El blog de Eguiar Lizundia

España no reconoce a Israel

Es verdad que fue el gobierno de Felipe González quien acabó en 1986 con la “flagrante anormalidad” de no mantener relaciones diplomáticas con un Estado democrático constituido unido por tantos lazos históricos con España (por mor de los judíos sefardíes). Y no es menos cierto que en los últimos años ambas naciones han profundizado en sus vínculos económicos, políticos y culturales hasta convertirse en socios estratégicos. La última prueba de lo estrecha de esta relación es la decisión del actual Gobierno de conceder la nacionalidad a aquellos judíos israelíes cuyos ancestros fueron expulsados de la Península Ibérica (Sefarad) durante los siglos XV y XVI, deuda que contrajimos todos los españoles a través de nuestros antepasados y que aún teníamos pendiente.

Sin embargo España, o para ser más precisos, los españoles, no reconocen a Israel. A los ojos de un español medio, Israel no es un Estado más. Las prerrogativas con las que cuentan otros Estados no le son aplicables. El derecho a la legítima defensa no existe para Israel, dado que debido a sus muy superiores capacidades militares cualquier recurso a la fuerza siempre será “desproporcionado”. La evidencia de que la guerra hoy en día es asimétrica o no será aquí no es eximente. Tampoco los esfuerzos de las fuerzas de defensa israelíes para evitar muertes de civiles palestinos. Mientras, las vallas de Melilla superan en altura al “muro de la vergüenza” de Cisjordania y van equipadas de cuchillas para repeler subsaharianos inermes.

Los españoles, siempre prestos a contemporizar y desagraviar, no son capaces de conceder a Israel un ápice de comprensión, entendida esta como un esfuerzo por aprehender las razones que fundamentan una determinada conducta. Cuando de Israel se trata, la patria del guerracivilismo, del “todos son iguales” y del “algo habrán hecho” se vuelve una sola en su frenesí anti-israelí (que no anti-semita ojo, nos aclaran, no vaya a ser que nos pongamos a hacer silogismos) y no hay infamia de Hamás que le haga dudar de que la culpa es una sola y siempre cae del mismo lado. El secuestro y asesinato de adolescentes, el recurso más que probado a los “escudos humanos” en escuelas y hospitales, el siri-miri de misiles sobre objetivos civiles, dejan así de existir. Lo que bajo la ley española y de cualquier otra democracia europea serían crímenes agravados por la premeditación e intencionalidad pasa a ser pecata minuta.

Y es que los españoles que se han esforzado en construir un conflicto en el País Vasco a fin de “entender las explicaciones políticas“ (en palabras del chico del momento) de ETA no ven en la crisis de estas últimas semanas la materialización dramática de un enfrentamiento enquistado, sino tan sólo “genocidio” y “masacres”. Impera un relato que presenta a Israel como una máquina de destrucción guiada por una sed insaciable de sangre palestina. Esta narrativa no sólo distorsiona perversamente la realidad, sino que también ignora el contexto. Desaparecen del análisis entonces los israelíes y palestinos moderados que están de acuerdo en lo sustancial sobre la resolución del conflicto (dos Estados de acuerdo a las fronteras del 67), pero también las dinámicas de un Estado democrático como el de Israel, en el que la población demanda a sus gobernantes que cumplan con su principal deber, que es garantizar la seguridad de sus habitantes. Es decir, se deja de ver a Israel como lo que es: un país como cualquier otro.

Sólo esta falta de reconocimiento del derecho de Israel a existir como un Estado más puede explicar por qué la opinión pública española se muestra tan escorada a la hora de apreciar el conflicto. Una opinión pública que, con excepciones, ha demostrado al mismo tiempo una elástica tolerancia frente al asesinato y desplazamiento de miles de sirios e iraquíes, y cuyo gobierno ostenta el penoso título de ser uno de los países de la Unión Europea que acoge a un menor número de refugiados, entre ellos los palestinos. 


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