El blog de Josep Prats

Política y bolsa

Esta semana tenemos elecciones municipales y autonómicas en España. Diez días atrás  tuvimos elecciones para la House of Commons del Reino Unido. Hace menos de medio año los griegos llevaron al poder a los señores que dentro de pocos días firmarán un acuerdo por el que se comprometerán a hacer exactamente lo contrario de aquello que prometieron para ser elegidos. Y en los próximos meses habrá más y más elecciones, locales, autonómicas, nacionales, en distintos países de la zona euro.

Unos días, incluso unas semanas, antes de cada elección se hace inevitable leer estudios, comentarios, reflexiones sobre las consecuencias que para la marcha de la economía o de los mercados puede acarrear determinado resultado electoral. Como suele pasar siempre que hablamos de comentaristas de bolsa los agoreros, los milenaristas, los catastrofistas, suelen tener mayor audiencia. Si, además, irrumpen en escena nuevas formaciones, que en principio podrían romper las normas del establishment, las cábalas sobre las convulsiones que pueden sufrir los mercados aumentan.

Si uno analiza las propuestas de la mayoría de partidos e intenta sintetizarlas, con el mismo criterio que seguiría para analizar el plan de negocio de una compañía, verá que, en general, no difieren demasiado. Todos prometen aumento de sueldo neto y beneficios sociales a los trabajadores (aumento de empleos, salarios, reducción de impuestos y mejora de becas educativas y seguros sanitarios), sin que las cuentas se desequilibren. Los matices, en todo caso, vienen en el ritmo de reducción de pérdidas (porque superávit o beneficios en las cuentas públicas es algo que nadie se plantea) y en las vías de financiación de las mismas, bien de forma interna (colocando el grueso de la deuda pública adicional a los propios ciudadanos nacionales, como hacen los japoneses), bien pidiéndoselo a los extranjeros (como hacen la mayoría de las haciendas  del mundo desarrollado, colocando bonos a las haciendas o a los ciudadanos ricos de los países pobres). Y si no hay más remedio, siempre queda el recurso a los dos grandes taumaturgos del momento, la señora Yellen o el señor Draghi.

Si uno intenta cuantificar las promesas electorales, verá que no hay una diferencia de más de  tres o cuatro puntos porcentuales  sobre PIB entre los ingresos y gastos públicos previstos por unos y otros. Y la promesa común, la invariable, la irrenunciable, es la de no subir los impuestos, por lo menos, a la inmensa mayoría de la población. Décadas y décadas ininterrumpidas de aumento de la recaudación fiscal sobre el PIB, en todos los países, en todas las coyunturas, por parte de todos los colores del arco político, a diestra y siniestra, podrían hacer poco creíble tal promesa. Pero ahí sigue. Cuando prometen cosas se ponen tan serios, tan solemnes, que resultaría de mala educación no creerles.

Las grandes compañías globales, las que ponen en común los esfuerzos de los mejores científicos, técnicos, comerciales y administradores del mundo desde hace muchas décadas para hacer posible la mejora de las condiciones de vida de la humanidad (y de paso, ganar dinero), se toman las cuitas electorales con cierta distancia y escepticismo. Hagamos lo mismo. Y, si por azar, el mercado se toma a la tremenda algún resultado electoral, aprovechemos para comprar.


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