El Blog de J. de Mendizábal

¿Por qué hay tanto hispanista?

Desde hace años existen cátedras en las universidades extranjeras más prestigiosas que estudian el fenómeno español. Un país que trata cada cierto tiempo de destruirse a sí mismo, pero que no lo consigue del todo nunca, es lógico que sea objeto de cátedra en Oxford, Cambridge, Stanford o Harvard.

Además, al margen de tratar de suicidarnos de tiempo en tiempo, tenemos algunas características que nos hacen únicos. Lo mismo que Hemingway alucinó en los Sanfermines y los escribió para el mundo, los hindúes flipan ahora con la tomatada alicantina (yo también) y, en general, todo el mundo se sorprende con que la máxima diversión de un pueblo sea tirar cabras desde un campanario; otro siga cortando troncos a lo bestia; otro queme las obras de todo un año en las fallas y se diviertan mucho con ello y las provincias del Este, super europeas y modernas, traten de aupar a un imberbe a un castillo humano que, desgraciadamente, a veces se lesiona (ahora va con casco, lo que quita cierto morbo al asunto). Y, fíjense, que no hemos hablado de Andalucía, que da para un tomo. Reconozcamos que somos un país pintoresco: toreros, aizkolaris, castellers, gaiteros, cofrades, chulapos...y, siendo uno de los países de mayor tradición católica, el segundo o tercero que legaliza el matrimonio homosexual.

Si añadimos que desde el 92 -al margen de anteriores gestas individuales tipo Santana, Seve o el Real Madrid de Bernabéu- también asombramos al mundo con nuestros extraordinarios éxitos deportivos nos ganamos ser, una vez más, caso de estudio. ¿Por qué triunfamos en casi todos en los deportes masivos? ¿Por qué en fútbol, baloncesto, tenis, golf, waterpolo, balonmano...somos una referencia mundial? Siempre habrá algún francés que diga que es todo por doping, pero la realidad es que somos muy buenos, mal que les pese.

Como consecuencia de ese éxito, y muy acorde con nuestra mentalidad autodestructiva, ha llegado el momento de acabar con todo y separarnos. El alcalde de Barcelona dice que el Barça podría jugar la liga francesa; el que va a ser lendakari dijo, en la Eurocopa 2004, que prefería que ganase ¡Rusia! y Susaeta llama al equipo nacional "la cosa". Para qué seguir. Los hispanistas anglosajones están como locos y hacen y harán múltiples estudios al respecto.

Y, desgraciadamente, tienen razón. Valoramos muy poco lo que hemos conseguido juntos. Todavía recuerdo los días en que se celebraba un cuarto puesto de Mariano Haro o la única medalla olímpica o perder orgullosamente una final de Copa Davis en Australia. Bien, ahora que triunfamos, parece que ha llegado el momento de acabar con todo y volver a las guerras carlistas. En el ámbito deportivo y en lo demás, a ser posible.

También en el ámbito empresarial. Además de educar a la juventud en el odio al empresario, los gobernantes nacionales y autonómicos parecen creer que las grandes empresas son como un chicle: estiras y estiras y nunca se rompe. Pues no. Se puede romper. Y múltiples decisiones de las que se están tomando últimamente van en contra de la escasísima gran empresa española. Más impuestos, más dificultades, más intervencionismo, más inseguridad jurídica. Olvidan que una gran parte de nuestras pymes (también olvidadas) dependen de las grandes empresas. Por no hablar de las personas a las que dan trabajo, unas y otras.

Pero volvamos al deporte para sacar alguna conclusión positiva. Al tenis, por ejemplo. No es fruto de la suerte que en los últimos 15 años hayamos tenido a Arancha, Conchita, Bruguera, Costa, Corretja, Moyá, Ferrero, Verdasco, Feliciano, Almagro, David Ferrer, etc. No. Es fruto de una escuela, de una manera de seleccionar, de una manera de entrenar, de una manera de trabajar. Lo que sí es fruto de la suerte para un país es que haya nacido aquí un monstruo: Rafa Nadal. Eso no se puede planificar. Es un caso único, tipo Amancio Ortega en el ámbito empresarial (¿para cuándo el título de Marqués de Zara o Arteixo, Majestad?)

Pues bien, Amancio Ortega no debería ser un Santana, otra vez. Para ello, necesitamos volver a poner las bases de entrenamiento/educación, de selección, de trabajo; es decir, dotarnos de un marco jurídico sólido, estable, reinstaurar la separación del poder judicial y el ejecutivo, ser un mercado único, bajar impuestos y cotizaciones, recuperar la meritocracia y acabar con la insoportable corrupción. Y, de paso, suprimir subvenciones, duplicidades administrativas y todo tipo de órganos públicos ineficientes y asesores no funcionarios. Entre otras cosas y sólo por citar algunos ejemplos.

Sería bueno dar que hablar otra vez a los múltiples hispanistas. Pero, en vez de por cómo nos peleamos, por cómo hemos sabido salir adelante juntos en medio de la más catastrófica de las tormentas. Ojalá Ketama llegara a tener razón: No estamos locos, sabemos lo que queremos.


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