El blog de Josep Prats

Normalidad política

Imagínense por un momento que son politólogos alemanes, holandeses o franceses y les pasan el resultado de las recientes elecciones autonómicas andaluzas. Los comparan con los pronósticos de tantas y tantas encuestas que habían sido difundidas en los últimos meses y, a partir de ahora, seguro que se aproximarán a ellas con mayor cautela, por no decir con abierto escepticismo.

La casi pretendida igualdad de intención de voto entre los dos partidos tradicionales y las dos nuevas estrellas emergentes que avanzaban algunos informes demoscópicos se ha visto radicalmente desmentida tras una votación real en la que han participado más de cuatro millones de personas. Y ya vemos que no es lo mismo encuestar a unos cientos de ciudadanos que contar el voto de varios millones.

Los dos partidos de gobierno reciben casi dos tercios de los votos y consiguen casi tres cuartas partes de los diputados en liza. Las estrellas emergentes obtienen una representación claramente inferior. En la comunidad autónoma más poblada de España y en la que, tradicionalmente, el voto a los partidos situados a la izquierda del mapa político ha sido más elevado, la formación hermana de Syriza queda por debajo del 15% sobre el voto emitido. Cualquier analista político foráneo, que vea los datos con frialdad y de forma desapasionada, podrá llegar fácilmente a la conclusión de que el panorama político español seguirá dentro de lo que, en Europa, se conoce como normalidad. Verán la distribución del voto en zonas urbanas y rurales, harán la distribución de diputados por provincias, aplicarán la ley d’Hondt y obtendrán una conclusión clara.

Los dos partidos que han gobernado España en los últimos treinta años obtendrán, con gran seguridad, un mínimo de 240 diputados de los 350 del Congreso. Dos tercios largos de los diputados; quizás hasta tres cuartos, completamente integrados en las grandes familias políticas de la eurozona y plenamente comprometidos en el proceso de integración europea.

Adiós, pues, a toda especulación sobre inestabilidad política en España y, no digamos ya, a cualquier tentación de ruptura con el orden establecido, euro incluido.


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