El blog de Josep Prats

Inflación

Últimamente vemos que hay alguna preocupación sobre la posibilidad de que España, o el conjunto de la zona euro, entre en deflación. Para los de mi generación, aquellos que alcanzamos la mayoría de edad con inflaciones de dos dígitos al trimestre, el miedo a la deflación nos suena a chino. O, para ser más exactos, a japonés.

Para una generación educada en el mantra de “los pisos nunca bajan, compra viviendas, que es la mejor inversión”, para aquellos que cuando obtuvimos nuestro primer sueldo colocábamos nuestros magros ahorros en cuentas remuneradas al 10% y cualquier subida de sueldo anual inferior a dicho porcentaje nos parecía un indicio de un pronto despido, acostumbrarnos a inflaciones del 1% o del 2%, y a tipos de interés de uno o dos puntos porcentuales por encima, se nos hace difícil.

Pero éste y no otro será el nuevo escenario en el que tendremos que movernos. Ya no tenemos peseta, y aunque sigamos poseyendo máquinas de imprimir billetes en la fábrica nacional de la moneda, la orden para ponerlas en funcionamiento viene de Frankfurt. El recurso a tapar el descontento social con subidas generalizadas de sueldos, en pesetas, que en moneda fuerte, llámese marco o dólar, no resultaban ser tales por las consiguientes devaluaciones, ya no existe.

Libros y libros se han escrito y se seguirán escribiendo intentando explicar qué, cómo, cuándo y cuánto se genera inflación. No voy a negar el mérito y el esfuerzo de tantos y tantos tratadistas de esta ciencia social, que algunos ilusos pretenden exacta, llamada economía. Pero haciendo un esfuerzo minimalista podemos concluir que la subida de sueldos (si quieren, no acompañada de incrementos de productividad, para los puristas) es la que genera la inflación. Si los sueldos no suben, la inflación no sube. Y viceversa.

Y los sueldos, en los países desarrollados, entre los que nos contamos, no han de subir mucho. Mientras en Asia, haya personas dispuestas a trabajar en la elaboración de productos de calidad exportable por un salario que apenas suponga un tercio del de un europeo o un norteamericano, los salarios occidentales estarán presionados. Y mientras en África o Latinoamérica haya millones de jóvenes que, gracias a la televisión, internet y los vuelos baratos, tengan el paraíso bien cerca, no ha de faltar mano de obra para el sector de servicios.

De combatir la inflación en Europa ya se encargan los países emergentes. Si fuera necesario combatir la deflación es bastante fácil; cualquier político sabe cómo subir sueldos a empleados públicos, salarios mínimos o pensiones no contributivas. Eso sí, deberán hacerlo de forma coordinada, con el permiso del que tiene el botón para imprimir billetes y aceptar la devaluación de la moneda. No tendremos deflación, pero sí inflación baja, y durante mucho tiempo.

Por ello, las inversiones cuya principal virtud era protegernos de la inflación (compra de pisos no para su arrendamiento sino para una posterior venta, compra de oro…) irán perdiendo valor en favor de aquellas que ponen el dinero a trabajar. Como la compra de acciones.


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