El blog de Josep Prats

Contabilidad en diferido

La contabilidad no es una ciencia exacta. El patrimonio neto contable debería ser una imagen fiel del valor de los activos de una empresa menos el valor de sus pasivos. El valor contable de muchos de los activos no se corresponde con su valor de mercado. Hay máquinas completamente amortizadas que se podrían vender por un buen precio, y otras todavía pendientes de amortización que no sirven para nada. Hay existencias de producto terminado valoradas a coste cuyo precio de mercado es muy inferior. Hay inmuebles adquiridos hace muchos años que valen mucho más que lo que dicen las cuentas, y otros adquiridos hace pocos años en los que se da el fenómeno contrario. Hay marcas y patentes con un valor muy superior al que reflejan los estados contables, y viceversa. Por lo general, el valor de los activos es discutible, mientras que el de los pasivos, el valor de las deudas, suele ser bastante más cierto.

En las empresas no financieras, el hecho de que los recursos propios contables no reflejen fielmente el valor de mercado neto de activos menos pasivos, tiene una importancia relativa. Los recursos propios suelen representar entre un 30% y un 70% del valor total del activo. Ello da cierta holgura para que el reconocimiento de que el valor de mercado de ciertos activos es inferior al contable no lleve a la compañía a declararse en quiebra.

Cuentas bancarias

En las empresas financieras, y más concretamente en los bancos, las cosas son algo distintas. En principio el valor de mercado de la inmensa mayoría de sus activos debería estar menos sujeto a discusión. Los bienes inmuebles, la maquinaria, las existencias de productos terminados, las patentes o las marcas pesan poco en el activo total de un banco. El grueso de su activo está constituido por préstamos, cuyo valor está claramente establecido en un contrato: si el prestatario se ha comprometido a pagar un millón de euros, el valor del préstamo, en principio, es de un millón de euros. Y así es siempre que sigamos creyendo que aquél a quien se le ha concedido el préstamo pagará puntualmente los intereses y devolverá el principal.

Si intentáramos poner a la venta, uno por uno, los contratos de préstamo, podríamos comprobar que el mercado otorgaría valores distintos a los que la contabilidad reconoce. Con un escenario de tipos constante, los préstamos concedidos a personas o empresas que el mercado, en el momento presente, considera más solventes que cuando el préstamo fue concedido, podrían llegar a valer más que su valor contable. Y al contrario. No es posible reconocer contablemente un valor superior cuando la calidad crediticia del acreedor mejora, pero sí es obligado reconocer un valor inferior, dotando provisiones por insolvencias, cuando empeora evidentemente. La evidencia más incontestable suele ser el impago de los intereses en el plazo previsto. Pero dicha evidencia es fácil de ocultar, si al deudor se le presta dinero adicional para hacer frente al pago de intereses. Y a menudo se hace, por aquello de que si le debes 100 mil euros a un banco tú tienes un problema, pero si le debes 100 millones el que tiene el problema es el banco.

Cualquier observador frío de la realidad sabe que la calidad crediticia de la mayoría de los promotores inmobiliarios ha empeorado, y mucho, desde hace ya seis años. Las cuentas publicadas por los bancos españoles han ido reconociendo ese hecho claramente en diferido, dotando provisiones por insolvencias al ritmo que los beneficios operativos y las ampliaciones de capital han permitido. A un ritmo que no les llevara a tener que reconocer que su patrimonio neto se situaba por debajo del capital mínimo regulatoriamente requerido o incluso en negativo. Y aquí, el margen de holgura era realmente pequeño, puesto que los recursos propios bancarios apenas superan el 5% del activo total.

En los dos últimos años se ha contabilizado un gran incremento de la morosidad. Aunque sabido era por todos que los que ahora se reconocen como morosos, hacía ya mucho tiempo que no eran capaces de pagar lo que debían.

Gracias a que la contabilidad no es una ciencia exacta hemos salvado el sistema bancario. 


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