Economista ciudadano

Las falacias de la rigidez laboral en España

La corriente de pensamiento económico dominante en el mundo occidental sigue abogando que el gran problema del desempleo es la supuesta rigidez de los diferentes mercados laborales. La resistencia a la baja de los salarios, la existencia de negociación colectiva más o menos centralizada, la cuantía y la duración de la prestación por desempleo son algunas de las variables que explican el elevado desempleo en algunas economías.

La profecía sobre la rigidez del mercado laboral español sigue presente en las acciones de política económica

Una de estas economías es la española que atesora un récord bochornoso: la tasa de desempleo más elevada de los países del euro y una de las más elevadas de la OCDE. Todo esto acompañado con una emigración significativa, tanto de extranjeros, como de nacionales desesperados que buscan el dorado en otras latitudes, siendo despreciados por el propio Gobierno y también por los le apoyan desde los púlpitos mediáticos.

Una vez que esta supuesta teoría se lanza desde las Facultades de Económicas y se les enseña a recitar el catecismo liberal a todos los futuros economistas, todos los voceros se lanzan de forma furibunda a culpar a los salarios tan elevados que tenemos en España de todos los males. El segundo mandamiento es claro, el que no trabaja es porque no quiere y si no encuentra empleo es porque no es capaz de rebajar su retribución lo suficiente. El tercer pecado es afiliarse a un sindicato y perseguir unas condiciones de vida dignas y presionar al alza su salario, incluso en épocas de vacas gordas. El epitafio de los males de este mercado laboral son los costes de despido y la prestación por desempleo. Por ningún lado aparece la palabra demanda agregada, consumo, relevancia de las rentas para el desarrollo de la persona o equidad salarial en un mundo cada vez más desigual.

El catecismo liberal sigue pintando al trabajador como un vago que no acepta menores salarios

El problema para los profetas es cuando se observa el comportamiento de algunas variables en la economía española. Así, los salarios reales permanecieron estancados durante la década previa a la crisis, ya que el consumo se favorecía vía crédito, incluso en algunos años las rentas salariales crecieron por debajo de la inflación. Eran los años de bonanza en los que los beneficios no paraban de subir y la participación de las rentas del trabajo perdía peso en la Renta Nacional, algo que a nadie le preocupaba. Con todo, los salarios siempre crecieron por debajo de la productividad durante esa época.

Cuando llega la crisis, en 2008 y 2009, sí hubo un pequeño repunte de los salarios reales, lo cual sirve de perfecta excusa a los profetas liberales de lo perverso que son las instituciones del mercado laboral que, a pesar de la grave situación económica, permitieron que los salarios se elevasen. Habría que explicarles a muchos de ellos, que la causa es meramente estadística y se conoce con el nombre de efecto composición. Los primeros empleos que se destruyeron fueron los temporales, los peor pagados, lo que elevó contablemente el salario medio de reales caen de forma notable, e incluso a partir de 2012, los nominales también lo hicieron, lo que da prueba de la ausencia de rigidez nominal de los salarios. Pero contrariamente a lo anunciado por los profetas, la reducción salarial no sólo no ha generado más empleo, sino que la destrucción durante 2012 y 2013 continuó.

La evidencia muestra que los salarios en España estuvieron estancados con anterioridad a la crisis

Como el mercado laboral era muy rígido, teoría en la que confluyen el PP y el PSOE, tal vez porque sus dirigentes y economistas de cabecera han estudiado en los mismos sitios y con los mismos manuales, se aprobaron las reformas laborales de 2010 y 2012, con unos objetivos muy claros, especialmente la segunda. Por un lado, romper la negociación colectiva, es decir individualizar las negociaciones salariales para eliminar completamente el poder de negociación de los trabajadores, reducir el coste del despido y facilitar los cambios unilaterales de las condiciones de trabajo. Esta desprotección creciente afecta sobremanera a las pequeñas y medianas empresas donde no hay representación sindical y con ello se pierden todas las ventajas de los convenios sectoriales. Con un 48% de los asalariados cubiertos por negociación colectiva, la supuesta rigidez prácticamente ha desaparecido, en el ideario individualista del liberalismo.

Las reformas laborales han hecho de España una economía con un mercado laboral menos rígido que Alemania

La otra gran afrenta contra la creación de empleo es la rigidez de entrada y salida del mercado laboral. A partir de la reforma de Aznar en 2002, el despido en España es libre, pero no gratuito, aunque si cada vez más barato, lo que sin duda es la batalla que queda por ganar. Es decir, un empresario puede despedir a su libre albedrio pagando una cantidad, aunque con los contratos temporales ese coste es muy pequeño. Incluso ya tienen una modalidad que durante el primer año el coste del despido es nulo. Es decir, no existe rigidez de entrada y salida del mercado laboral, a lo que contribuyó la eliminación de los salarios de tramitación en 2002. Con todo, el indicador que mide la rigidez laboral, que incluye el coste del despido, de la OCDE situaba a España en una posición intermedia, un 2,6 (escala máxima de rigidez con valor 4), similar a Suecia e inferior a Holanda (2,8), Italia (3) o Alemania con un 2,9.

Por tanto, el mercado laboral español ya era muy flexible antes de la crisis. Por ejemplo, uno de cada tres asalariados tenía un contrato temporal (coste de despido muy bajo), más del 25% de la fuerza asalariada no estaba cubierto por negociación colectiva, el despido era libre y los salarios habían seguido una pauta de moderación muy intensa.

Las sucesivas reformas liberales de Zapatero y Rajoy redujeron aún más las indemnizaciones por despido, ampliaron las causas objetivas del despido, agilizaron los ERE, con presuntos pingues beneficios para los aledaños del PSOE, lo que se ha traducido en una gran facilidad para el despido en épocas de crisis. La pregunta que surge, por tanto, es si es realmente cierto que la creación de empleo depende de la reducción de costes laborales. Si éstos eran tan elevados y el mercado de trabajo tan rígido, ¿por qué se creó tanto empleo en el periodo álgido de la burbuja inmobiliaria? La respuesta es que es la demanda efectiva y no los costes laborales lo que explica el nivel de empleo de una economía. Es decir, el límite a la producción y al empleo no se ubica en los costes de las empresas, sino por el contrario, en la insuficiencia de demanda agregada.

El empleo depende de la demanda efectiva y no de los costes laborales

Las recetas que vienen, tras el tsunami de las reformas laborales, es el modelo austriaco, con contrato único y fondo de ahorro/despido que cofinanciarán las empresas y los trabajadores, cuya menguada nómina seguirá decreciendo en términos nominales, y también reales. No aprenderemos hasta que una nueva hornada de economistas se haga con los mandos de la Academia y la política económica de las principales economías. Para ver las propuestas más audaces, lean el nuevo libro de la colección “Qué Hacemos”, referido al paro que publica Akal Editores. 


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