Gauche caviar” en terminología francesa.

En el juego, desengáñense, a largo plazo solo gana el que tiene más dinero, entre otras razones porque es el único que puede soportar el fracaso de sus faroles. Por más que la prensa anglosajona, que día tras otro hace rogativas en pro de la ruptura del euro, le dé un poco de cancha, las bravuconadas de Varoufakis tendrán que enfrentarse a la aproximación, con menos glamour para los intelectuales pero sin duda más efectiva, del dúo Draghi-Merkel. El primero conoce los mercados por propia experiencia y la segunda tiene la dureza negociadora de una persona de ciencias educada en el sistema soviético. Todo intento de extorsión de Varoufakis está destinado al más rotundo fracaso.

La tercera forma de pedir dinero es hacerlo como lo hace un mendigo. La vestimenta agresiva no es propia de un mendigo. Quiere dar pena, no miedo. Tiene que parecer una buena persona, pero no tan integrada en el sistema como para llevar corbata, porque lucirla puede ser percibido como un signo externo de prosperidad, impropio del pobre. Así, con traje, pero sin corbata, se presenta a pedir dinero el actual primer ministro griego, Alexis Tsipras. Es un joven con el pelo bien cortado, bien afeitado, un chico de clase media bien educado, como su coetáneo italiano Matteo Renzi, pero sin corbata. Renzi le ha hecho notar la conveniencia de vestir dicho complemento si uno quiere pedir dinero de forma elegante, como prestatario, no como mendigo. Los italianos deben más dinero que nadie y ahí los tienen, impecables en el vestir y con una sonrisa encantadora.

Tarde o temprano Tsipras se anudará al cuello la corbata que le regaló Renzi. Pero hasta que se decida, los que creen que las fantasmadas del de la chupa de cuero tienen alguna credibilidad, sembrarán cierta intranquilidad en los mercados.


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