El blog de Josep Prats

Petróleo y deflación

Como todas las primeras semanas de mes, los que intentan adivinar los movimientos de la bolsa a corto plazo, estarán muy atentos a lo que diga, y hasta podría ser a lo que haga, Mario Draghi (BCE). Sus últimas manifestaciones públicas, en las que mostraba preocupación por la deflación y decía estar dispuesto a hacer todo lo que estuviera en sus manos para combatirla, han estado seguidas de la publicación de datos de inflación muy baja y de caídas del precio del petróleo que anticipan que en los meses venideros la presión a la baja en los precios de una cesta de IPC continuará.

Europa, y no digamos ya España, es una zona económica abrumadoramente importadora de petróleo y gas, por lo que una caída de los precios del crudo mejora de forma sustancial su balanza comercial. El precio del barril de Brent ha caído en lo que llevamos de 2014 prácticamente un 30% en dólares y un 20% en euros. El grueso de la caída se ha producido en el último mes, por lo que sus efectos sobre los bolsillos de los consumidores europeos todavía no se han notado, pero si seguimos con un petróleo en la zona de 70 dólares es indudable que a corto plazo mantendrá la inflación baja.

¿Es ésta la deflación que preocupa a Draghi? No lo creo, francamente. Resultaría un tanto absurdo lamentarse por la mejora de la balanza comercial y por las ganancias de competitividad que un petróleo bajo comportará para la Eurozona. La deflación que le preocupa a Draghi es otra. Es la que tiene que ver, no con la oscilación de precios inherente a toda materia prima, en el fondo coyuntural, sino con la evolución que se deriva de una atonía económica que determina un alto nivel de desempleo y presiona a la baja los salarios, que son los que marcan la inflación estructural.

Cuando Draghi dice que está preocupado por la deflación no está pidiendo que los árabes nos cobren más caro el petróleo. Lo que pide es que los bancos presten más a las empresas y los gobiernos abran el grifo de la inversión y del gasto público para generar mayor actividad económica, más empleo y cierta recuperación, por tímida que sea, de los salarios.

En el fondo, para Draghi, como para cualquier ciudadano, hay una inflación buena y una inflación mala. La buena es la que hace que le suban el sueldo; la mala, la que hace que suba el precio de la cesta de la compra. A largo plazo una cosa lleva a la otra, aunque a corto plazo puedan diferir. Pero que baje la cesta de la compra, aunque sea a corto plazo, nunca puede ser malo.


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