El Blog de J. de Mendizábal

Gran Hermano es... su vecino

¿Por qué no aceptó ser consejero de Red Eléctrica el marido de la Señora Cospedal menos de 12 horas después de ser "sugerido" para el cargo? ¿Por qué tiene que salir cada dos por tres el Departamento de Estado de la Defensa de los EEUU a explicar determinadas actuaciones aberrantes de sus soldados en Afganistán? ¿Por qué ha tenido tenido que pedir perdón el Rey en una grabación humillante? ¿Por qué? ¿Por qué? Cabrían cientos de ejemplos en los últimos años. En España y en el mundo entero.

Al margen de las contestaciones habituales hay una explicación más sencilla y común a todas esas situaciones: PORQUELA GENTE SE ENTERA. Y, ahora, reacciona. En tono vulgar: "que te han pillao, que te han pillao, con el carrito del helao".

Quede claro que hablamos de casos en los que no han intervenido la justicia o las fuerzas de seguridad, es decir, no ha habido una denuncia formal. Simplemente es porque el caso ha trascendido a la opinión pública, al pueblo si se quiere, y éste lo ha denunciado. Se ha indignado. Esta figura se llamaba antes escándalo público e, incluso, estaba fuertemente penada por la Ley. Es verdad que, hoy, no es un escándalo que cien travestis paseen semidesnudos o, directamente, desnudos en una carroza por la puerta de Alcalá (aclaro que personalmente me importa un bledo si se pasean o no y cómo lo hacen) y, por tanto, sería discutible qué es o no un escándalo. Pero parece un hecho indiscutible que toda la vida de los personajes públicos o, mejor dicho, pagados con dinero público (que sí es de alguien, es el que pagamos con nuestros impuestos) está sometida a un escrutinio férreo y la figura del escándalo ha tomado una nueva dimensión. ¿Qué ha ocurrido, qué ha cambiado?

Un mundo hiperconectado

Al margen de los cientos de medios de comunicación (prensa, radio, televisiones) que existen, que ya es dejar al margen, hay dos hechos que han cambiado el mundo en el que vivimos y, sobre todo, en el que viven los personajes públicos. Uno: hay 50 millones de móviles por el país, más de uno por habitante. Cincuenta millones de máquinas fotográficas que llevamos cada uno en el bolsillo y que pueden captar cualquier imagen en cualquier momento. O grabar una conversación. En el sitio más inesperado o inadecuado. Y dos: esa imagen puede dar la vuelta al mundo en instantes vía Facebook, Twitter, e-mail o SMS. La foto, el vídeo o la grabación o, simplemente, un comentario al respecto de lo que se ha visto llegará a la velocidad del rayo a otros miles de terminales. El Gran Hermano, pero a lo bestia, porque todos somos el Gran Hermano del de al lado. Además, existen cientos de digitales, webs y blogs dedicados casi exclusivamente a la denuncia sistemática. Cuando las denuncias son ciertas, son devastadoras para la reputación de la institución o personaje denunciado.

No sólo ser honrado, sino parecerlo

En buena parte, es aterrador, pero así es la vida y no va a cambiar. Los cargos públicos que no se hayan enterado todavía, se enterarán más tarde o más temprano. Ahora hay que ser honrado, parecerlo y, además, mantener una conducta, digamos, apropiada. Constantemente. En otro caso, es prácticamente seguro que la gente -el pueblo, el competidor, el enemigo- se va a enterar más tarde o más temprano. No es cuestión de mala suerte (partirse la cadera, por ejemplo). Es que estar en un puticlub en Melbourne, a 23 horas de viaje, ya no es sinónimo de privacidad. Aunque puede dar lugar a situaciones muy injustas, el hecho es que hay un periodista de investigación en cada esquina. O un cotilla.

Y para terminar, dos temas: esto es extensible a las corporaciones y empresas y altos cargos. Tienen que extremar el cuidado de su reputación. Y, dos, el pueblo vota cada cuatro años pero en Twitter, por ejemplo, vota a todas horas. Si no están de acuerdo, pregunten a los personajes y personalidades que abren este artículo. Mucho ojo porque hay mucha gente que está harta de conductas reprochables, despilfarros absurdos, cohechos propios o impropios.

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