Educación a fondo

Habemus Presidente, habemus Religión

Rouco sabe que el momento ha llegado. Se espera que el agua vuelva a su cauce, y la Religión a la escuela. Queda a un lado la reyerta gubernamental contra la Iglesia, tan característica de esa cosa de Gobierno que España ha sufrido, que el pueblo ha votado. Por ello, Rouco está cogiendo impulso mediático para reclamar el lugar de la Iglesia en la sociedad. No cabe duda de que durante los últimos siete años esos ataques han sido meras cortinas de humo para tapar los verdaderos problemas de la realidad española, normalmente utilizados como medidas de presión política ante los grupos conservadores, y para dar carnaza ideológica a tanto quemaiglesias. Ahora bien, tal situación no puede ocultar la realidad de que la Iglesia de España, mejor dicho: la clase episcopal y clerical, necesita una reforma urgente y profunda, y más le valiera a la Conferencia Episcopal Española dedicarse a ello en vez de preocuparse por recobrar el terreno perdido con el anterior Gobierno. Esa reforma es una tarea previa a la de plantear el problema de la asignatura de la religión en la escuela pública.

La jerarquía eclesial española post-Vaticano II se ha caracterizado por dos tendencias: cultivar unas minorías directivas y cobijarse bajo el manto de los poderes políticos y culturales “de este mundo”. Es decir, ha caminado en sentido opuesto al Concilio. De vez en cuando la jerarquía saca a pasear a Cáritas y a misioneros, sí, pero para la foto. Y se acuerda de que “la Iglesia somos todos”, sí, pero a la hora de marcar la casilla de la Renta. Sin embargo, se ha dedicado a formar minorías directivas, no más que elites de gobierno y poder, mandando a Roma y Alemania a aquellos sacerdotes que prometen y que pueden llegar a obispos, a directores de seminarios, de revistas, etc. Y todo ello, con el dinero del rebaño de fieles.

Además, la connivencia de los obispos españoles con los poderes de turno ha sido y es de un servilismo vergonzoso, y con más grave y mayor delito, porque lo hacen utilizando sistemáticamente el nombre de Dios para cubrir sus intereses mezquinos. El Papa Benedicto XVI insiste hoy en que alejados de la Iglesia se corre el riesgo de no encontrar a Cristo, y bien que lo repite el sindicato de la sotana para congregar al rebaño. Pero se le olvida decir al Papa, y a sus sotanas, que esta clase episcopal española es un escándalo que impide que la gente de bien pueda encontrar a Cristo. Eso es la jerarquía eclesial española hoy en día: un escándalo para la gente sencilla, la gente de bien.

El escándalo viste sotana

Esa realidad conviene ser recordada en tan señaladas fechas. La jerarquía eclesial española ha estado ocultando sistemáticamente los escándalos de sus sotanas. Los escándalos que conocemos y los que han sido minuciosamente ocultados. Y lo ha hecho, y lo hace, del modo más hipócrita imaginable. Por ejemplo, la CEE ha ocultado que con la bendición del Obispo de Murcia, J. M. Lorca, esa sotana, se censuró —con tachones de tinta negra, a la antigua usanza— un discurso que iba a ser pronunciado ante el Delegado del Gobierno del partido socialista. Y se hizo por razones políticas.

El Obispo de marras, para no molestar al Delegado del Gobierno socialista, prohibió que, para enmarcar el mensaje cristiano en el sufrimiento del hombre de hoy, se hiciera una crítica del paro, se mencionara la crisis económica (estábamos en la era de los “brotes verdes”), el derroche autonómico, y que se hiciera una crítica a la ley del aborto del PSOE: «eso del aborto es una cuestión opinable y muchos presidentes de cofradías están a favor del aborto, y no se puede venir en tan señaladas fechas a fastidiarles las fiestas a los cofrades» (sic). Como el autor se negó a que se le censurara su texto, el Obispo nombró a otra persona, y para tapar el escándalo permitió que los cofrades difamaran vilmente al censurado en toda la localidad. Toda la CEE fue informada de ese escándalo, toda la CEE miró para otro lado. El Presidente (Rouco) y el Secretario de la CEE (Martínez Camino) tuvieron conocimiento de ello y lo permitieron, sin mover un dedo —más que lo necesario para lavarse las manos—, e idéntica cosa hizo el Nuncio, el amigo de Bono.

Claro, la jerarquía estaba preparando la visita del Papa a España y había que buscar el favor del Gobierno de turno. A inicios de 2010 estábamos todavía en época de un ZP en plena gloria de poder y bajo el espíritu profético de los brotes verdes. El problema económico todavía no había mostrado su faz más amarga, y casi nadie se atrevía a poner de relieve las verdaderas causas del desastre económico, político y social de España. Los tertulianos seguían puliendo y abrillantando el colmillo de Bambi, y la Academia seguía en Bahía de Bavia, provincia de Jauja. El rebaño, complacido, como siempre, y todos reunidos en el nombre del Señor.

El Obispo y la CEE recibió una carta que decía: «Su actuación, sr. Obispo, es un escándalo, y no sólo para la Iglesia. Como mero ciudadano civil, su actuación es deleznable, reproduciendo lo peor de esta tierra: el cainismo. Además, como mera persona que ocupa un puesto en la administración, reproduce lo peor de la politiquería y del caciquismo español. Vd., sr. Obispo, parece haber venido a esta tierra para llevarle la palangana a los caciques de esta tierra. Además, vd. va contra los principios de la Doctrina Social de la Iglesia, y lo hace de modo hipócrita. Por tanto, vd. no merece ni ser Obispo, ni ser Obispo en esta tierra.»

La jerarquía eclesiástica todavía calla. El escándalo todavía continúa. Y esa realidad hay que plantearla cuando se hable de la Religión en la escuela.


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