El blog de Josep Prats

Emergentes y sumergidas

La súbita caída del peso argentino ha encendido las alarmas sobre los riesgos de las economías emergentes. La economía global está manteniendo ritmos de crecimiento superiores al 3% a pesar de que hasta hace bien poco Estados Unidos, y todavía ahora Europa, están creciendo a ritmos muy inferiores. El crecimiento del resto de economías, de un dígito alto en media, explica en gran medida los buenos resultados de las grandes compañías que actúan en el mercado global.

La pérdida de valor del peso argentino no debería sorprender a nadie. Cuando una economía tiene inflaciones de dos dígitos, su divisa, necesariamente, tarde o temprano, de forma pausada o súbita, termina por devaluarse. Y este es el caso de Argentina. Pero Argentina no es propiamente una economía emergente. Tenemos la costumbre de incluir, bajo el paraguas del adjetivo emergente, todo lo que no sea Norteamérica, Europa Occidental y Asia-Pacífico. Puede valer como simplificación, pero hay grandes diferencias entre países.

Emergentes

Emergentes, genuinamente emergentes, son las economías que claramente van de menos a más y que están mejor de lo que nunca estuvieron en el pasado.

El caso paradigmático de economía emergente es China. Hace 20 años todo el mundo iba a pie o en bicicleta. Hoy la mayoría va en motocicleta y se ve claramente que pasado mañana irá en coche. El consumo de energía primaria está en records históricos y no deja de aumentar año tras año a un dígito alto.

En los países realmente emergentes la economía formal gana terreno a la sumergida, y la divisa nacional es aceptada como válida por la clase media, que compra, vende y ahorra en su propia moneda. Así fue en España en los sesenta y así es en China ahora.

Sumergidas

No es este el caso de Rusia, o de la mayoría de los países del antiguo bloque soviético. Aunque estén algo mejor que hace unos años, no está claro que estén mejor que hace unas décadas. Muchos que iban en coche ahora van a pie. Y el consumo de energía ha bajado, como lo ha hecho la esperanza de vida. Desde los setenta hasta hace apenas un lustro han ido de más a menos, y solo ahora empiezan a ir de menos a más, aunque no están mejor que nunca.

Los países iberoamericanos, por lo general, no han ido de más a menos en términos absolutos, aunque sí lo han hecho en términos relativos. El grado de desarrollo de las economías argentina, brasileña o mejicana, hace sesenta años (medido por el parque automovilístico, o por el consumo de energía, en relación con su población), no era inferior al de España. Y ahora, claramente, lo es.

En los países que alcanzaron, hace ya muchos años, niveles de desarrollo superiores, en términos absolutos o relativos, a los actuales, la economía sumergida gana terreno a la formal, y su divisa nacional no es aceptada como válida por la clase media, que compra, vende y ahorra en una moneda ajena, normalmente el dólar.

Lo que no consigue el trabajo, no lo enmascara la inflación.


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