OPINIÓN

Contra la corrupción, más imaginación

Un enfoque integral contra la corrupción debe ir más allá del reconocimiento de ciertos patrones culturales y del rediseño de las instituciones.

Imagen de archivo de Luis Bárcenas.
Imagen de archivo de Luis Bárcenas. Gtres

Muchos acordarán que si hay algo que no necesita el debate acerca de la corrupción en España es más voces. No obstante, hace algunas semanas el profesor Pau Marí-Klose publicaba una tribuna en el diario El País que traía un soplo de aire fresco a una discusión dominada por argumentos trillados. Al poner el acento sobre la desigualdad, Marí-Klose no sólo incorpora una nueva variable al análisis del fenómeno de la corrupción, sino que también llama la atención sobre un problema acuciante y a menudo olvidado. La receta propuesta, sin embargo, es parcial y, por lo tanto, llamada a fracasar. Si bien mejorar la inclusión social y la igualdad de oportunidades podría contribuir a reducir la corrupción, una acción política que no ataque de manera integral el medio ambiente en el que se engendran las prácticas corruptas no podrá tener éxito.

Estados Unidos es sustancialmente menos igualitario que España, ¿cómo así entonces su clase política es aparentemente más limpia?

La igualdad se relaciona positivamente con múltiples variables, incluida una menor corrupción. Así, los países nórdicos, que como es bien sabido son los que presentan una distribución del ingreso más igualitaria, no son solamente líderes en cuanto a la mitigación de la desigualdad se refiere, sino que destacan en casi todos los indicadores que miden el desarrollo humano. Sin embargo, el liderazgo nórdico no permite deducir que una menor inequidad explique, por ejemplo, un mayor uso de las energías renovables. Costa Rica es el país más verde del mundo según algunas clasificaciones y su índice Gini en coeficiente de desigualdad es muy elevado. De la misma forma, la tesis de Marí-Klose no explica por qué Italia, siendo relativamente si no menos desigual que España, es significativamente más corrupta. Lo mismo que lo países de Europa del este. Y algo parecido sucede a la inversa. Estados Unidos es sustancialmente menos igualitario que España, ¿cómo así entonces su clase política es aparentemente más limpia?

Por otro lado, Marí-Klose sostiene que la desigualdad activa un círculo vicioso de desconfianza en el otro que genera un equilibrio subóptimo del que es difícil salir. Si bien no hay duda de que esta dinámica opera en España, no explica por qué aquellos que no enfrentan el “contexto adverso” del que habla Marí-Klose no tienen inconveniente en llenarse los bolsillos a dos manos. Las dependencias de la senda existen, pero no siempre tienen que ver con claves socioeconómicas. La cultura del pelotazo es difícilmente atribuible a la desestructuración social; es más, cabe argumentar que sólo es posible en contextos donde existe un nutrido capital social, aunque sea bajo una concepción patrimonialista del Estado. Y es que no se trata de hacer apología de los argumentos culturalistas, sino de reconocer el papel innegable que cumple la sanción social a la hora de controlar la conducta de los individuos.

De forma análoga a los que sostienen que la clave para resolver los déficits de calidad democrática en España pasa exclusivamente por reformar la Constitución, en España son legión los que fían todas sus cartas al BOE

En lo que sí acierta Marí-Klose es alertar del peligro del fetichismo institucionalista. De forma análoga a los que sostienen que la clave para resolver los déficits de calidad democrática en España pasa exclusivamente por reformar la Constitución, en España son legión los que fían todas sus cartas al BOE. Dicho esto, a pesar de que la efectividad de los pactos anti-corrupción es limitada, no menos cierto es que introducir cambios institucionales puede funcionar y existe evidencia sobrada al respecto. Estudiosos del tema como el profesor Víctor Lapuente han documentado, por ejemplo, cómo la reducción de la discrecionalidad de los políticos tiene efectos demostrables positivos sobre la corrupción. El reto es conseguir que estos se impongan restricciones creíbles a sí mismos, lo cual es difícil pero no imposible.

Con todo, un enfoque integral contra la corrupción debe ir más allá del reconocimiento de ciertos patrones culturales y del rediseño de las instituciones. Otro tipo de intervenciones son necesarias, y aquí es donde la experiencia de la cooperación al desarrollo en el área de la transparencia y la rendición de cuentas puede arrojar algunas luces. Entre otras medidas que han tenido resultados interesantes en muchos países del mundo destacan aquellas que involucran a comités de ciudadanos en el seguimiento y la auditoría de las cuentas públicas de sus municipios, para lo que es necesaria la publicación de información oficial de forma que sea más fácil de entender por la ciudadanía, como a través de la preparación de presupuestos ciudadanos. Asimismo, es clave apoyar el periodismo de investigación, especialmente a nivel local, que es donde los medios son más escasos y la independencia de los periodistas más frágil. Por otro lado, el uso de la tecnología permite hoy en día una involucración mayor de los votantes y también reduce la capacidad de los gobernantes de actuar de manera discrecional; por ejemplo, en la adjudicación y seguimiento de los contratos públicos. Aquí hay cabida para una mayor participación del sector privado. En España existe aún amplio margen para implementar estas y otras medidas que, aunque menos llamativas que los grandes planes de muchos, tienen potencial para producir cambios incrementales y de largo recorrido.

Se trata de adoptar una estrategia polifacética, más imaginativa y que tenga en cuenta distintos niveles de intervención

En definitiva, se trata de adoptar una estrategia polifacética, más imaginativa y que tenga en cuenta distintos niveles de intervención. Y esto pasa por fomentar una ciudadanía vigilante y organizada que someta a los poderes públicos a un escrutinio constante y que acepte el reto de controlar a sus representantes de forma directa y a través de distintas fórmulas. Para ello es preciso primero reconocer la responsabilidad de todos nosotros en hacer frente a la lacra de la corrupción, en lugar de presentar a los ciudadanos exclusivamente como víctimas de un sistema injusto. No hay que esperar a que la situación socioeconómica mejore para empoderar a los ciudadanos. Sólo tomando el control sobre los asuntos que nos afectan conseguiremos entre todos superar el statu quo.


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