El blog de Guillermo Gortázar

Fiasco en La Habana

¿Qué ha ocurrido en La Habana para que Raúl Castro no recibiera a un ministro del Gobierno de España, que ha preparado este viaje durante tres años y no ha hecho otra cosa que defender al Gobierno de Cuba en Europa y en España? Rajoy y Margallo pusieron fin a la política tradicional del PP respecto a Cuba  (apoyo a la disidencia democrática y relaciones correctas, pero frías, con la dictadura) y Raúl Castro les paga con un plantón en La Habana.

Garcia-Margallo ha debido sentirse el pasado martes 25 de noviembre como el Ministro Moratinos, quien después de defender a Cuba en la Unión Europea y reunirse en numerosas ocasiones con Raúl Castro, no obtuvo el apoyo de Cuba para ser elegido director general de la FAO. Y es que La Habana es experta en usar y tirar como un kleenex a quienes ya no le sirven, porque ya tienen el trabajo hecho, y carecen de  recorrido futuro. Castro no respeta ni agradece a los serviles.

Al llegar a su despacho, en 2011, el Ministro lógicamente no sabía mucho sobre Cuba, salvo intuiciones y prejuicios contra la Posición Común Europea. Lo primero que debieron haberle informado en el ministerio, y no lo hicieron, es que las relaciones hispano cubanas son un tema del que muy difícilmente se sale airoso y es un campo de minas tendidas por la experta diplomacia cubana especializada en resistir y aguantar toda clase de circunstancias adversas. Algunos diplomáticos con experiencia en Cuba le dijeron una verdad sobre Cuba pero le ocultaron otras. La verdad que le comunicaron es que la Cuba de 2011 no tenía nada que ver en el contexto internacional con la Cuba de 1996. Entonces, se trataba de un régimen apestado, aislado, y en trance de ser enterrado; ahora, Cuba es un país muy influyente en Venezuela, Bolivia, Ecuador, con las FARC en Colombia (vaya compañía) y cuenta con el apoyo decidido de Argentina y Brasil. Por todo ello, si España quería seguir manteniendo una influencia latinoamericana a través de las Cumbres, es esencial “llevarse bien” con el Gobierno cubano, que Raúl Castro pase de ser un ausente hostil de las Cumbres a un líder presente y un factor positivo. Pero esta nueva estrategia derivada de un “cambio dramático de circunstancias” chocaba con la política tradicional del PP y la resistencia de la UE en retirar la Posición Común Europea. Había, por tanto, que doblegar la política del PP y sortear la Posición Común Europea. Es decir, hacer lo mismo que pretendía Moratinos, pero con distintas palabras. García-Margallo se puso a ello con entusiasmo.

La parte que los diplomáticos le ocultaron al ministro es que Cuba seguía igual o peor que en 1996

La parte que los diplomáticos le ocultaron al ministro es que Cuba seguía igual o peor que en 1996. No le dijeron que la represión se había incrementado (se ha multiplicado por cuatro el número de detenidos y represaliados en tres años), que la libertad económica y la seguridad jurídica no existen en Cuba, y que el régimen, mientras vivan los Castro, es irreformable. Tampoco le contaron que Fidel y Raúl acostumbran a no corresponder al “buenismo”. Por muy favorable que te muestres al diálogo, ellos no ceden un milímetro de terreno político salvo la expulsión del país de prisioneros a cuentagotas con la reserva inagotable de posibles nuevos presos para rellenar las cárceles y tener nuevos sujetos de negociación y de muestras de “generosidad”. Así, cuando un relevante político europeo o español visita La Habana, Castro suele regalar la libertad de tres o cuatro víctimas de la represión.

El “accidente” de Oswaldo Payá y del joven Cepero terminó por convencer al ministro. Comprobó el tipo de gente con la que se enfrentaba y decidió rendirse por completo al Gobierno de Castro y desplegar toda una panoplia de argumentos favorables a La Habana para ser bien recibido en un futuro viaje a Cuba.

En primer lugar, García-Margallo se convirtió en un defensor eficaz de los intereses de Castro en Europa y obtuvo lo que no había conseguido el pertinaz Moratinos: poner en marcha, encauzar, la aprobación de una acuerdo de cooperación UE-Cuba. Los grupos parlamentarios europeos hicieron ver al régimen castrista que, dado que el acuerdo tenía que ser aprobado en el plenario del Parlamento, difícilmente iban a contar con su aprobación, si los beneficiarios del Premio Sajarov no podían salir de Cuba. Puesto este tema  en una balanza, Castro decidió permitir el viaje de algunos disidentes (no todos) con lo que enviaba un falso mensaje de apertura y conseguía desbloquear el inicio de la negociación.

La segunda cuestión fue defender la pulcritud de la farsa judicial a la que se sometió al Sr. Carromero. Ahí Margallo se empleó a fondo. El  resultado fue dejar en la más absoluta indefensión a la familia y la memoria de Oswaldo Payá y Harold Cepero. Pero había que hacer méritos y cada vez que salía el caso Payá, Margallo atacaba  mucho más a su correligionario del PP, Angel Carromero, que a una dictadura totalitaria cuyas sentencias las redacta la seguridad del estado.

Todavía eran precisos más méritos, pues había que superar a Moratinos toda vez que el Sr. Margallo procedía del partido de Aznar. Había que dejar claro que se terminaba por completo el apoyo a la oposición democrática cubana y así el Ministerio de AA.EE. cerró todas las vías de financiación orientadas a ayudar a las familias de los presos políticos cubanos o a programas de formación, comunicación y acogida de los disidentes en Cuba y en España. Por el contrario, sólo en el mes de febrero de 2014, el Gobierno de Rajoy, según el BOE, concedió diversas ayudas a organizaciones castristas: 80.000 euros a la Federación de Mujeres Cubanas del Partido Comunista de Cuba, 500.000 euros a Cubasolar, una empresa oficial del Gobierno de Cuba, y otros 740.000 a diversos proyectos oficiales de la Isla. En aquel momento a muchos nos pareció que lo que era un “cambio dramático” era el del Gobierno Rajoy-Margallo a favor de la dictadura cubana.

García-Margallo jamás se temió que no fuera a ser recibido por el dictador cubano

Puestas así las cosas, García-Margallo jamás se temió que no fuera a ser recibido por el dictador cubano. Es más, imprudentemente, se le ocurrió alegar que era portador de “mensajes muy concretos” de los EE UU, extremo que la Secretaría de Estado de Obama se  apresuró a desmentir. A la manera socialista, García-Margallo había tenido buen cuidado en garantizar al Gobierno de Cuba –no se fueran a enfadar- que no se iba a entrevistar con líderes de la oposición democrática. A lo máximo, podría “interceder” en favor de algún gesto en beneficio de quienes aún no tienen permiso para viajar fuera de Cuba o regresar a su patria. Leve apoyo político comparado con un reconocimiento formal de la oposición democrática contenido en la Posición Común, aun vigente en la UE.

La teoría de que el plantón a Margallo responde a su defensa de la democracia (en la Transición española ¡¡¡¡) en una conferencia universitaria, quizás le sirva de consuelo subjetivo y de propaganda al ministro y a la Moncloa, pero está absolutamente fuera de la realidad. El régimen cubano no tiene hoy nada que ganar con Rajoy-Margallo (ambos hace tiempo que ya han demostrado que están sometidos, vencidos) y, al contrario, el Gobierno de España es el que le ha hecho ver a Castro que es muy importante para Madrid. Raúl Castro se regodea en reducir al Ministro de Asuntos Exteriores de España a la condición de mero visitante turístico de La Habana Vieja que se pasea con el Historiador de la Ciudad. El balance del viaje no puede ser más decepcionante.

Desde el punto de vista político, la nueva estrategia de Rajoy y García-Margallo es un reflejo más de un giro derechista, fraguista, en relaciones exteriores del PP hacia la antigua  APde 1989. En efecto, el tema de Gibraltar, la sumisión al eje alemán, el reconocimiento de Palestina en contra de Israel, las tensas y distantes relaciones atlánticas (Obama tardó veintisiete meses en recibir a Rajoy cuando más de seis meses se considera un desplante), las “advertencias” y torpezas de Margallo con Rusia…. . Una política exterior con ribetes franquistas, de Castiella y de Fraga. Ahí se inscribe la “nueva” política de Rajoy de  relación con La Habana: llevarse bien con los Castro, ignorar a la disidencia, “interceder” privadamente sobre algunos casos, turismo y abrazos….

La política del PP desde 1990 hacia Cuba, a los efectos de influir en la evolución del régimen de Castro fue tan poco eficaz como la socialista o la actual de Rajoy (entre otras cosas porque el futuro de Cuba depende de los cubanos), pero al menos tenía la dignidad de colocarse del lado de la libertad y la democracia y enviar un mensaje de apoyo a la oposición democrática. Cosa que no ocurre en la actualidad. Las “buenas relaciones” de Rajoy con el castrismo para que no sea un incordio en las Cumbres y en los intereses de los lobbies hoteleros en Cuba, como se ha visto, no dependen de la deferencia, de la complacencia, de Madrid hacia Castro, sino de la propia estrategia de la dictadura. Es una lección sabida desde hace cincuenta años.

El fiasco de La Habana recuerda, con toda la distancia de personajes y dramatismo,  la frase de Churchill a Chamberlain con ocasión de su reunión con Hitler en 1938: “Puestos a elegir entre la guerra y el deshonor, habéis elegido el deshonor, pero además tendréis la guerra”. Esto es un poco lo que les ha ocurrido a Rajoy y a García-Margallo. Puestos a elegir entre los principios y la connivencia, habéis elegido la connivencia pero al final no tenéis ni principios ni connivencia. 


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