El blog de Eguiar Lizundia

La política correcta

Uno de los rituales de paso más habituales para los españoles que hemos establecido residencia de este lado del Atlántico es asumir como propio el lenguaje políticamente correcto de los norteamericanos. Ni la comida rápida o la propina obligatoria exigen el esfuerzo de adaptación que supone conformar el léxico florido de los habitantes de la piel de toro a los cánones estadounidenses, tajantes en lo que se refiere al uso de términos que puedan resultar ofensivos para determinadas sensibilidades. No obstante, este es un requisito básico para quien desee integrarse en esta sociedad y aprovechar las oportunidades de vida que ofrece.

Hace ya décadas que los estadounidenses acordaron de forma tácita no proferir según qué términos que pudieran causar ofensa a algunos de sus compatriotas

Hace ya décadas que los estadounidenses acordaron de forma tácita no proferir según qué términos que pudieran causar ofensa a algunos de sus compatriotas. Los motivos que llevaron a este pacto no tuvieron que ver con la cursilería y doble moral que habitualmente se atribuye desde Europa, sino con la necesidad de restañar las profundas heridas causadas por un pasado esclavista y décadas de segregación. El objetivo era trasladar al lenguaje una nueva realidad política inclusiva y –ahora sí-verdaderamente democrática.

La clave de bóveda de este acuerdo fue la empatía: la voluntad de ponerse en la piel del posible aludido, esté este o no presente. El corolario de este nuevo contrato social fue la inmediata dignificación de la población negra y de otros colectivos tradicionalmente discriminados (latinos, asiáticos, homosexuales), que fueron exigiendo que el respeto hacia la singular historia de los afroamericanos se les hiciera extensivo. Y esto por mor de un mero cambio en el lenguaje simbólico de la mayoría. No hace falta ser discípulo de Lacan para advertir la potencia inherente del significante y cómo este supedita a veces al significado.

Una ventaja adicional de esta autocensura de sello norteamericano es que con el tiempo se convierte en un arco reflejo. De la misma forma que nuestros padres nos instruyeron a tener buenos modales en la mesa no por su particular inclinación hacia el decoro victoriano, sino de forma pedagógica para ahorrarnos situaciones indeseables cuando estuviéramos allén del umbral del hogar familiar, los norteamericanos han aprendido a ahorrarse situaciones desagradables a través del destierro de determinados vocablos de su lenguaje.

Se impone la aceptación velada de que algunos sintagmas son excluyentes y que por lo tanto es mejor no usarlos en democracia

Obviamente este no es el caso en España. Todavía es habitual escuchar a nuestros compatriotas utilizar términos tan despectivos como “sudaca” o “moro”. El argumento esgrimido muchas veces es la falta de intencionalidad o la neutralidad de la palabra. Sin embargo, no puede tacharse de casual que el estudiante de Erasmus en Bolonia que compartió piso con un compañero coreano ya no se refiera a los compatriotas de este como “chinos”, o que el padre cuyo hijo ha salido del armario haya preferido “homosexual” a otras opciones para describir la orientación sexual de su vástago. Parece claro que de forma progresiva vamos convergiendo hacia el modelo norteamericano, a medida que nuestra sociedad se va haciendo más plural. Se impone la aceptación velada de que algunos sintagmas son excluyentes y que por lo tanto es mejor no usarlos en democracia.

En todo caso, la utilización de un lenguaje no ofensivo conoce y debe conocer excepciones. La primera tiene que ver con el medio en el que se hace uso de determinado lenguaje. Independientemente de lo que le parezca a cada cual, no cabe duda de que cada uno es libre de utilizar determinados términos sin temer ofender a nadie en la intimidad de su hogar o en el círculo de familiares o amigos. De forma contraria, es incuestionable que el comentario de Facebook adquiere una proyección que excede en varios órdenes de magnitud a la mofa en la oreja del colega, y lógicamente debe recibir distinto tratamiento.

La salvedad adicional es el humor, en dos variantes. La primera se da cuando el que hace la burla es a la vez objeto de la misma. Así, incluso en algunos temas tan sensibles como el Holocausto, uno podría imaginarse a alguno de sus supervivientes llevar el humor negro hasta el límite y permitirse alguna broma macabra. La segunda es que no haya una intencionalidad discriminatoria. Es decir, que se le pueda suponer un ánimo exclusivamente jocoso y burlón al que hace el chiste, y no una voluntad ofensiva o denigratoria (consciente o no). Este es el caso del humor que practican publicaciones como Charlie Hebdo, cuyos dibujantes no muestran preferencia alguna en sus objetivos: todos son susceptibles de mofa o parodia.

Bajo el paraguas de un pretendido humor negro, Zapata y compañía se ensañaron de forma pública con determinados colectivos e individuos

He aquí el principal problema de los tuits de los concejales de Ahora Madrid que han desatado la polémica. Bajo el paraguas de un pretendido humor negro, Zapata y compañía se ensañaron de forma pública con determinados colectivos e individuos siguiendo un patrón evidente e inscrito en una dinámica perversa de degradación del adversario. No es casualidad que los objetivos de los chistes de los autores siempre hayan remitido a agentes a los que la extrema izquierda ha sido tradicionalmente hostil (judíos, víctimas de ETA, políticos del PP o simpatizantes como el padre de Marta del Castillo). Ya hayan sido actos fallidos, estas actitudes no son compatibles con la inclusión democrática. Las exigencias de dimisión no tienen por tanto que ver con la corrección política, sino con llevar a cabo la política correcta.


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