Economista ciudadano

Los políticos hunden por sistema la cultura

La insensibilidad política y la desidia social están abocando a todo el sector cultural español a la muerte lenta, sin que nadie se pare a pensar en la importancia social, humana, pero también económica de esta actividad.

La realidad muestra que, al igual que otras profesiones y actividades, los sucesivos recortes están mermando la actividad y haciendo desaparecer una gran parte del tejido empresarial incipiente que se estaba comenzando a crear. La cultura, al margen de serios problemas de medida, es un sector que mueve alrededor del 4-6% del PIB, sin contar los efectos indirectos que genera en otros subsectores, como hostelería, restauración o viajes.

La realidad política y social revela, en casi todas las encuestas, que la cultura no es un objetivo esencial en ninguna formación política y, además, tras episodios como la presunta corrupción en la SGAE o la polémica con el canon digital o la ley de propiedad intelectual, existe un clima de confrontación entre creadores y usuarios, sin que se vislumbre una salida consensuada para que los creadores puedan vivir dignamente de su trabajo, superando el magma exclusivo de las subvenciones públicas y los usuarios tengan todos sus derechos fundamentales respetados y puedan utilizar los nuevos formatos que la tecnología ha puesto a su disposición.

Este desprecio social y político se plasma especialmente en la incapacidad para valorar correctamente el valor económico de la cultura, y así superar el concepto de exclusivo de ocio, pero también en el abandono paulatino de la educación temprana en las escuelas. Con ello, la crisis ahora es una excusa para abandonar a su suerte a todos los creadores que no pueden ser contratados por las administraciones públicas, con el consiguiente perjuicio económico también para sectores que se aprovechan de festivales o recitales, como la hostelería y demás. La consecuencia inmediata, adicionalmente, es que los contenedores públicos y privados se van a ver desocupados total o parcialmente, con lo que supone de rémora para las inversiones realizadas.

Con todo, el problema más sangrante es la nula capacidad de unión entre los propios creadores para poder defender sus derechos. Es imprescindible saber que la mayoría de creadores, especialmente músicos, carecen de un salario mínimo, que muchos no son dados de alta cuando actúan, que dada su actividad irregular es muy complicado devengar pensiones públicas a futuro y que carecen de representación sindical, ni marco general de negociación, ni interlocución.

Para superar esta excesiva dependencia pública en algunos casos, es prioritario crear un marco regulatorio y financiero que permita acometer proyectos culturales estables, con seguridad jurídica y pleno apoyo político y social. Sin embargo, nada de esto se ha gestado y consolidado en época de vacas gordas, y la crisis ha entrado de lleno, despojando de todo apoyo público, como si fuésemos apestados los que generamos cultura, incluso arriesgando nuestro patrimonio. Ahora toca desmantelar el Ministerio de Cultura, pieza cobrada para gloria de algunos internautas, esgrimiendo el gran ahorro que supone su desaparición. La excusa de la Ley de Mecenazgo tampoco puede esgrimirse como solución al grave problema de concepto y de métrica de un sector que podría ser una salida muy digna para muchos desempleados y emprendedores. No hay que olvidar que el mecenazgo solo es rentable para grandes obras, exposiciones o pago de favores del sector empresarial a algunos dirigentes políticos.

La cultura es algo más, y responde a un instinto humano de creatividad, que no puede dejarse exclusivamente a las fuerzas del mercado. La cultura es una actividad social, humanística, pero también económica, pero que el poder político no sabe valorar, ante la ausencia de una métrica objetiva, pero tampoco se deja aconsejar. Los ejemplos del saqueo cultural que, por ejemplo está viviendo la ciudad de Gijón, es palmario. El fin de acontecimientos como la Semana Negra, el Festival de Cine, o más modesto, el Concurso Internacional de Zarzuela, gracias a la inquina y la venganza política del nuevo poder municipal, muestran cómo un sector potente y de futuro está condicionado por decisiones arbitrarias. Solo la Semana Negra de Gijón aporta a la ciudad más de 10 millones de euros, en dos semanas de duración del evento, como demostré en el Informe de Impacto Económico realizado para la edición de 2010.

La envidia surge al viajar por el mundo y observar cómo la cultura se hace desde la concepción de política de Estado, como en Francia, pero sobre todo desde el convencimiento de su impulso económico y valor social. Esperemos que aquí podamos demostrar algún día a toda la sociedad y al estamento político el valor económico, social y humano de la cultura. Lástima que solo se pueda soñar con eso


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