El blog de Fernando Álvarez-Barón

Spanish way of life

En España existen más de 25 millones de viviendas construidas, según los datos (ya superados) del Instituto Nacional de Estadística para 2011. Del total de viviendas construidas, las vacías y segundas residencias suman 6,8 millones de viviendas. Si a estas viviendas vacías y secundarias les aplicamos el precio medio por metro cuadrado, publicado por el Ministerio de Fomento, de 1.531 euros, y consideramos un tamaño medio de 100 metros cuadrados, la cifra resultante es de escalofrío. En España tenemos una sobrecapacidad de viviendas (vacías+segundas residencias) similar al Producto Interior Bruto, que supera el billón de euros.

España es el primer país europeo en número de viviendas por habitante; 544 viviendas por cada mil habitantes, según Housing Statistics in The European Union para 2010. Y no pensemos que en España tenemos malas viviendas. Nuestro parque residencial esta a la cabeza de Europa en tamaño: 99,1 metros cuadrados medio de vivienda en España, frente a los 89,9 metros de la vivienda alemana o los 83 metros de la vivienda media europea. Y además, tenemos las residencias más nuevas de Europa, con el 53% del total de nuestras viviendas construidas después de 1971, frente a tan solo el 26% de Alemania o el 39% de viviendas italianas posteriores a 1971.

La principal decisión económica que ha hecho la abrumadora mayoría de los españoles en su vida es la compra de una vivienda. El 85% de las viviendas en España lo son en propiedad, frente a tan solo el 46% en Alemania o al 57% de la vecina Francia.

La inversión en vivienda no solo ha sido el mayor esfuerzo económico y financiero de cada español en las últimas cuatro décadas sino también la decisión vital que más consenso social, familiar y de todo tipo, ha tenido. A menudo los consensos en los que se asienta nuestra vida social no son más que un conjunto de mentiras compartidas que nos hacen más fácil la existencia en el corto plazo. En el caso del consenso de los españoles en torno a la vivienda, las mentiras que más nos hemos repetido unos a otros, en nuestra ruidosa vida comunitaria, es el mito de la seguridad que proporciona la vivienda en propiedad y el tópico de que los pisos nunca pierden valor. Simultáneamente, durante estas últimas cuatro décadas, una pléyade de insensatos se ha dedicado, desde las facultades de economía de medio mundo, a decir de los españoles (y también de otros grupos nacionales) que somos seres racionales que conocemos nuestros gustos presentes y futuros y que tomamos buenas decisiones que maximizan nuestros intereses.

Los humanos (incluidos los catalanes y el resto de los españoles) somos expertos imitadores. Mediante la imitación nos aproximamos a los demás, lo que tiene grandes ventajas para la cohesión social en el corto plazo y grandes daños en el medio y largo plazo. Por eso, los consensos son tan funcionales y tan agradables en el corto plazo y tan hueros y tan sin sentido cuando acaban. España puede presumir en su etapa democrática de haber construido una sociedad modélica en el contexto europeo, pero al precio de unos excesivos y arbitrarios consensos en torno a la vivienda (el más dañino), la familia Borbón o la pretendida bondad del bipartidismo.

Como toda sociedad sofocada por los consensos, España no ha sido capaz de ver los "cisnes negros" que nos van a sacar de la crisis. Si, como dice Nassim Taleb, España no va a ser recompensada económicamente por sus destrezas y habilidades (aunque sea a través del agresivo método del ensayo y error), al menos la economía de mercado y la señora Angela Merkel nos van a permitir tener suerte. Parece ser que la casualidad (Black Swan) ha querido que alguien en la aldea global se haya fijado en que somos el país europeo con mayor numero de ladrillos per cápita. Y tal vez, por esta anécdota estadística, los grandes magnates hedonistas del juego nos traerán la fortuna y el empleo, no por nuestras destrezas ni por nuestros consensos, sino por algo menos arbitrario y más igualitario como es la suerte. Shana Tova Señor Adelson, Shana Tova Señor Bañuelos.


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