El blog de Eguiar Lizundia

La conjura de los necios

Decía el periodista Santiago González en su blog hace unos días que los libros de estilo de su profesión recomiendan no tomar prestados títulos de novelas o películas para rotular artículos, pero que a veces la tentación es muy grande y le puede a uno.  Y tanto.  Hay ocasiones en las que se hace imposible resistirse  al poder sintetizador de algunos sintagmas,  a la inmensa capacidad expresiva que poseen  determinadas combinaciones de palabras. Para ejemplo, el nombre del clásico de John Kennedy Toole.

Otras veces lo que sucede es que la realidad se empeña en hacer méritos para apropiarse del título, haciendo su utilización prácticamente inevitable. ¿Cómo calificar a la maniobra del ala más radical de los republicanos de la Cámara de Representantes de Estados Unidos si no es con el encabezamiento que antecede estas líneas? Paralizar el funcionamiento de gran parte del gobierno federal  (parques nacionales, instituciones científicas, secciones enteras de organismos gubernamentales) para tratar de forzar la derogación de una ley (la Affordable Care Act, conocida Obamacare) cuando se sabe que las posibilidades de que esto ocurra son inexistentes (puesto que, entre otras cosas, exigiría la renuncia del presidente Obama a su principal compromiso electoral a menos de un año de haber sido reelegido) sólo puede ser cosa de conspiradores y majaderos, o lo que es lo mismo, de necios conjurados. 

Porque parece mentira que aquellos que usan las mentiras más burdas (“la aprobación de Obamacare es el primer paso hacia el totalitarismo comunista en Estados Unidos”) y desprecian obscenamente la ley (la reforma del sistema de salud fue aprobada por las dos cámaras del Congreso y refrendada por la Corte Suprema, está vigente y por lo tanto obliga financieramente) mantengan la ridícula esperanza de que este chapucero chantaje dé sus frutos.  ¿Cómo se puede pretender que un presidente elegido sobre la promesa de ofrecer soluciones a los treinta millones de norteamericanos sin seguro sanitario derogue (no negocie, modifique o enmiende) una ley a cambio de que el Congreso haga lo que debe hacer, que es autorizar partidas presupuestarias para la aplicación de la misma? Sólo una concepción mafiosa del proceso democrático permite justificar como resistencia ciudadana lo que no es más que extorsión.

Sin embargo, el Tea Party no está sólo. El radicalismo adolescente de sus dirigentes, ese afán de salirse con la suya a toda costa, no es patrimonio exclusivo de los republicanos más cerriles.  En España, sin ir más lejos, llevamos ya varios meses siendo testigo de este tipo de política maximalista y parademocrática.  El abrazo de la causa independentista por parte de CiU y muy especialmente el presidente Mas es un claro ejemplo de esta estrategia pueril en la que el fundamentalismo programático se antepone al necesario juego de cesiones que es la democracia parlamentaria.

Se argumenta que los sondeos  muestran que un porcentaje muy elevado  de la población catalana está a favor de celebrar una consulta y que por lo tanto ´wsta es una cuestión de “radicalidad democrática”. También los detractores de Obamacare ganan en las encuestas, pero la ventaja demoscópica (siempre variable, no lo olvidemos) no otorga legitimidad democrática ninguna. Quien sí la tiene es el parlamento de Cataluña, tanta como los miembros electos del Tea Party, pero limitada al ejercicio de sus competencias.  Unas competencias determinadas por un estatuto de autonomía reformado recientemente con apoyo de CiU (si bien es cierto que retocado por el Constitucional, de igual forma que la ley de Obama por la Corte Suprema)  y  del que ahora todo nacionalista reniega.  Justo como los republicanos de hoy en día, que rechazan Obamacare a pesar de que la ley es, en esencia, una idea suya.  ¿Para cuándo un partit del té en Cataluña?


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