El blog de Eguiar Lizundia

El otro petróleo canario

Tras meses de movilizaciones ciudadanas, amagos de referendos devenidos en pseudo-encuestas, demandas judiciales y ríos de tinta vertidos en la prensa… resulta que no hay petróleo en las costas orientales de Canarias. Bueno, haberlo haylo, pero no de la calidad adecuada ni en la cantidad suficiente para su explotación rentable según Repsol. Especialmente en un contexto económico en el que el precio del crudo acumula caídas de un cincuenta por ciento en su precio internacional en menos de un año, en una tendencia sin visos de invertirse en el corto plazo.

Es paradójico ver a un gobernante jactarse de la ausencia en su territorio de una potencial fuente de riqueza

El gobierno canario no tardó en interpretar la noticia como un triunfo. Habiendo hecho de la oposición a los sondeos uno de los principales soportes de la campaña de victimismo frente a Madrid que es santo y seña y único programa de Coalición Canaria, no es de extrañar. Lo que sí es paradójico es atender al episodio insólito de ver a un gobernante jactarse de la ausencia en su territorio de una potencial fuente de riqueza; la falta de un recurso que, si no hoy en día quizá en un futuro, resultase provechoso –o incluso imprescindible– explotar.

Pero para ser justos, Paulino Rivero no ha sido el único en celebrar la constatación de que el archipiélago canario carece de combustibles fósiles comercializables. Una amplia mayoría de mis paisanos, de dar por válidos los resultados de esa encuesta con formato de referéndum engañoso, debe hoy congratularse del fracaso de Repsol (la pequeña muestra anecdótica de amigos y familiares consultados va en la misma dirección). Sus razones, el haber abortado un daño medioambiental incalculable, si bien en potencia. Porque aquí nunca hubo lugar para el cálculo de riesgos ni la ponderación de beneficios frente a la virtualidad de una catástrofe. La oposición a la exploración de hidrocarburos fue siempre sentimental y casi supersticiosa, de ahí que se articulase frente a la mera posibilidad de su existencia y desdeñase el debate sosegado y racional sobre pros y contras.

La amenaza de una marea de chapapote es hoy en día un riesgo mayor que cuando parecía que la instalación de las plataformas de Repsol era inminente

La pregunta es: ¿tienen motivos para estar satisfechos? La amenaza de una marea de chapapote, sin duda la mayor preocupación de la opinión pública movilizada, es hoy en día un riesgo mayor que cuando parecía que la instalación de las plataformas de Repsol era inminente. Marruecos ya ha hallado crudo en los bloques saharauis y tiene intención de iniciar su explotación comercial. Dada la cercanía de Canarias al país vecino, no parece descartable que cualquier fuga en sus costas arribe en las nuestras. El gran problema es que, frente al tan temido vertido local, para el que habría habido planes de emergencia e infraestructura física de haber pozos de este lado del Atlántico, hoy en día estamos desprotegidos. ¿O es que alguien espera que se desplieguen los medios necesarios en Puerto del Rosario o Arrecife para afrontar una crisis derivada de la actividad petrolera en Marruecos sin la existencia de una operación similar en las aguas de Fuerteventura y Lanzarote? ¿Quién acarrearía con unos gastos que sí podrían habérsele impuesto de justicia a Repsol de haber tenido éxito en sus catas?

Con todo, pareciera que sí que existe un motivo para la alegría. Siempre hubo un argumento poderoso que desaconsejaba una empresa de este tipo en Canarias –nunca mencionado en la prensa regional– y  es el relacionado con los efectos perniciosos que producen las fuentes de riqueza externas como el petróleo sobre la política y la economía de los territorios que las albergan. Como señala la literatura que ha estudiado el fenómeno del Estado rentista, la disposición de un recurso altamente valioso que no resulta de un esfuerzo productivo interno sino que viene dado por la naturaleza genera incentivos perversos para el buen gobierno. En su caso extremo, puede suponer un obstáculo para la democratización de aquellas naciones altamente dependientes del petróleo (véase la Península Arábiga), en la medida en que el no depender de la imposición de tasas a los ciudadanos para obtener ingresos libera al Estado de su responsabilidad de rendir cuentas a estos. Al mismo tiempo, permite al Estado premiar y castigar a sus habitantes mediante el reparto discrecional de subsidios y otro tipo de prebendas, fomentado en último término la corrupción. A nivel económico, la dependencia de una renta externa también puede constituir una maldición, en tanto que desincentiva el desarrollo de industrias alternativas y genera vulnerabilidad a posibles “shocks” venidos de afuera.

Cualquiera diría que los efectos de la dependencia de una renta externa ya están entre nosotros. ¿Qué son si no los ingresos procedentes del turismo?

Lógicamente, Canarias no está a medio democratizar, y tampoco las mejores estimaciones del petróleo bajo sus aguas previeron una abundancia tal que pudiera haber disparado un cambio radical de la matriz productiva de las islas. No obstante, la comunidad ya muestra los peores indicadores socioeconómicos de España y la corrupción campa a sus anchas. Cualquiera diría pues que los efectos de la dependencia de una renta externa ya están entre nosotros. ¿Qué son si no los ingresos procedentes del turismo, responsable de más de un 30 por ciento del PIB del archipiélago? Un maná resultante del sol, el mar y las playas. Y hoy en día también de la inestabilidad en otros destinos competidores, como evidencia tristemente el atentado de Túnez de hace unos días. Pura renta obsequio de la naturaleza y la geopolítica.


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