Educación a fondo

El chico con tacones altos de aguja (II)

El chico que paseaba por la Biblioteca con el toc-toc-toc de sus taconazos rojo-chillón, invadiendo la concentración de los que allí estábamos trabajando, iba dando, en efecto, una auténtica lección, aunque entonces, en 2007, todavía no éramos conscientes de ello. Como he expresado en la entrega anterior, a nadie dejaba indiferente el gachó: era como el espectáculo de la trompeta y la cabra malabarista: te puede gustar o no, pero no puede menos que atraer tu atención. El estilo del chico era desagradable, repito, como la palabra "sobaco" o "Rubalcabra", pero tenía el mérito de concitar la atención de todos los que con él se cruzaban.

Yo, sinceramente, no sabía por qué ese chico se comportaba de esa forma. Pero, de otro lado, nunca me creí esa simplicidad que venía bajo el envoltorio de explicación sociológica: "el chico que se aparta de las convenciones tradicionales, decide vivir como quiere". Demasiado simplista. De hecho, en otra ocasión observé que, cuando salía de la Biblioteca, el chico se quitaba los taconazos, los metía en su roída mochila y se iba andando descalzo, con los pies completamente desnudos, incluso en invierno, bajo el frío y la cansina lluvia de la Pérfida Albión. Sólo llevaba los tacones dentro de la Biblioteca. Por tanto, ahí había algo que no me terminaba de cuadrar. Pero, en 2007, todavía no sabía qué era aquello.

Ahora bien, este invierno, cuatro años después de aquello, visité de nuevo la misma Biblioteca y, de repente, lo vi claro como el agua. Para verificar mi intuición me dirigí a varios bibliotecarios para preguntarles si se acordaban del chico y, finalmente, di con una bibliotecaria que conocía muy bien "aquel caso". Y, en efecto, mi hipótesis era correcta.

Contra el peligro de los proyectos abstractos, tacones de aguja

La sociedad inglesa —como toda sociedad multicultural— está plagada de normas. Normas para todo, en todos los lugares, en todas las ocasiones. Para usar el autobús, lógico; pero también para usar el retrete (antes, durante y después del uso). Todos son normas. Normas para todo. Dicen que así se garantiza la convivencia. El caso es que para el uso de la Biblioteca, también hay normas, y, entre ellas, que el usuario debe entrar vestido y calzado. Pero hete aquí que el chico en cuestión no usaba calzado; nunca lo usó, ni en verano ni en invierto. El siempre iba descalzo. De modo que:

—   "Lo siento. Las normas son las normas. La norma dice que sólo se entra calzado, y sólo entrarás si llevas calzado" —afirmaba inflexible e impasible la bibliotecaria.

—  "Pero yo no uso calzado. Nunca lo he usado" — argüía el chico.

—   "No me interesa tu forma de vida. Las normas son las normas".

—   "Muy bien" —concluyó el chico, inflexible e impasible: "Calzado he de entrar. Pues calzado voy a entrar".

El chico se fue y, ni corto ni perezoso, volvió con los taconazos de color rojo-chillón. "La norma dice que calzado, y calzado voy a entrar". He ahí la cosa. Y ahí iba el chico, con su toc-toc-toc dando una lección viva acerca de su visión de Europa:

Que la convivencia no consiste en poner a la gente junta en un lugar y llenarlo todo de normas; que una sociedad que se basa exclusivamente en normas, más allá de las personas y de las características individuales, está muerta; que el abuso de las normas indica que "tú" no importas, que lo que importa es que "tú" te tragues tu originalidad y no molestes… y sobre todo, que circule el dinero. Y cada uno en su nación, y Dios en la de todos. Por tanto, Europa está en vía muerta. Y esto lo decía en 2007.

Mucho antes, afirmaba Julián Marías: "Toda moral abstracta, que parte de unos "principios" que se proclaman universales y aspiran a una vigencia absoluta, pero que de hecho tienen un origen circunstancial y hasta local, envuelve al hombre en una red de preceptos que pueden ser tupidísima y ahoga la espontaneidad." (1995)

Y… "miré los muros de la patria mía"

Dejando al margen el contenido de su propuesta, todo parece indicar que el chico dio en la clave de lo que es realmente una sociedad. Al fondo, una sociedad —el objeto de estudio de la Sociología— no es el conjunto de sus "instituciones" (esas que hoy se llaman democráticas), ni es el "Todo" que compone una nación (llámese patria, o clase, o destino histórico, o lo que sea), ni es la suma de los "individuos" que componen un grupo humano.

Más bien, una sociedad es un campo de fuerzas; el complejo de tensiones que une, o separa, las relaciones sociales. Dicho de otro modo, en un archipiélago de islas, la sociedad no es el conjunto de todas y cada una de las islas, sino el agua que, con su flujo y reflujo, une y separa todo ese conjunto. Es, por ejemplo, aquella fuerza que hace que, cuando un español se junta con un inglés, un alemán o un francés, el español muestre una reverencia incondicional; o lo que hace que, cuando un español se acerca a otro español, doquiera que estén, ambos sientan la tentación de partirse mutuamente la cabeza. 

El chico de tacones rojos entendió que esa costumbre que tienen algunos de ignorarte a base de darte en los morros con una norma, es una creencia poco humana, que termina generando conflicto. Y lo que hizo fue, mediante un simple toc-toc-toc de tacones, invadir la atención del grupo humano concitado en aquella Biblioteca para denunciar que esa costumbre absurda —la costumbre de regirlo todo a base de normas— a la larga iba en perjuicio de todos.

Por tanto, el chico trató de cambiar el rumbo de la "corriente de fuerzas y creencias dominante" (que eso es una sociedad) mediante "la presión de una fuerza inversa" (que ese es el camino del cambio social). Y, hay que subrayar, el chico lo hizo a costa de recibir descalificativos personales y desprecios de los "bien-pensantes". Así se cambia la presión de las creencias dominantes en los grupos humanos (que eso es una sociedad): ejerciendo, dentro de la corriente, una presión de distinto signo.

Desconfío de los que pretenden cambiar la sociedad a golpe de decreto o de piquetes 

Por esa misma razón, desconfío de los que pretenden cambiar la sociedad a golpe de decreto, y de aquellos que lo intentan a golpe de piquetes. Y entender eso es fundamental para la reforma de la educación pública. Para tal reforma se requieren ciertas leyes, sí, qué duda cabe. Pero para cambiar realmente una escuela —esa sociedad particular—, hay que cambiar sus fuerzas y creencias dominantes mediante una resistencia, una presión en una dirección distinta. Y, para ello, se necesitan más que leyes, y más que teorías. Se requiere, entre otras cosas, capacidad de resistencia, fuerza para abandonar la senda del ganado… Se requieren, como diría el chico, tacones altos de aguja. Y tal y como está el patio, a ver quién es el valiente que se atreve.


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