El blog de Eguiar Lizundia

La coalición populista

Los tiempos de crisis son siempre propicios para el populismo, entendido en líneas generales como un discurso que presenta al “pueblo” como una entidad intrínsecamente benéfica y víctima de unas élites corruptas y opresivas.  Los cataclismos económicos, sobre todo cuando se prolongan en el tiempo, sirven de perfecto caldo de cultivo para la aparición de sentimientos antielitistas y de rechazo del orden establecido.  La desesperación y falta de expectativas producidas por un desempleo masivo y sostenido conducen a menudo al nihilismo y la abulia, lo que en este mundo de simplificaciones y simplezas se ha venido a llamar sencillamente “indignación”.

Se entiende de este modo la proliferación de movimientos de protesta contra la clase dirigente que se vienen sucediendo en los últimos tiempos, así como la simpatía que suscitan estos grupos entre una mayoría de ciudadanos.  Unos movimientos (desde el 15M a la oleada de escraches de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca-PAH, pasando por la campaña para cercar el Congreso de los Diputados) que por su novedad y visibilidad (y en ocasiones violencia) se han comparado con una variedad de grupos y contextos históricos, tanto por sus propios miembros como por sus detractores.

Así, los jóvenes acampados en la Puerta del Sol se vieron a sí mismos hermanados con las multitudes que derribaron los regímenes corruptos y autoritarios de Túnez y Egipto durante la Primavera Árabe, mientras que los más veteranos aseguraron vivir un nuevo Mayo del 68. Otros, por su parte, han trazado paralelismos entre la agitación revolucionaria del final de la II República y el movimiento Democracia Real Ya, o comparan los cercos al Congreso y los escraches de la PAH con el paramilitarismo chavista o incluso, como Dolores de Cospedal recientemente, el mismo nazismo.

Un análisis más fino y desideologizado, sin embargo, revela que hay más similitudes entre la reacción populista que se observa en España hoy en día y un movimiento histórico no muy conocido en nuestro país: el populismo norteamericano de finales del siglo XIX.

Un invento estadounidense

Y es que al contrario de lo que comúnmente se cree, el populismo no es un movimiento político nacido en Latinoamérica. Si bien es cierto que es en esa región donde el fenómeno conoció su auge y brillaron (y todavía brillan) sus mayores figuras, la dialéctica populista es, como la mayor parte de los movimientos sociales contemporáneos, un invento estadounidense. Surgido a finales del siglo XIX en los estados sureños, el primer populismo norteamericano constituyó una reacción de los pequeños propietarios agrarios frente a la progresiva depauperación causada por las políticas económicas llevadas a cabo para contener la enorme deuda contraída por el gobierno federal con los bancos del noreste del país durante la Guerra de Secesión.  Un ajuste fiscal radical que redujo los ingresos de los pequeños propietarios agrícolas drásticamente y que, como señala el historiador y apologeta del movimiento, Goodwyn Lawrence, llevó a muchos de ellos a sobre endeudarse hasta el punto de perder sus tierras.

En este contexto, el movimiento populista no sólo se organizó en oposición  a las políticas económicas contractivas de la administración federal, sino que extendió su denuncia hacia las élites industriales y financieras  del país, fundamentalmente las empresas de ferrocarriles y los bancos. Sus demandas pasaban por una mayor intervención del Estado en la economía, que debería impulsar la inflación (en una situación deflacionaria y como vía para incrementar el poder adquisitivo de los agricultores), ofrecer crédito barato a los pequeños productores sin intermediación de los bancos y nacionalizar algunos sectores estratégicos (particularmente el de transporte de mercancías y los telégrafos).

Demasiadas similitudes con la crisis actual

Así las cosas, las semejanzas con la crisis actual y la reacción frente a esta son evidentes. Los elementos que dieron pie al populismo norteamericano (deuda elevada, contracción económica, empobrecimiento de la clase trabajadora, pérdida patrimonial) se dan uno por uno en la actualidad. Incluso la distribución territorial entre deudores y acreedores se mantiene, si bien a escala europea (desempleados del sur de Europa frente a los grandes bancos del norte y Alemania, grosso modo). Pero las similitudes van más allá. El debate económico de finales del siglo XIX en EE.UU. también estuvo dominado por cuestiones de política monetaria, como ocurre hoy. Los partidarios de continuar la emisión de papel moneda (greenbackers) iniciada en la guerra y de esa forma permitir la expansión de la economía se enfrentaron con los partidarios de volver al patrón oro, de la misma forma que hoy en día se contraponen aquellos que quieren más poder para el Banco Central Europeo y los ortodoxos en materia monetaria.

A nivel micro, la respuesta ciudadana al empeoramiento progresivo de la situación económica que se produjo entonces también se presta a la analogía. Los campesinos sureños se organizaron políticamente y crearon asociaciones de pequeños productores para tratar de obtener mejores precios por sus productos, llegando a fundar su propio partido, el Partido del Pueblo, cuyo candidato se presentó a las elecciones presidenciales de 1896 representando al  Partido Demócrata. Aunque en España está todavía por ver si cuaja una iniciativa similar a la de Beppe Grillo y su Movimiento 5 Estrellas italiano, o alguien como Ada Colau es cooptada por algún partido existente,  no cabe duda que muchas propuestas de estos grupos ya han sido incorporadas por varias formaciones políticas, como pudo verse durante el debate la Iniciativa Legislativa Popular sobre los desahucios.

No obstante, si hay un elemento que une a los movimientos de protesta de la España de hoy y al populismo primigenio norteamericano  es el apego a un mundo en desaparición y el rechazo de lo nuevo.  El rápido crecimiento de las ciudades y el desarrollo de la industria sacudieron la sociedad estadounidense del final del siglo XIX de la misma manera que las dinámicas globalizadoras (interdependencia financiera y comercial, competencia con los emergentes, crisis del Estado del Bienestar) actuales está alterando nuestra sociedad. En un mundo cambiante y radicalmente distinto al de hace tan sólo unos años, las estructuras económicas, sociales y políticas en las que una buena parte de los españoles se socializó han quedado caducas.  

El problema es que frente a esta nueva realidad que nos abruma a todos, se está imponiendo una reacción sentimental (de nuevo la indignación) con tintes paranoides, en virtud de la cual existe la creencia extendida de que la austeridad no responde a una necesidad contable, sino que es la coartada usada por el gobierno para poder acabar con los derechos sociales de los ciudadanos. Un delirio conpiranoico del que ya hacían gala muchos líderes populistas norteamericanos, quienes frustrados por el proceso de urbanización e industrialización del país, adjudicaban a la industria y al gobierno el deseo expreso de terminar con la vida agraria, tal como describe Richard Hofstadter en La Era de la Reforma.

Mal que nos pese, sucede que la indignación no es argumento.  Y que  los problemas sociales y económicos de alta gravedad y complejidad exigen una cierta profundidad en el análisis que de ninguna manera puede ser sustituida por la simplificación paranoica. Porque la indignación es un estado de ánimo y, como tal, es un impulso reactivo que no resulta de la reflexión y el examen pormenorizado de factores, causas  y soluciones.  Tras cinco años de una crisis que parece que va a prolongarse al menos otros cinco más, siguen sin aparecer propuestas alternativas y realistas a las políticas de consolidación fiscal y los recortes impuestos desde Bruselas. La situación económica y social del país es del todo insostenible, pero  la retórica grandilocuente y la simple apelación al cambio de paradigma o la exigencia de que fluya el crédito, sin especificar en ningún caso cómo se va a producir lo uno y hacerse posible lo segundo, no nos van a sacar de esta.


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