El blog de Eguiar Lizundia

Sindicalismo en ruinas

En España se han celebrado esta semana las tradicionales manifestaciones del Primero de Mayo. O eso creo. Porque la cobertura de los medios de las actividades de los sindicatos españoles es cada vez más limitada, en simetría perfecta con la relevancia menguante del que fuera históricamente el principal de los “agentes sociales”. El diario El País (¡!) casi deja la información del Día de los Trabajadores fuera de portada, dedicando un minúsculo cajetín a la noticia en la esquina inferior izquierda de su primera página, justo al lado de la publicidad.

El rol del sindicalismo en la sociedad actual parece no interesar, o al menos está completamente fuera del debate público

Decir que los sindicatos ya no son lo que eran apenas justifica una entrada en este blog. Lo que sí merece algún comentario es el alcance de su insignificancia actual, que es única respecto a cualquier grupo de presión o colectivo con interlocución política y social. En estos tiempos de crisis del sistema del 78, en los que no ha quedado prácticamente ninguna institución a salvo de la quema, de los partidos a la Corona, los sindicatos apenas han recibido atención. A diferencia de su habitual pareja de baile, los empresarios de la patronal, que han sido blanco de críticas durante los años del ajuste, de las centrales sindicales casi ni se ha hablado. Más allá del fetiche de algún comentarista y a pesar del escándalo de las tarjetas black y de los EREs de Andalucía, el rol del sindicalismo en la sociedad actual parece no interesar, o al menos está completamente fuera del debate público.

Lógicamente existen circunstancias explicativas del retroceso del movimiento sindical en España, que han sido ampliamente documentadas por los estudiosos de la materia. Entre otras cabe destacar el aumento vertiginoso del paro, la dualidad del mercado de trabajo, la flexibilización de la normativa laboral, el deterioro de la credibilidad de los líderes de las principales centrales (la “casta sindical”) y la progresiva reducción del proletariado industrial, tradicionalmente la punta de lanza del movimiento obrero. Sin embargo, ninguno de estos factores tendría que determinar la caída en la irrelevancia de los sindicatos, si acaso darían razones para su reforma y adaptación a la economía y la sociedad de principios del siglo XXI. No en vano las principales centrales en España agrupan a más de dos millones de afiliados, más que PP, PSOE, Podemos y Ciudadanos juntos. Pero la decadencia está ahí: según el CIS los sindicatos son la institución menos valorada por los españoles, sólo por detrás de los partidos políticos.

Sobre este declive reflexiona Jose María Lizundia Zamalloa en su último libro, Las ruinas del sindicalismo (Alhulia, 2016). El autor, abogado laboralista del sindicato USO durante treinta años y autor de varios volúmenes sobre los sindicatos y el laboralismo, apunta a algunas claves que explican el porqué del hundimiento de los sindicatos que tienen que ver más con las dinámicas internas de la propia actividad sindical que con condicionantes externos a estas organizaciones.

Las responsabilidades de los sindicatos, como la negociación de convenios colectivos, son en su mayor parte procesos mecánicos, repetitivos, casi automáticos

Destaca en primer lugar lo que Lizundia llama el amateurismo sindical. Los sindicatos, a diferencia de los partidos políticos, tienen incentivos limitados para la buena gestión, en la medida en que no existe la expectativa de alcanzar el poder y por lo tanto la necesidad de una mínima preparación (si bien se celebran elecciones sindicales estas son decididas por muy pocos trabajadores y entre candidaturas que sólo presentan diferencias a nivel retórico, con resultados muy constantes en el tiempo). Las responsabilidades de los sindicatos, como la negociación de convenios colectivos, son en su mayor parte procesos mecánicos, repetitivos, casi automáticos. La consecuencia de esta combinación de unas perspectivas limitadas y un quehacer poco exigente es un escaso nivel de profesionalidad, acentuado por un fenómeno de selección inversa en el reclutamiento de cuadros dirigentes.

En parte como resultado de lo anterior, los sindicalistas de hoy en día tienen una visión hierática del mundo, ajena al presente. Una cosmovisión pseudo feudal que les incapacita para entender y enfrentar una realidad compleja bajo parámetros no maniqueos. Paradójicamente esta se debe en parte al abandono de la tradición marxista en uno de sus aspectos más rescatables, la aceptación de la base material objetiva como condicionante de la acción. Con una afiliación menguante, un desempleo por encima del veinte por ciento, la progresiva desindustrialización del país y una precarización de la fuerza laboral en aumento resultaría apremiante, cuanto menos, una transformación del discurso y un lavado de cara.  Sin embargo, parece que el sindicalista español continúa centrado en lo subjetivo, es decir, en sí mismo.

Más allá de generalidades y las llamadas a sacar al PP del gobierno, los sindicalistas demuestran carecer de ideas políticas

Es cierto que, como concede Lizundia, “el sindicalismo coletea sin aire fuera del ecosistema que lo hizo nacer”, que es la revolución industrial y la sociedad de clases. No obstante, la razón más de fondo del colapso sindical debe encontrarse en lo que él considera el “déficit congénito” del sindicalismo, que no es otro que su posición subalterna y subsidiaria de la política. En España este axioma alcanza niveles paroxísticos, con la segunda central del país hermanada con el PSOE y la primera vinculada a los herederos del Partido Comunista. La gran paradoja, una vez más, es que estos estrechos lazos, lejos de potenciar el rol de los sindicatos como actores políticos, no parecen sino perpetuar su letargo.  Más allá de generalidades y las llamadas a sacar al PP del gobierno, los sindicalistas demuestran carecer de ideas políticas; ni siquiera en su sentido más prosaico o técnico (¿alguien sabe qué propone UGT para impulsar la contratación indefinida?, ¿cuál es la reforma fiscal que busca CCOO?). No es de extrañar que en la fallida sesión de investidura del pasado marzo se aburrieran. Menos mal que se pusieron a jugar al Candy Crush Saga. De lo contrario ni los habríamos visto.


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