Educación a fondo

El chico con tacones altos de aguja (I)

Nos quedamos boquiabiertos. El chico pasó delante de nosotros. Caminaba con dificultad manifiesta, paso lento, con tacones altos de aguja, de color rojo-chillón, con un toc-toc-toc escandaloso que invadía la atención de los que encontraba a su paso. Desconcertados, no pudimos más que centrar la atención en él

 El chico, de unos 28 años, iba vestido con ropa informal, pantalón y chaqueta vaquera desgastada, con una melena que mostraba que lo suyo no era el peinado. La guinda del pastel: los tacones de color rojo chillón. A decir verdad, sus formas tenían menos estilo que la palabra “sobaco”, o la palabra “Rubalcabra”. Andaba con la mente concentrada en sus temas, como alejado del mundo, pero, al mismo tiempo, con un toc-toc-toc atronador que alertaba a todos de su presencia.

Ocurrió el año 2007, en la Biblioteca Central de Cambridge. La primera vez que vi pasar al chico, yo charlaba entretenidamente con mi amigo Parralejo en la salita de la entrada de la Biblioteca. Nos quedamos sin palabras; como un impulso casi reflejo nos miramos mutuamente, pero sin decir palabra. Desde entonces, siempre que el toc-toc-toc invadía la sala de lectura, todos los concurrentes sabíamos que el chico de tacones rojo-chillón estaba allí. Nadie podía quedar indiferente ante el ruido, que nuestra mente inconscientemente asociaba al rojo-chillón.

 En una ocasión, ya en pleno verano, el chico entró en la cafetería de la Biblioteca. Yo estaba sentado y delante de mi había un pequeño grupo de profesores de Sociología, españoles (el volumen de su charla no deja lugar a dudas). Cuando el chico llegó a su altura, una profesora del grupo levantó su vaso de plástico y brindó por el chico: “Viva la libertad”, dijo la profesora. Pero el chico pasó de ella y le dijo algo que podría traducirse como:

No te enteras, ni por el forro

Y es que la profesora de Sociología estaba recién llegada de la España bibianesca. En el año 2007, recuérdese, estaba en la cresta de la ola el espíritu de la ciudadanía, que excluía todo lenguaje machista-homófogo-insensible, suprimía toda manifestación que alimentara la violencia entre géneros, el belicismo internacional,… Entonces, los concejales ataban los perros con longaniza y el Gobierno —o lo que aquello fuera— se podía permitir el lujo de dedicarse a predicar sobre la paz en el contexto de una sociedad plural, poblada de diversas naciones y nacionalidades, en un clima de diálogo entre todas las civilizaciones y en solidaridad trascendental con las autonomías, sin menospreciar la idiosincrasia regional y las características de todos y cada uno de los municipios que pueblan ese país llamado España.

En aquel momento yo no sabía de qué iba ese chico, pero, al mismo tiempo, no me cuadraba esa explicación “sociológica”: ¿un chico que, harto de las convenciones sociales, decide vivir libremente a su modo, sale del armario y viste sus tacones rojos? Demasiado simplista. La “mente académica europea” tiene la tendencia a explicar las cosas mediante conceptos abstractos y pintorescos, que no es más que una forma de embutir la realidad en esquemas vacíos.

De ahí que las ideologías hayan anidado tan placenteramente en los departamento de ciencias sociales de las universidades europeas. Porque una ideología, por definición, tiende a reducir la realidad a esquemas simplistas y vacíos. Que esa es la función de una ideología: simplificaciones de la realidad, normalmente usadas para conducir con eficacia el ganado. Y de ahí la atracción mutua que existe entre “las ciencias sociales” y “los partidos políticos” —de toda laya y Región.

La socióloga, en efecto, no se enteraba. El chico, a su modo, iba dando una auténtica lección sobre la cultura y la sociedad europea. Como diría Unamuno, también a su modo: «Si no hubiese excursionado por los campos de algunas ciencias europeas modernas, no habría tomado el gusto que he tomado a nuestra vieja sabiduría africana, a nuestra sabiduría popular, a lo que escandaliza a todos los fariseos y saduceos del intelectualismo, de ese hórrido intelectualismo que envenena el alma.» El chico de tacones rojo-chillón iba denunciando con su toc-toc-toc, ya en 2007, que la Unión europea estaba en vía muerta, que no era “unión” ni era “europea”. Pero el porqué de ello ha de ser desarrollado en una próxima entrega.


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